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Los refugiados sirios son la moneda moral de moda en el mundo. Cuantos más sirios tiene el país, más alto cotiza su dignidad, más solidaridad puede ostentar ante otros, más reservas morales tiene. Por eso Maduro ya se mandó traer 20.000, por eso los turcos alegan tener más de un millón y eso les otorga la suficiente reserva moral como para decir: “No entra ni uno más, apunten el GPS para otro lado y caminen”. En cambio los nuestros (en realidad son de Mujica, él se los trajo antes de que se pusieran de moda, y fue austero, como es su costumbre: apenas 40 y pico que nos cuestan algunos pocos millones de dólares, además dejó un pedido de 73 más que habrá que ver si llegan o no), hay que admitirlo, no están muy a gusto acá. Lo noté porque soy un tipo muy observador y al verlos en el informativo con las valijas en la Plaza Independencia me cerró todo: se quieren ir.
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Dicen que acá no hay futuro. Hubo una declaración de una muchacha que resume todo: “Todo está mal en Uruguay. Este país es cansador”. ¿Se dan cuenta? Quebramos psicológicamente a los refugiados sirios. Amo a Uruguay. Vienen de una guerra civil, de un lugar donde unos mueren amontonados y otros se tiran al agua en cualquier cosa para escapar, y los que tienen más suerte van a un campo de refugiados que es como una colonia de miserias humanas, hasta ahí lo venían llevando bien, pero no aguantaron la humedad melancólica uruguaya. A nosotros no nos quiebra porque nacimos acá, pero para el de afuera es bravo. “Todo está mal en Uruguay”, dijo la muchacha, y no es que antes vivía en Tokio, no, es gente que viene del abismo, ¡y los quebramos!, ¡a pura ineficiencia! El día que logremos hacer de nuestra ineficiencia oriental un arma, dominaremos el mundo.
Lo increíble de todo esto no es que quieran volver al campo de refugiados porque les parece más esperanzador que Uruguay, lo insólito es que no pueden. De alguna manera inverosímil, los dejamos en un limbo en el que no los aceptan ni siquiera en el lugar de donde los sacamos. Somos geniales. O sea: ellos piden por favor que los devuelvan al infierno en el que estaban antes, ¡y nosotros no los podemos hacer volver! Les dimos un documento con el que pueden viajar a donde quieran —eso les dijimos—, menos a los lugares a los que quieren viajar, donde ya no los aceptan, ni siquiera en el campo de refugiados del que los adquirimos (esto de que los campos de refugiados se reserven el derecho de admisión me resulta un poco contradictorio, debo admitir).
¿Qué es peor que vivir en el infierno? Estar en el limbo, la nada, un lugar desde donde se añora el mismísimo infierno que al menos es algo y tiene alternativas. Con esta gracia de Mujica y Al-Magro los transformamos en parias, en desterrados del mundo; es como si los hubiéramos dejado en la cola de la fiambrería para toda la vida (¿no sienten una angustia espantosa en la cola de la fiambrería? para mí es de las experiencias más desoladoras de la vida cotidiana, no sabría explicar por qué, pero me deprime a niveles insoportables, y sospecho que les pasa a muchos, dado que el supermercado deposita fiambre ya envasado en una góndola cercana para los de carácter débil como el de uno), con un número que no aparece nunca en el tablero electrónico, a lo que habría que sumarle el detalle de que los musulmanes no comen chancho, por lo que resulta más infructuosa su espera; mientras, miran por la televisión cómo en el infierno al que pertenecían antiguamente sortean vidas en Alemania entre sus compatriotas.