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    Haciendo boca

    Penúltima columna (3ª) en esta serie de soliloquios que no le interesan a nadie, intitulados: “Pensamientos baratos sobre el triunfo de Trump”. Siempre bajo la premisa “cada uno se cuenta a sí mismo la historia que más le guste, y todas son válidas porque esto es de opinar nomás”. Hoy hablaremos de la responsabilidad en el bando perdedor. Nada más fácil y divertido que buscar mariscales de la derrota. A mi juego me llamaron.

    Los resultados de la votación muestran que Trump tuvo menos votos que Romney —quien perdió con Obama— así que un poco los demócratas se vencieron a sí mismos. Wall Street, grandes medios, redes morales, intelectuales, deportistas, empresarios, todos explícitamente contra Trump, como nunca la sociedad visible se unió para rechazar un candidato, que estaba solo, sin asesores, sin aparato partidario ni publicitario, sin psiquiatras que lo medicaran, sin guionistas que le escribieran un discurso a Melania o al menos le prohibieran hacer copy-paste de uno de Michelle Obama. Sólo él y la maquilladora-peluquera que le dejaba la cara naranja y el pelo amarillo patito. Y perdieron igual. Ni siquiera se puede decir que hayan perdido con el Partido Republicano, los republicanos se entraron a bajar de la Torre Trump con la urgencia del que siente el calor de las llamas en las patas, el último mes se tiraban por las ventanas como en el 11 de setiembre.

    Todos estamos al tanto de las falencias de Hillary: ausencia de encanto, cero épica, cara de señora sobregirada porque se casa la hija, demasiado tiempo en las sombras del poder, guampuda consciente (no le cae bien esto a la gente, no sé por qué, nadie lo ve como un rasgo de resistencia estoica, tolerancia, o empatía con la personalidad volátil del bandido), simpatía sobreactuada, falta de afinación en el habla, etc. Bill tendría que haberse quedado con Lewinsky, seguramente la candidatura de Mónica nos habría ahorrado este potencial desastre. Pero tiene que haber existido algo más que la falta de gracia de Hillary, estamos ante una tormenta perfecta.

    El efecto Sanders.

    Bernie Sanders, ese viejo hippie con la madurez intelectual-discursiva de un joven de 19 años que vive de sus padres mientras los odia y los destrata en público, le dejó el pollo a medio hacer a Trump. Él y sus promotores festejantes progresistas antisistémicos atacaron a Hillary con el mismo discurso que después la derrotó Trump, porque Trump y Bernie son dos almas gemelas que se alimentan de lo mismo: el espíritu adolescente rabioso contra el sistema, mientras viven en y gracias al sistema. Un clásico, como Chomsky, Krugman, Stiglitz y tantas estrellas del viru-viru yanqui; de ahí su condición de adolescentes, su ingenuidad (o cinismo autocomplaciente) es tal que reniegan del aparato que les da la papa en la boca, lo desconocen, no se dan cuenta que viven en el lugar más cómodo del mundo: el sillón mullido que los grandes sistemas guardan para contener los discursos antisistémicos sin dejar de funcionar; son los rebeldes del confort. Destruyeron a Hillary desde el beneficio que solo otorga la irresponsabilidad de no haber estado nunca en el poder. Y después (una vez vencido el viejo Sanders, que se dedicó a llorar en lugar de hacer campaña por ella, si no por caballero al menos para evitar el mal mayor) nunca pudieron volver a juntar los pedazos.

    Voto anticelebridad

    Cuando se tiene el 90% de los grandes medios y las celebridades a su favor se corre este tipo de riesgos. Si del otro lado está Michael Moore y Lady Gaga, no es tan raro que den ganas de votar a Trump. Hubieran hecho una campaña con el mensaje “si gana Trump, vuelve Michael Moore”, y la gente habría ido en masa a votar a Hillary.

    Yo no le digo a Johnnie Depp de qué disfrazarse en la próxima película de Tim Burton, que él no me venga a decirme a quién votar. Un consejo a los artistas: eviten comprometerse públicamente en política si de verdad quieren comprometerse con la realidad política. Aunque pedirle a un artista que no se exprese públicamente es como pedirle a un viejo que no tosa.

    La Negación de la Realidad Progresista

    La manifestación popular bajo la consigna “Este no es mi presidente”, al día siguiente de las elecciones, lo explica a la perfección: ante la adversidad, como primera medida el progresista niega la realidad. “Este no es mi presidente” es la expresión colectiva más infantil de la democracia en el siglo 21; el argumento de un escolar ante una maestra suplente o la nueva pareja de su madre (“vos no me mandás porque no sos la maestra” o “tus órdenes hacia mi persona no son válidas, la vulva de mi madre no otorga ninguna autoridad sobre mi conducta”), y en ese caso el escolar tendría un poco más de solidez argumentativa, hay que admitir. Después de ver eso, salpimentado con celebridades llorando en TV por el resultado, estoy seguro de que si se repiten las elecciones les gana Trump por mayor diferencia, como Rajoy en España.

    La semana que viene terminaremos el tedioso diálogo retórico en 4 partes, la columna estará dedicada a ampliar el ítem: La Negación de la Realidad Progresista, el caldo de cultivo donde creció ese engendro popular llamado Trump.

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