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    Haciendo boca

    Con el permiso de las autoridades del Ministerio de Turismo, el señor presidente de la Cámara de Turismo del Uruguay, y la señora Glenn Close, siendo hoy 13 de febrero de 2014, ya estamos en condiciones de decir que este fue un verano de mierda. Un asco de verano, una estafa, de lo peor en cuanto a veranos de los últimos cien años. Primero una ola de calor inmunda que se nos suicidaban las moscas, después de eso ni me acuerdo, seguido del mes entero de lluvias que hemos tenido el honor de disfrutar recientemente.

    Un verano en el que todos hemos salido perjudicados. Los que salieron de vacaciones en enero y los de febrero; los que viven del turismo, con la merma de extranjeros que acotó las posibilidades de despellejar a los incautos que caen en la costa de Maldonado y/o Rocha; el Estado también habrá visto disminuir sus ingresos, a la vez que gastó dinero en infructuosa propaganda; de nada sirvió la moda de Mujica en el mundo para promocionar el país como destino turístico (yo mandé al Ministerio el siguiente texto promocional, pero no me respondieron nada: “¿Admirás la humildad de Mujica, que vive en un rancho y se lava los platos él solito de jogging y alpargatas? Vení a la costa de Rocha y pagá 5.000 dólares la quincena por un lugar parecido a la morada del presidente, y tratá de hacer durar una cerveza de 300 pesos toda la noche a ver si estás verdaderamente relajado y contra el consumismo. Uruguay, un lugar pichi chic para tus vacaciones”, el pichi chic es lo último a nivel mundial, se trata de ir a lugares desprovistos de cualquier comodidad y pagar como si fuera un hotel de Dubai, es lo más).

    Todos perjudicados por el verano espantoso que nos ha tocado en suerte. Lorenzo, que tuvo que aguantar la ola de calor con Pintado y Michellini metidos adentro de su casa de Araminda; los jugadores de Nacional y Peñarol, sin poder jugar por dos meses; los murguistas —que a esta altura son casi la mitad de la población— sin tablados; los tamborileros —más de la mitad de la población— sin las llamadas; Philip Seymour Hoffman, que no estaba en verano pero se ve que algo del espíritu de este verano horrible le llegó; el movilero de verano del informativo que espera todo el año para su zafra, y se lo veía en veranos pasados salir siempre optimista: “un gran día en Punta del Este, actividades a full, lleno de gente de todas partes, estalla el verano, el mejor balneario del mundo”, ayer lo vi con una campera negra y el semblante de un ex combatiente de Vietnam; la muchacha que fue grabada en los baños de Santa Teresa, de quien todos nos compadecemos por el espeluznante escarnio público sufrido, pero —también hay que decirlo— la de “me pusieron algo en el whisky” no se la cree nadie, por más esfuerzo que pongamos como sociedad; ni hablar de lo malo que fue el verano para la ballena que encalló en la playa de Carrasco, que por supuesto al final ni siquiera era una ballena, era un cachalote muy grande pero sin llegar a la categoría de ballena. O sea: lo que nos pasa siempre, esta versión símil de la vida en la que comemos símil chocolate y miramos símil fúbol por símil televisión y tenemos un símil país que nos da símil oportunidades de ser símil felices, vienen a encallar símil-ballenas. Estamos condenados a eso, ya lo sabemos, pero nosotros tenemos que hacer como que es una ballena igual. Era una ballena, prácticamente. ¡20 lucas verdes en esa gorda nos gastamos, muerta encima! Por suerte se nos cayó y se hizo paté de crustáceo, era lo menos que merecía por hacernos gastar esa plata en su funeral.

    Un símil verano de mierda inolvidable.