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¿Les dije que odio diciembre? Odio diciembre. Es un mes en el que el estado de ánimo natural es el desborde, la euforia. La gente está sobregirada, pasada de rosca, ya sea para comprar regalos, manejar, tomar, comer, reprochar, depilarse (las depiladoras no dan abasto de lo que se depila la gente en diciembre, podríamos tapizar el Palacio Legislativo de pelos), asistir a reuniones de padres, planificar actividades que involucran a terceros y si faltás sos una mala persona que no se compromete con el grupo, armar amigos invisibles como si fuera un campeonato del mundo de la FIFA, todo es exceso.
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Qué desagradable se pone la gente en diciembre, ¿no? ¿Les parece feo lo que estoy diciendo, les resulta poco festivo? Me importa un chorongo lo que piensen, no estoy para aguantar giles que vienen a decirme qué decir y qué no decir sobre diciembre, en pleno diciembre.
La gente tiene a diciembre metido en el cuerpo, y diciembre es un polvorín. Habría que ver las estadísticas de riñas callejeras y ese tipo de cosas en diciembre, deben subir como loco. Yo no sé qué pasa, pero como que la gente no se come ninguna y no aguanta nada y al mismo tiempo no le importa nada. El comportamiento individual y colectivo en diciembre es poco creíble, empieza por un acuerdo tácito sobre el corrimiento de las reglas sociales, todos vamos un poquito más allá de lo que solemos ir, a todos nos importa un poquito menos la convivencia; y en realidad tampoco funciona como contrato porque ninguno de nosotros tolera nada del otro. Somos autitos chocadores con 30° de temperatura, pegoteados (diciembre es el mes del pegote: sudor, sidra, turrón, el chori en los dedos, etc., y dios sabe lo irascible que pone al hombre sentirse pegoteado, por eso le dio una manzana al bejerto de Adán, para que sienta el pegote), la mitad de los días mamados y la otra mitad con resaca. Mi hipótesis es que como cada uno de nosotros ya abandonó cualquier esperanza de mejorarse como individuo en estos días, esa actitud se traslada a la sociedad; entonces cada cual hace lo que se le antoja y el de al lado le sale al cruce con la agresividad acumulada por el desorden, el caos y el pegote, y a las primeras de cambio ya se sacude las pulgas con el que tenga enfrente.
La gente se odia por estos días, se le nota en la cara que se odia entre sí. Y no la culpo, estamos tan odiosos en estas fechas que hasta me parece un reflejo de sensatez. Lo más juicioso que hacemos en diciembre es odiarnos, nadie nos puede acusar de desmedidos por eso. En estos días hay algo de olla a presión. Como que va tomando presión y presión y presión, y uno piensa, a esta altura del mes unas 15 veces al día: que termine esto rápido porque hago explotar todo por los aires, que termine el año porque mando a cagar a mi mujer, a mi socio, a mis compañeros de trabajo, a mi jefe, al cuidacoches, a mi madre, a mis hijos, al vecino que ya está probando los cuetes que para qué los prueba si no son los mismos que va a tirar el 24, no hay nada más al pedo que probar un cuete, siendo que cada cuete es un mundo, un mundo bastante estúpido y simple por otra parte, binario, con dos destinos posibles: o explota o está fallado, pero la explosión de un cuete no te asegura la del siguiente, y a la directora del jardín de mi hijo también la mandaría a cagar con todo gusto vieja fetichista que me quiere hacer disfrazar de hortaliza para una fiesta y yo no voy nada y no me importa que mi mujer me ponga cara de perro durante 6 horas seguidas y prendo todo fuego y que estalle todo al carajo y me voy a Toronto en busca de un diciembre mejor. Allá por lo menos hace frío y la gente no sale de sus casas.