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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTe extraño, Cabeza, Gustavo, amigo. Este año, la fechas coincidieron torpemente. Cayó en lunes. Vos moriste un viernes hace ocho años. Todavía te veo en el CTI imitando tu foto, aquella en la que posmodernizabas la muerte, acostado boca arriba, rostro despejado, ojos cerrados, barba prolijamente recortada. La diferencia es que ese día te estabas muriendo, era una pose metafísica. Lo de las fotos era otra cosa. Las fotos no engañan, tenías vida todavía, era evidente. “Dejate de joder, da lo mismo morirse un lunes que un domingo, salvo por el Cyberlunes o La hora de los deportes”, dirías vos. Este año tocó un lunes. Un Cyberlunes, la inauguración del Antel Arena, otro cajero explotado, un millonario paracaidista que quiere ser candidato y un montón de gente que vive en la calle a la que nadie da pelota, salvo la chica de la intendencia que dos por tres se manda un disparate. Dice que tienen derecho. Desde un punto de vista legal, claro. La embarró. No hay punto de vista posible que justifique vivir tirado en la calle como un perro, con sus miserias a cuestas como diría mi abuela. Es mi opinión, nunca sería tuya, vos serías compinche y por eso también te extraño. “Escanlarrrrr, qué pasaaaa”, te gritarían los homeless montevideanos. Y vos tan orgulloso como si caminaras entre las mesas de los Premios Iris. Por eso te extraño. Un entrevero de imágenes y dichos donde tu nombre no aparece. Todo pasa rápido. La muerte ya no funciona como patrocinador. Me agarra ensayando una obra tuya que estreno en el Palermo Boxing Club, donde hace 30 años hicimos Arte en la lona. Es dura y tierna, cargada de humor negro, transgresora, como siempre. Fue la última que escribiste, escribimos, para teatro. No hacías nada, en realidad. No hacíamos nada. Te sentabas en casa y conversábamos y rápidamente parábamos de trabajar. Hablábamos de cualquier cosa, sobre todo de mujeres y chismes. Me encantaban tus chismes, los de la tele, los de la cultura. La escribimos. Ibas a estar en el escenario, como te gustaba, sentado, atado, toda la obra en silencio. Íbamos a matar al autor, al personaje, no sé. Nunca la estrenamos. De boludos, porque no nos aprendíamos la letra. Las historias son tuyas, entrañablemente tuyas, la otra versión de vos que pocos conocen. Historias del barrio Palermo que compartimos, de tu memoria, del cementerio, de tu asma, de tus amigos y de la calle. Con el condimento de un psicópata que rescataste en Crónica roja. Pedimos sala y todo, la de Franklin Rodríguez, casualmente. Otro lío que te hubiera encantado. Te extraño por eso, Cabeza, por la amistad y por tu versión extranjera y crítica de la realidad, de esa dinámica explícita, trillada, evidente que llamamos realidad. Y porque hacías más divertida la vida, la aldea, la agenda informativa que todavía es un bodrio.
Te extraño, Escanlar, por tu actitud siempre aguda, acertada, única. Por convertir la bronca en desinterés o en respuesta arrasadora, por golpear a los que te golpeaban con una sonrisa, por responder con inigualable inteligencia y sentido del humor. Por ese humor permanente, interminable que tanto irritaba a los intelectualitos pacatos del barrio, creídos, rencorosos y malhumorados. Jugabas del otro lado, siempre, del lado del humor. Por eso ganabas siempre. Hacés falta en este Cyberlunes. Ya sabemos que te hubieras comprado alguna pilcha, te gustaba vestirte bien, cuidabas tu aspecto de niño rebelde, con un sutil toque dark, maldito metrosexual. Pilchas que te hubieras puesto para ir a la inauguración del Antel Arena. No sé cómo hacías para estar en todos lados. Ya sabemos lo que hubieras escrito, los que te recordamos, los amigos, los que todavía sentimos tu ausencia. Ya sabemos lo que pensabas de No te Va Gustar (“Rompo la radio cada vez que pasa la canción Fueron de NTVG”) y Agarrate Catalina (“(Su) profundidad está a nivel de los libros de Osho o Paulo Coelho”). Uno de ellos te puteó arriba del escenario ante 30.000 personas. Te dijo “puto” como si fuera un insulto. Ibas orgulloso: “Estos giles me hicieron más famoso”. Y te reías. El pibe no entendió nada. Sabemos lo que escribirías hoy de los artistas funcionarios o funcionales al gobierno, del fanatismo feminista, de la manipulación del lenguaje y del arte, de lo políticamente correcto, de los artistas amigos del Pepe que, ojo, a vos te encantaba. Te gustaba el Pepe. Por lo mediático, por sus golpes de efecto, por esas frases que quedan en la memoria. Porque las puteadas lo hacen crecer como a vos. Así eras y esa semana te hubieras hecho una panzada. En especial con el millonario que llegó de Oumuama. Seguro ya te hubieras mandado unos vodkas, una botella de vodka, exagerado y sin límites como siempre. Te usaban y los usabas, más o menos como hacemos todos. Pero vos eras explícito, demencialmente explícito, incomprensiblemente explícito. Perdoname los adverbios, pero no hay otra manera de decirlo. Seguirías convidado a todos los banquetes. Y en todos te irías pateando la mesa, porque sí, porque no está bueno quedarse, ni está en tu espíritu quedarte, porque nadie pudo ni podrá atarte definitivamente a un lugar, a un grupo, a una imagen. Ni siquiera a la de tu muerte. Te extraño, Escanlar, porque el mundo cambió y falta tu versión de esta época, cautivante y decadente, novedosa y aburrida, disruptiva e insustancial. Te extraño por nuestro país, por el barrio, por nuestras calles, por nuestra mediocracia que nunca dejaste de transitar. Te extraño por esta cultura digna de una buena piña en la cara.
Carlos A. Muñoz