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Acá nos tienen, tratando de entender lo inentendible una vez más: la conducta humana. En este caso bajo la forma de una votación a un señor que a casi todos nos resulta impresentable. Un hombre que anda con boca de pato y mirada de modelo publicitario que quiere hacer como que está pensando con agudeza, de rostro anaranjado, el pelo como si recién hubiera salido de una peluquería en Damasco o Ciudad del Este (su cabello es real pero simula ser peluca, un travesti de la peluca, sería, si me permiten la expresión), y el comportamiento de un niño de 8 o 9 años, de esos que uno como adulto no siente el menor remordimiento a la hora de odiarlo, con odio de adulto, igual de dañino que el odio infantil pero con armas más sofisticadas para usar en su contra, de esos niños que dan ganas de agarrarse a piñas con el padre, o robarle el celular a la madre y tirárselo en un contenedor para que deje de ignorarlo y padezca lo mismo que el resto. Ese es el nuevo presidente de Estados Unidos para nosotros. Un misterio. Pero en esencia el sobresalto siempre es el mismo: somos impredecibles. No conseguimos entender la conducta de un individuo, y pretendemos hacerlo con 200 millones.
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Más allá del bullying que podamos hacerle al electorado estadounidense, como uruguayos no tenemos mucho para decir acerca del intelecto puesto al servicio del pensamiento político; esta misma semana vimos a muchísimas personas felicitándose entre sí por la comparación más perezosa que uno pueda imaginar: Novick y Trump. No es ni siquiera ingeniosa, tomando al ingenio como el último chasquiboom de la inteligencia, un fuego de artificio que solemos utilizar los bufones baratos para concitar la atención y engañar al público. Sí, claro, son los dos millonarios (pónganle un asterisco al concepto de “millonario” en Uruguay, los ricos uruguayos no son ricos, ni siquiera se comportan como el resto de los ricos del mundo), aunque no tenga nada que ver la forma en la que accedieron a ese dinero, los dos tienen un discurso populista, y son outsiders de la política. Lo mismo se podría decir de Maduro, que viene de manejar el ómnibus y es millonario y populista, o de Macri que viene del fúbol y es millonario (supongo que algunos cuestionarán su condición de populista, ¿y si les digo que sus tres propuestas-objetivos fueron: 1) pobreza cero, 2) combatir al narcotráfico y 3) unir a todos los argentinos?).
Pero más allá de nuestras limitaciones intelectuales y el desconcierto generalizado, hay algunas cosas que creo deberíamos admitir de una vez:
La democracia no parece estar en su mejor momento, como que no acierta en las decisiones (similar a lo que les pasa a los encuestadores con sus predicciones). Los chinos y los musulmanes se deben estar cagando de risa de nuestro sistema occidental.
El voto es emocional; hay más peso racional al elegir un helado en el supermercado que a un presidente. Nos hacemos los que pensamos el voto, pero armamos el camino de adelante para atrás, primero decidimos a quién votar y después buscamos la justificación pseudorracional, al tiempo que hablamos de confianza, ¿y de qué está hecha la confianza? De la misma materia que el algodón del Parque Rodó, la confianza es esencialmente irracional. Confíen en mí, sé lo que les digo.
Los medios masivos de comunicación no son ni la octava parte de lo influyentes que piensan los políticos y sus críticos acérrimos. Los políticos acá siguen pensando que la realidad es la tapa de los diarios, y ni siquiera existe más la tapa de los diarios.
A la gente le gusta votar por “el cambio”. No importa cuál sea el cambio, ni cómo sea, ni si ese cambio es posible. Nos gusta el que nos promete el cambio, básicamente porque en general estamos hartos de todo, la convivencia en sociedad nos crispa los nervios, la vida es decepcionante, y cualquiera que nos prometa un cambio cuenta con nuestra simpatía, o al menos el depósito de nuestra ridícula esperanza; por eso hemos visto campañas de presidentes que se presentan como “un cambio seguro” o “la continuidad del cambio”, y hasta candidatos que se autopromocionaban como los representantes del cambio dentro de la continuidad del cambio (el Frente Amplio B domina muy bien ese recurso).
No hay retórica que genere mayor entusiasmo por estos días que la antisistémica. Eso habla bastante de nuestra madurez como sociedad: tenemos 16 años de vuelta, por eso las redes morales son un éxito, si es como estar en el liceo 24/7. Hillary Clinton perdió principalmente por representar al sistema (era como la adscripta), dicen, eso fue lo que le impidió conectar con la gente. Como nos encanta despotricar contra esa entelequia a la que le adjudicamos todo lo que no nos gusta o no nos sirve, terminamos por creernos nuestra propia excusa justificativa y castigar a quienes formen parte de eso que no sabemos bien qué es. Nada tiene menos épica que los discursos de responsabilidad y continuidad del sistema. Hillary fue vilipendiada por esa casta de inteligencia progre que le gusta jugar a la postura antisistema, hasta que le ganó a Sanders (que es igualito a Trump pero del otro lado). ¿Y ahora? Todos rezando para que el sistema haga su trabajo y amanse a este megalómano excéntrico e impredecible. Estamos en manos del sistema, es en lo único que podemos confiar. ¿No es graciosísimo?