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    Haciendo boca

    Todo haría pensar que, de manera hiperbólica y melodramática —como acostumbran—, se cayó la mentira de Brasil. No hablo del 1-7, no hablo del mundial, ni siquiera del fúbol; hablo de Brasil como país, como la sociedad pujante y creativa de potencial infinito que nos están vendiendo hace 100 años por lo menos, y que más recientemente (en los últimos 10) trataron de mostrar como la próxima potencia mundial, casi a la altura de China. El del martes pareció ser un final estruendoso para todo eso. Otra vez habrá que sentarse a esperar debajo de una palmera, a ver si cae algún coco.

    Lo peor de esto es que, uno supone, el brasileño se dio cuenta; el brasileño al día de hoy probablemente sepa que no es lo que le quisieron hacer creer que podía ser. Ahí es cuando no hay marcha atrás y viene la caída de verdad, vertiginosa e imparable, tal como nos enseñó aquel sabio dibujo animado: el Coyote (y el Correcaminos en menor medida). El Coyote no caía hasta que no se percataba de la ausencia de suelo bajo sus pies; una vez concientizado de la situación, la fuerza de gravedad hacía el resto. Es el segundo gol alemán, y lo que viene después son esos 6 minutos tenebrosos con 3 goles más adentro.

    La crisis actual del brasileño, su decepción incendiaria, responde a que le fue más o menos bien durante un tiempito y se comió el ticholo con el nailon pegado. Cuando las cosas empiezan a ir bien en un colectivo, la gente tiende a pensar que van a ir mejor, lo que repercute en el presente aumentando la sensación de lo bien que están yendo las cosas; hasta que después de un lapso de generoso autoengaño, se dan cuenta de que las cosas no irán lo mejor que quisieron creer que iban a ir, y tampoco iban tan bien como pensaron que iban (por eso Tabaré cambió su horripilante eslogan “vamos bien”, era una bomba de tiempo). La curiosidad mata al gato y las expectativas al canario de jaula. Ese es el drama actual de Brasil: están en el momento en el que se desayunan del autoengaño.

    El mundial fue solo el broche de oro de la etapa en la que (todos, ellos y nosotros) volvimos a creer que Brasil despegaba. Antes del evento, las imágenes de hordas prendiendo fuego álbumes de figuritas para demostrar su rechazo a la Copa del Mundo, lo anunciaban: gente que prende fuego figuritas del mundial en señal de protesta no está pasando por un buen momento psicológico colectivo. Algo anda mal ahí.

    Más tarde, la fiesta inaugural terminó de pintar una verdad irrefutable: la condición de desordenado y distraído del brasileño es su condena. Cada vez que las cámaras enfocaban a un niño de los que corren disfrazados y realizan figuras preciosas en las inauguraciones, estaba haciendo mal el movimiento asignado (algo que a los chinos no les pasaría jamás). Unos indiecitos que iban en barcos ni siquiera hacían correctamente el gesto de remar, si no consiguen simular durante unos minutos que están remando no quiero saber cómo les va en las pruebas PISA a esos hijos del desorden y la dispersión. Al brasileño soltalo con un carro alegórico y ponelo a bailar ahí alrededor, no le pidas más que eso, si no le das libertad se abruma y sucumbe ante la presión de la disciplina y el orden. No es necesario ver los 4 goles alemanes en 7 minutos para saberlo.

    Y pensar que el modelo de país que nos propuso Mujica es ser un parásito de Brasil, o ir en el estribo de Brasil, para usar el eufemismo del presidente. Brasil es un sambódromo perpetuo, no hay manera, no se puede confiar en un país que le echa ananá a la pizza. Descubrieron el agridulce en la gastronomía por desorganizados, no por sibaritas.¡Guardate el abacají para el postre, quilombero!