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Como Jagger y Richards y su famoso encuentro casual en una estación de tren, James Douglas Morrison y Raymond Daniel Manzarek se cruzaron por casualidad en una esquina de Los Ángeles, una tarde de verano de 1965. Se pusieron al día y Morrison le mostró a su ex compañero de la escuela de cine de la UCLA unos versos bien frescos: Let’s swim to the moon/ Let’s climb through the tide/ Penetrate the evenin’/ That the city sleeps to hide. Algo así como “nademos hacia la luna, subamos por la marea, adentrémonos en el atardecer”. Era el inicio de Moonlight Drive y era el inicio de The Doors, una banda que escribiría una nueva página en la entonces incipiente historia del rock. Una banda cuyo norte conceptual estaba grabado a fuego en su propio bautismo, en alusión al ensayo filosófico The Doors of Perception (Las puertas de la percepción), de Aldous Huxley, que le voló la cabeza a medio hemisferio Norte y echó buena luz sobre el mundo de las sustancias psicoactivas. “Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”, dice el poeta William Blake, otro de los inspiradores de Morrison.
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Solo un año y medio después del encuentro en la playa Venice, el 4 de enero de 1967 estalló como una supernova el primer disco, The Doors, uno de los mejores debuts de la historia de la música popular. Un grupo que en solo cuatro años y tres meses editó seis discos de tal calidad que medio siglo después conservan intacta su energía, su belleza, su creatividad, su rebeldía —sin dudas los Doors son precursores conceptuales del punk— y su garra rockera y blusera.
Los Doors brillaron por su extrema originalidad. En la década más significativa de la música pop y rock, irrumpieron con una voz nueva, un sonido que no se ató a un género en particular y se diferenció de todos los grandes nombres de ese entonces. Fueron distintos a los Beatles, a los Stones, a los Beach Boys, a los Kinks; su rock ácido tuvo vasos comunicantes con Grateful Dead, Jefferson Airplane y otros íconos de la psicodelia americana, pero no imitó a nadie. Mucho menos a los psicodélicos ingleses que emergían con Pink Floyd a la vanguardia.
Gran parte de la originalidad de los Doors radica en la figura carismática y magnética de Morrison —bautizado Rey Lagarto, una evidente connotación alucinógena— y en su visceral dimensión poética que se hizo carne en el estudio y en el escenario, pues solía recitar versos propios y ajenos en los discos y conciertos, con el aún entonces fresco legado beatnik. Otra explicación radica en su concepción del canto: con su cálida voz de barítono fue capaz de entonar la melodía del modo más sereno y aterciopelado y pasar abruptamente al canto enronquecido, rabioso, gritado desde las tripas. Y dominó ampliamente todos los matices entre un extremo y otro.
La otra clave del éxito fue la variedad de géneros encarados con un espíritu libre, una concepción evidentemente influida por el jazz, de la mano de una inusitada instrumentación: Ray Manzarek, un pianista hijo de polacos, nacido en Chicago, donde tuvo formación erudita, blusera y jazzística —llegó a tocar en una orquesta universitaria con Sonny Rollins y Dave Brubeck—, se instaló bien al frente con su teclado Vox Continental y además se hizo cargo del bajo con su Fender Rhodes Piano Bass.
Robbie Krieger es un guitarrista inquieto, creativo y versátil, además de un creador con mayúsculas teniendo en cuenta que compuso temazos como Light My Fire, Love Me Two Times, Touch Me y Love Her Madly (de pie ante este caballero, por favor).
Y el baterista John Densmore despliega un arsenal de recursos mucho más rico que el común de los bateros de rock, al incorporar modos jazzísticos llamativamente sutiles e infrecuentes en el género.
De más está decir que Krieger se encuentra a años luz del hombre que reinventó la guitarra eléctrica, pero hay ciertos rastros de Hendrix y Janis en el camino de los Doors. Además de compartir el mismo período de fulgor, Morrison, Joplin y Hendrix comparten una presencia escénica descomunal, como pocas veces se volvió a ver. Y los tres se consumieron en sí mismos, ardieron en la misma llama, materializando esa irrefrenable vocación autodestructiva que no intentaron disimular.
