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En Almaceneroland tenemos un cuaderno en el corazón donde guardamos los pedidos de fiado que le hacemos permanentemente a la vida, y una lapicera en la oreja con la que escuchamos y escribimos en nuestro corazón-cuaderno, no solo esos fiados, también las deudas que —consideramos— la vida tiene con nosotros. Por eso nuestro cuaderno-corazón está tan lleno de amor como de resentimiento, al punto que nos cuesta identificar uno del otro.
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En Almaceneroland seguimos pensando el trabajo con los parámetros de 1988 —siendo generoso con el año—, y estamos orgullosos de eso. Vemos la llegada del 2000 con desconfianza. La eficiencia tiene muy buena propaganda en este loco siglo XXI de obsolescencia programada que se avecina, pero trae deshumanización, cierra las puertas del corazón y la ventana del Facebook. Nosotros preferimos medir el valor del trabajo por cantidad de horas permanecidas en la oficina, por buenas intenciones sin importar el resultado, por niveles de fidelidad (un guarismo que sale de la ecuación: docilidad x permanencia/ cuestionamientos formales a las tradiciones de la empresa), por simpatía, por si fue al mismo liceo o vivía en el mismo barrio que nosotros durante su adolescencia, etc. Resumiendo: nos cagamos abiertamente en la productividad, nos resulta un parámetro frío y despiadado, carente del mayor de los atributos de Almaceneroland que es la humanidad. En Almaceneroland el trabajo es un lugar en donde prima el plano afectivo sobre el profesional, el mostramelasfotosdelcumpledetuhijo sobre la idoneidad, el contamecómolefueatupadreconlosanálisis sobre el eficientismo gélido que nos quieren imponer desde la hegemonía mercantilista que maneja los hilos del mundo. Ese ejercicio sentimental cotidiano nos permite diluir nuestras responsabilidades en el confuso caldo de las emociones, un líquido donde cualquier interpelación por tareas incumplidas o errores se transforma en un cuestionamiento personal, una agresión al alma. Así los roles se difuminan a la sombra de la agradable camaradería, que mantiene el aroma fresco de la amistad mientras se pudre desde las entrañas, y en ese paisaje confitado cada cual aprovecha para sacar su ventaja de la situación. Los jefes cagan a los empleados amparándose en el voluntarismo jovial de un ámbito supuestamente familiar:
—Si tuvieran que rebajarse el sueldo para que esta pequeña empresa quijotesca, que es un poco de todos, pueda seguir nadando contra la corriente en este momento tan difícil, ¿a cuánto se lo bajarían para mantener el grupo humano intacto, y que no haya que prescindir de algún compañero que ya es amigo? Trabajar en un lugar donde compartimos los mismos valores y nos identificamos con una forma especial de hacer las cosas, es algo que no se da mucho, es un privilegio, y por eso es más difícil y requiere sacrificios.
Los mandos medios calman su sed de almacenedominatrix persiguiendo a los compañeros amigos subalternos sin un objetivo específico más que el control por el control mismo, y cuanto menos trabajo haya por hacer más controlan horarios y miran por arriba del hombro a ver qué hay en la compu.
—¿Te pasa algo, Andrea? Tenés cara de indigencia sexual. Si te quedás hasta las seis, te presento un amigo de mi esposo que se está por separar de la mujer.
Y los empleados aprovechándose uno del otro con movimientos rápidos, fintas de desmarque, convenientemente disfrazadas de gestos de confianza que solo el afecto puede justificar:
—Pa, a esta hora me matás, pasale ese trabajo a Andrea que no tiene hijos, jaja, ¡gracias, andre! Igual el Tinder no cierra, podés conseguir macho a cualquier hora; y yo tengo reunión con la maestra del más chico, ¿te acordás que le mintió a una compañerita para que le hiciera los deberes? Se lo conté en la hora del almuerzo, no estábamos trabajando. Bueno, cuestión que el sabandija le decía que eran novios, y como ella es bastante feuchita, y no sé si tiene algún retardo también, mi hijo le daba unos besos y ella le hacía los deberes y, bueno, saltó todo y la pelotuda de la maestra dice que es extorsión. Ja, el chico es un caso, no sé de dónde saca esas cosas, de youtube supongo. Chau, ta mañana, deséenme suerte.
En Almaceneroland defendemos las fuentes laborales, sin importar su viabilidad, si cumplen alguna función practicable, o si carecen totalmente de sentido. Eso es secundario, la premisa es que todos tenemos derecho a mantener el mismo trabajo durante toda la vida. ¿La gente no llama más para pedir taxi porque hay aplicaciones en el celular? Problema de la gente, las telefonistas no se tocan, reubicarlas es matarlas con la piqueta fatal del progreso. ¿Cierra una línea aérea semiestatal fundida? Los que trabajaban ahí tienen derecho a abrir su propia línea aérea con un préstamo del Estado y seguir haciendo LO MISMO, cualquier otra salida laboral que se les ofrezca no será aceptada en Almaceneroland. Tenemos un dicho muy bueno: “Un trabajo es un trabajo, y otro trabajo es la flexibilización insensible de los hijos de puta que no les importan las fuentes laborales y no respetan al trabajador”. Es un poco largo pero dice muchas verdades.
Protegemos tanto las fuentes laborales que ese efecto se extiende a los objetos nobles, acompañantes de nuestra idiosincrasia. ¿Cuántos embates de la tecnología ha resistido la fuente laboral principal del repasador en este país? Ese compañero de tela, usualmente de textura atoallada, con bordados o dibujos de naturaleza muerta, instrumentos de cocina, patrones cuadriculados o arte abstracto conceptual, que en Almaceneroland se usa para limpiarse la boca y las manos, jamás para secar (eso es de cagón afectadito en Almaceneroland). El mundo nos ha inundado de servilletas de todo tipo y color, el inmejorable rollo de cocina (probablemente uno de los mejores inventos del siglo XX), nuestro país hace años que solo crece si se instalan fábricas de celulosa, y sin embargo el ciudadano de Almaceneroland —al que también se lo conoce como uruguayo— se limpia la boca con un repasador. El costado afectivo, otra vez, se impone; y la noción de familia, la unión del ser humano que se comunica con su par mientras lo ve limpiarse con el mismo tramo de tela en el que él acaba de dejar instalada la grasa y suciedad de su boca. El pañuelo de tela, mucho más individualista y personal, desapareció con la llegada de su émulo de papel. El repasador no. Incluso una fuente laboral alternativa del repasador: ir abajo del termo y el mate para no humedecer la repisa de madera, también se mantiene en pie a pesar de los individuales, sintéticos u orgánicos. Esos han sido los robots del repasador que vinieron a reemplazarlo en el mundo, anunciando el fin de su función, el cierre de su fuente laboral. ¿Pudieron? En el mundo sí; en Almaceneroland no.
No nos moverán. Ese grito parece hecho para los oriundos de Almaceneroland. Si hay que detener el transcurrir del tiempo y el ingreso de la tecnología para que esas fuentes de trabajo no peligren, lo haremos. La única fuerza capaz de mover a los uruguayos es la inercia, y ya sabemos que si no nos empujan o nos ponen en bajada, es una fuerza lenta y cansina. Es nuestra fuerza.