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    Haciendo boca

    La indignación colectiva ha llegado hasta Brasil. Los brasileños están desencajados protestando por las calles, algunos de forma pacífica, y otros de forma un poco menos pacífica (rompiendo todo lo que les aparezca adelante como si fueran hinchas de Peñarol o infiltrados en los festejos de los hinchas de Peñarol). Los brasileños están indignados, ¡los brasileños!, que se les incendia un carro alegórico en homenaje a Pelé, mueren cinco que iban adentro pero el carnaval no se para ni loco, y se maman igual, y bailan igual, y salen a buscar travestis igual por ahí sin preocuparse del pasado, de la desgracia, ni del qué dirán.

    Señores, se cae el ícono de la felicidad mundial: el brasileño está descontento. Es la desintegración de un paradigma y la llegada de otro paradilma, en este caso; y para Dilma está buenísimo lo que está pasando, loca de la vida se la ve con todo esto, como que no se enteró de la parte de las protestas que le caen a ella, pensará que son contra la FIFA nomás.

    ¿Qué le pasó al brasileño? ¿Se la creyó? ¿Es su forma de ingresar al mundo desarrollado? ¿Va a empezar a lavar la fruta y la verdura con hipoclorito también? ¿No le gusta más el fúbol? ¿Se hace el intelectual comprometido ahora? ¿La novela de las 7 de la tarde es mala este año? ¿Cambiaron el llanto dramático por la furia destructiva como estado de ánimo alternativo a la alegría pletórica? Siempre me impresionó la facilidad para llorar del brasileño en el estadio, pensé que exorcizaba por ahí, con el llanto (0-1 a los 15 del primer tiempo y arranca a llorar), tiene un talento especial para segregar lágrimas, pero se ve que ahora le da por otro lado. Cuánta hostilidad, con lo amable que es el brasileño, además, un bicho de lo más simpático. Ojo, no digo que después no lo termine cagando a uno, eso es otro cantar, pero siempre guardaba una cara amable. Uno lo podía notar hasta en las cajas de cigarrillos: de un lado una imagen de un individuo podrido o en proceso de putrefacción y el mensaje terrorista habitual “envenenamiento, muerte, exterminio, etcétera”, pero del otro lado nada, ni un cartel: he ahí la cara amable del brasileño, casi un mandato divino. Sin embargo en estas manifestaciones no se ve la cara amable.

    Sorprenden las protestas, no su intensidad. En Brasil todo es intenso, el tono está dado por la naturaleza que se expresa con una fuerza inaudita, eufórica, todo es más verde, más frondoso; a Uruguay la naturaleza apenas llegó con un hilito de vida. Uno entiende por qué los orientales tenemos ese déficit de vitalidad comparados con los crecidos en tierras brasileñas. A la naturaleza debilucha, poco expresiva, apática, le corresponden seres humanos parecidos, lo mismo pasa en el caso inverso.

    No me quiero olvidar de las redes sociales y su papel en este lío. Un recinto en el que la gente pueda confirmar sus ideas varias veces al día es más peligroso que un lanzallamas. La gente es loca por encontrar otra gente que legitime sus verdades acerca del mundo. Ahí se confirman sus prejuicios y se manijean unos a otros; así se va gestando una mentira colectiva de lo más eficaz. Después salen a la calle, convencidos, al otro día miran las repercusiones y más convencidos están, y vuelta a las redes sociales a contar y reconfirmar verdades, y a las calles, y así sucesivamente, y el que no estuvo ahí no hace historia ni puede contar en el Facebook y sentirse parte de algo. El mundo no está preparado para que el ser humano encuentre con tanta rapidez y facilidad a sus pares, confirme sus ideas, y tenga la mentira colectiva sustentable tan a la mano.