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    Haciendo boca

    Propongo una pausa en el contenido coyuntural para abordar un tema de nuestro habitual comportamiento autocomplaciente. Es una nueva entrega de: “No está contento con uno mismo el que no quiere”, un espacio dedicado al deporte más practicado por los seres humanos: el autoengaño, nuestro método básico de supervivencia preferido, el truco más rudimentario del cerebro para permitir que los hechos se acomoden a nuestros intereses, dentro de una narración en la que salgamos siempre bien parados.

    La gente es loca por creerse importante, si se le pregunta a cualquier individuo qué función cumple en determinado grupo de personas, siempre expondrá su rol como fundamental. “Si no fuera por mí esta familia se hunde, si yo no estuviera no solo perderían todo lo que tienen, desaparecería la familia entera como tal”, palabras del limpiador de piscinas de los Rockefeller. Quizás por eso lo que en general llamamos autocrítica suele ser un gesto autorreferencial con algún condimento levemente crítico esparcido, muchas veces seguido por una justificación, en algunos casos repleto de autocompasión, en otros un desesperado grito para que quienes nos rodean desmientan y expresen su aprobación con palabras comprensivas y cariñosas del estilo “no seas tan duro contigo mismo, sos un gran padre, aunque te hayas olvidado a tu hijo arriba del techo del auto por meter primero la laptop. Le puede pasar a cualquiera arrancar el auto y ver a su hijo rodar por el parabrisas”.

    Una de las formas del autoengaño preferidas por este columnista (que soy yo, Darwin) es la mención de un defecto propio. A continuación dejo un pequeño catálogo de trampas que suelen aparecer cuando a la gente se le pide que mencione alguno de sus defectos (y a veces sin necesidad de que se le solicite nada), que delata hasta dónde puede llegar el autoengaño. El experimento se llama: “Dime tus defectos y te diré cuánto te cuesta encontrarte uno, pedazo de un ególatra”.

    1) “Mi mayor defecto es que soy muy autocrítico”.

    Si fuera así de autocrítico como se promociona, se habría encontrado un defecto más significativo, o por lo menos uno real, que no hablara tan bien de su persona. Si ese es su defecto ni me diga sus virtudes, gracias. Nadie mínimamente autocrítico caería en semejante contradicción.

    2) “Ehh, un defecto… soy muy perfeccionista”.

    Tan perfeccionista no debe ser porque si no, se habría ahorrado el “muy”, que es innecesario y termina por hacer bastante imperfecta la respuesta. Lo que quiere expresar en verdad es: “soy brillante en lo que hago y encima trabajo como loco”.

    3) “Soy demasiado bueno, confío mucho en las personas, ese es mi defecto”.

    A menos que esté confesando que es un gil a energía solar, cosa bastante improbable porque en general los vejigas no se reconocen a sí mismos, lo que quiere expresar este pichón de narciso es que él es el rey de los bondadosos y el resto del mundo es un asco de gente. Ergo: piensa que no le va bien porque lo cagan siempre. Instinto de supervivencia puro.

    4) “Tengo un gran defecto: me cuesta mucho delegar”.

    Traducción: “soy un fenómeno que no puede dejar nada en manos de los mediocres que me rodean, ninguno tiene ni la mitad de la capacidad que tengo yo; si falto un día al mundo, el planeta Tierra se sale de su órbita y choca”. Sería recomendable que empiece por delegar la lista de sus defectos a otro, le van a encontrar unos cuantos.

    5) “No sé disfrutar del éxito”.

    Este nos quiere decir que le va tan bien que se acostumbró. Flojito, no se quiere mucho. Abra otra hipótesis: a lo mejor no sabe disfrutar del éxito porque nunca lo tuvo. De esa misma forma yo podría decir que no sé disfrutar de un pent house en Manhattan o de Jennifer López en la cama.

    6) “Soy muy inconformista… un obsesivo de los detalles”.

    Quizás es tiempo de que empiece a enfocarse menos en los detalles y más en las cosas grandes, como el gigantesco ego autocomplaciente que acaba de dejar en evidencia. Es el mismo caso que el “perfeccionista”, pero encima se cree apto para descubrir sus propias patologías. Hay que joderse, che.

    7) “Mis amigos me dicen que soy demasiado sincero”.

    Sus amigos le dicen que es un idiota, pero se lo dicen tratando de no ser tan sinceros con él, para no dañarlo. Ese filtro en la capocha que posibilita la autocensura se llama cerebro, y, según sus amigos, el individuo en cuestión no suele usarlo.

    8) “Me entrego mucho en el amor, doy mucho y no pido nada a cambio”.

    ¿Y qué se piensa que es el amor, una transacción bursátil? ¿Por ese engaña pichanga habrá pagado diez años de terapia? Le robaron la plata. Si lo dejan sus parejas debe ser porque se les pasa, se aburren, o porque es insoportable; eso de amar demasiado no es un defecto en ningún caso.

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