Además de la poderosa voz de Morrison, el otro gran sostén de la música de los Doors es el entretejido que lograron Manzarek y Krieger, un diálogo constante y siempre entretenido, lleno de frases y giros inesperados.
Resulta difícil elegir uno en esa tremenda media docena de álbumes con Jim Morrison como cantante, compositor y letrista, todos editados por el sello Elektra. De finales del 67, el del Verano del Amor y la Primavera Hippie, es Strange Days, que incluye Moonlight Drive, la tonada de aires marciales de aquellos versos primigenios. Le siguen Waiting For The Sun (1968), The Soft Parade (1969, y quizá el único de los seis que está un par de escalones por debajo), Morrison Hotel (1970) y L.A. Woman, editado en abril de 1971, solo tres meses antes de que Morrison fuera encontrado muerto en una bañera de París en confusas y misteriosas circunstancias que alimentaron la leyenda. Ya sin él, sus compañeros editaron Other Voices (octubre de 1971) y Full Circle (1972), dos discos con temas compuestos exclusivamente por Manzarek, Krieger y Densmore, con los dos primeros alternándose en el canto. Ambas placas resultaron sencillamente ignoradas. Recientemente fueron reeditadas en un CD doble, poco antes de la flamante reedición aniversario de lujo de The Doors.
Unos años después de la separación, en 1978 el trío se reunió en el estudio para componer y grabar la música de An American Prayer, una sesión de poesía registrada por Morrison en 1970 en la que narra diversos episodios de su vida y destila su vocación filosófica. La edición incluyó un tema inédito titulado The Ghost Song y una versión en vivo de Roadhouse Blues.
Veinte años después de su muerte, Oliver Stone estrenó The Doors, una acertada película sobre el grupo con Val Kilmer en la piel de Morrison, que disparó un revival descomunal. Las ediciones de la banda sonora y del doble álbum en vivo In Concert lanzaron una suculenta maquinaria de marketing que puso a los Doors a la altura de una banda nueva, en cuanto a popularidad y presencia mediática. Un fenómeno que se extendió durante mucho tiempo, justificado en la vigencia sonora y la frescura de las canciones.
The Doors, el sorprendente primer disco que cumple medio siglo, es una obra compacta, redonda e inoxidable de principio a fin, que estampó media docena de clásicos en el palmarés de la banda. Comienza con Break On Trough (To The Other Side), que abre con una base de batería bien be-bop y sigue con un groove de bajo, invariable y magnético, que se adhiere al oído y lo puede dejar a uno tarareándolo por el resto del día. Sigue con Soul Kitchen, de esos temas desbordantes de swing, que hacen mover la patita en forma autónoma desde los primeros acordes de Manzarek. Luego se presenta Krieger con sus punteos superpuestos como una masa de hojaldre. Es un óptimo ejemplo de la química entre ambos.
The Crystal Ship es una de las más hermosas baladas de Morrison, en la que demuestran sus notables dotes como melodista, a la altura de un McCartney o de un Paul Simon. Alabama Song (Whisky Bar) es un entrañable himno al mostrador a ritmo de marcha. ¿Qué decir de la intro y los solos de Manzarek en Light My Fire que no se haya dicho? Que es el mejor riff de teclado de la historia, por si alguien aún no lo dijo.
Back Door Man, un blues de los buenos, sentó las bases de lo que después se cristalizó en Roadhouse Blues.I Looked At You es la prueba de la huella beatle en los Doors. Take It As It Comes dejó la semilla punk en el germinador de un niño llamado Joey, que la grabó 30 años después con su banda The Ramones. Y The End le quemó el cerebro a Coppola y quedó grabada a fuego en la secuencia que abre Apocalypse Now: un momento cúlmine de la historia del cine.