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Por lo que se viene percibiendo, parece que las elecciones internas del FA no han concitado demasiada atención en la juventud. Una rareza si uno ve esos candidatos estelares y frescos a la vez, de la primera línea frenteamplista, que han salido a disputarse la presidencia de la fuerza política.
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Al joven no le sirve nada tampoco, no le resultan representativos estos candidatos juveniles a la presidencia del FA, y tampoco le gustan los comité(ses) de base(s) para ir a discutir, incluso hasta manejan la posibilidad de poner unas compu ahí para ver si entra alguno de rebote. Resulta inexplicable el desdén juvenil actual hacia los comiteses. Uno pasa por cualquier comité de base, mira para adentro, y es algo que se muestra irresistible a primera vista: la luz mortecina del tuboluz, que en los casos más seductores hasta titila porque no conecta bien y a nadie le han dado mucho las bolas de arreglarlo en todo este tiempo, aunque cada tanto alguno se pone de pie y le da un toquecito con un palo para que funcione sin pestañear durante media hora seguida; las barbas crecidas de la gente que está adentro (a mí me parece que esa gente entra afeitada pero el tiempo pasa tan lento en el comité que le crece la barba durante una tarde); las 2.000 listas dobladas al lado de un compañero/a que sigue doblando la lista n+1 de su día con un entusiasmo contagioso; el mate humedeciendo tanto el ambiente como los organismos que haya dentro del recinto, y hasta las propias almas de quienes lo comparten; el piso frío y opaco de baldosas grandes y grises con pintitas en toda la gama del gris al negro y al blanco que trasunta calidez; la gente abrigada hasta las narices, demostrando que el frío reinante no tiene nada que envidiarle al de una carnicería o incluso un frigorífico y no vale la pena sacarse la campera ni el gorro al entrar; la piel entre grisácea y verdosa y los dedos amarillentos de los compañeros/as a los/as que ya les es imposible resistir la mimetización con el ecosistema en el que conviven horas y horas; el sun metido en el termo, al costado de la mesa de madera demasiado chica para los cinco compañeros/as que tiene alrededor, con las patas chuecas, origen de una inestabilidad emparchada por un tarugo abajo de una de las patas que más o menos deja la mesa nivelada; las sillas de plástico de jardín, en el mejor de los casos, si no hay de lata tipo tablado, de las que se abren y ponen en riesgo los dedos de la gente; los afiches viejos de otras campañas de otro momento de otro país de otro mundo semidespegados en las paredes, que a uno le generan una sensación de vacío muy parecida a la que se da cuando ve el arbolito de navidad armado en pleno marzo; la radio prendida en M-24, escuchando un tema de un murguista que está lanzando su carrera solista y no sabemos cómo se llama pero cantaba de primo en Curtidores de Hongos cuando faltaba el que le hace coros a Jaime…
¿Y me dicen que los jóvenes no se sienten imantados por todo eso? ¡Increíble! Si lo único que tiene que hacer el joven para disfrutar en ese ambiente es entrar, y esperar a que pase la vida. Nada más cómodo y seguro.
El comité de base encierra una gran lección para el joven uruguayo: Uruguay, al igual que el comité, es un lugar hecho por y para los viejos, y de viejo sí que se disfruta a pleno. Hasta que no entiendan eso, no van a ser felices. Y cuando lo entiendan, ya serán parte de este Uruguay de viejos que los espera con los brazos abiertos.