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    Haciendo boca

    Catálogo incompleto de advertencias para comprar bizcochos.

    Evite comprar de más. Todos los bizcochos serán ingeridos tarde o temprano, casi nunca sobran. Si hay cien se comerán cien. El hombre está mentalmente capacitado para comer cerca de mil, mil doscientos bizcochos en el correr de una mañana, no así para digerirlos. Ese pequeño desfase podría ocasionarle “la muerte del perro”: si al perro se le da una tonelada de comida, la engulle de un tirón y explota; en el caso de los peces sucede algo parecido, ¡pueden probarlo en sus casas! Con los bizcochos a su alcance, el individuo terminará tragándolos todos de forma mecánica, posesa, sin que la acción tenga relación alguna con el hambre, ni siquiera con el deseo o la gula. Es una mezcla de resignación, automatismo, tedio, y un extraño sentido del deber patriótico y viril.

    Nunca pida surtido, ¡nunca! El panadero aprovecha para sacarse los clavos, en una actitud incuestionable desde el punto de vista moral. El que pide surtido se merece lo peor, por perezoso o por indeciso, o por poco comprometido con la causa, o por cándido que no sabe nada de la vida. Cada vez que algún incauto pide surtido los panaderos aprietan el puño dentro del bolsillo grande del delantal.

    No se debe estigmatizar al vigilante. Su forma alargada y flaca es poco atractiva, para qué negarlo, y su polémico nombre vinculado a la represión no seduce al comensal progresista. Sin embargo, posee el valor de la simpleza, nunca genera más expectativas de las que luego puede cumplir, es simpático, y fácilmente asible gracias a que sobresale en el tumulto.

    En ningún caso compre de “dos tipos” de relleno dulce (ej: de membrillo y dulce de leche). Es imposible adivinar cuál es cuál; así, solo generará frustración en el consumidor al morder el que no era de su gusto una y otra vez.

    Las margaritas (con crema o dulce, da igual) son el bizcocho más inconveniente del mundo. Discutir si son ricas o no carece de sentido: es el bizcocho con menos valor en términos objetivos. No sólo se ubican dentro del grupo de los bizcochos con sobrepeso y sobreprecio; además van perdiendo el relleno y dejándolo en sus colegas, cuando no en los propios dedos de la persona que metió la mano en la bolsa para sacar su bizcocho que no era una margarita. En esa invisibilidad que les da la bolsa, amparadas en el anonimato de los cobardes, andan agazapadas a la espera de una mano para interponerse en el camino y enchastrarla.

    La colecta para los bizcochos es un peligro, especialmente riesgosa en los ambientes de trabajo. Los que van a buscar los bizcochos vuelven con menos cantidad de la que el resto imaginaba debían traer. A la vista de los inversionistas que no fueron a la panadería, los bizcochos siempre parecen menos de los que debieron haber sido por esa plata. Surgen, entonces, dos sospechas: la primera es sobre la ineficiencia de los compradores, a los que los panaderos habrían estafado: “yo por los 200 pesos que juntamos traía el doble de bizcochos”. La segunda es aún peor: corrupción. Conozco gente que exige que las bolsas de bizcochos vengan completamente selladas. En los casos más paranoicos también solicitan una firma del panadero en un papel que certifique el número de bolsas de bizcochos vendidas, para evitar la desaparición de una bolsa entera.