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    Guerra

    Columnista de Búsqueda

    N° 1783 - 25 de Setiembre al 01 de Octubre de 2014

    Seguramente, Platón se excedió cuando propuso que los filósofos debían ser gobernantes; no hay razón para creer en ello, y menos si lo dice el autor de “La República”, que cuando suspendió el grato ejercicio de la filosofía para dedicarse a la política fue ruidosamente derrotado, humillado, y acabó vendido en el mercado de esclavos. De acuerdo, no hay que ser necesariamente filósofo; pero de ahí a creer que los políticos pueden ignorar completamente la filosofía hay una muy grande y desoladora distancia.

    Ningún político que aspire seriamente al poder de modificación de la realidad que confiere el gobierno del Estado puede desconocer la naturaleza ideológica con la que trata y a la que se enfrenta. Una versión naïf de la mentalidad liberal establece que todos los actores legales de la realidad son básicamente iguales en cuanto a deberes, esto es, que todos creen de un modo sincero e irrevocable en la intangibilidad de la ley, en el imperio del Derecho, en el sano intercambio de ideas. Error: no es así; no todos los actores políticos tienen esa posición, sino solamente los que profesan la ideología liberal, los que pretenden que la razón, el respeto y la tolerancia son inherentes a la lucha política. Para los marxistas —lo sabemos bien— esos bienes son males que eventualmente se pueden utilizar en el propio beneficio, pero que de ningún modo merecen ser tutelados a priori; si ocasionalmente sirven para la obtención de los fines estratégicos, los marxistas proclamarán la tolerancia, la paz y el diálogo como valores a defender, pero cuando esos valores no concurran a sus objetivos, los pasarán por encima, los ignorarán, perseguirán su observancia.

    No son pocos los políticos que por defectos de formación no advierten que cuando pugnan con las fuerzas marxistas están enfrentándose a una mentalidad militar, a un modo militar de asumir la política, a objetivos y medios que son eminentemente bélicos. El marxismo considera que la democracia burguesa es un instrumento, uno de los tantos que pueden recorrerse para acumular fuerzas y definir un peldaño más o menos sólido en el camino hacia el socialismo. Ciertos políticos creen que si los marxistas eventualmente lucen corbata, toman scotch o cobran comisiones ilegales o se enriquecen a costa del erario o enriquecen a sus amigos o camaradas, es porque fueron ganados por el liberalismo, es decir, por el amor al dinero, por la ambición, por las delicias del consumo, por el struggle for life. Error: los marxistas participan de la democracia burguesa como un actor participa indistintamente en una tristísima tragedia o en una alegre comedia; como la aderezada cocotte que participa de una venturosa noche de champagne y de amor en el cabaret: sin tomarse la ficción en serio, afectando que disfruta de la situación, que todo su ser está allí; pero el hecho real es que su representación no deja de ser parte de su giro profesional; en su simulacro no hay nada vinculante con su voto más íntimo, con sus verdaderos propósitos.

    Decía Homero que es desigual el combate entre los hombres y los leones; también lo es entre los liberales y los marxistas. Ganan siempre estos últimos, porque mientras los liberales hacen política de salón, puramente política creyendo que construyen historia, los marxistas hacen la guerra, que es la forma consustancial y efectiva de la historia. Las lecciones de Maquiavelo, de Clausewitz, de Carl Schmitt no significan absolutamente nada para los políticos ignorantes de la filosofía, y sí, mucho, para los estrategas marxistas. Ya es tarde: pero si ciertos políticos hubieran leído a Lenin, en lugar de mirarse al espejo y de multiplicar lo que ven en millones de vacuos carteles que nada dicen, que nada cambian, si hubieran visto cómo el líder comunista recoge con inteligencia y no sin fruición algunas tesis maximalistas de Maquiavelo, de Vico, de Robespierre y varias de las acertadísimas observaciones del propio Clausewitz, comprenderían —como los demorados amigos de Ulises en la isla de Polifemo— qué lejos están de siquiera arañar los pies del monstruo, de qué modo tropiezan al pretender que invitando al debate están conquistando algo.

    Los marxistas consideran la enemistad como la base central e irrenunciable de toda su acción política. Esa postura está asentada sobre el decisivo concepto de guerra total —guerra al capitalismo, guerra al Estado liberal, guerra a la propiedad privada, guerra a los derechos individuales, guerra a la gramática, a la higiene y a las buenas costumbres, guerra a la tradición— que les permite usar medios legales y simpáticos o ilegales y abominables para completar una fase superior en el proceso de asalto definitivo al poder. Para ellos siempre es excelente todo cuanto produce daño en el enemigo, o que lo inmoviliza, de modo que sin rubor o cambio de tono podrán usar buenas o malas palabras, usar armas, tenedores, pañuelos, servirse de robos o de sonrisas, de canciones, de amenazas, de bromas, de disculpas, de guiños, de serpentinas, de trompadas, de calumnias, de bailes, de abogados, de almohadones, de enfermeros, de policías, de zancadillas, de mujeres, de faroles. El objetivo invariablemente es que el otro, el enemigo, no tenga espacio para hacer posible su voluntad.

    Como los animales temen al fuego y retroceden ante los abismos, los políticos ignorantes de la filosofía temen y sienten vértigo ante la perspectiva de pensar y actuar con la lógica de la guerra. Habitan en un perfumado y artificioso mundo llamado respetuosa contienda cívica, sana confrontación de ideas. Aunque crudamente lo que vivan no sea otra cosa que la prosaica guerra. Y la estén perdiendo.