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“Una población trasplantada no tiene el derecho de autodeterminación”, dicen representantes del gobierno uruguayo respecto a los kelpers (habitantes de las Malvinas/Falkland) y su plebiscito. Población trasplantada hace 160 años, lo que da —grosso modo— un mínimo de seis generaciones naciendo y muriendo en esas tierras. ¿Cuándo dejan de valer los trasplantes poblacionales y se puede considerar a unos habitantes legítimos de un lugar? Uruguay con ese criterio tiene toda la pinta de ser una población trasplantada también, ¿o nacimos entre las llamas y los charangos nosotros? ¿Es porque los kelpers son poquitos que no se los debe considerar? ¿Se podría hacer lo mismo con los ciudadanos de Flores? Pero lo más importante: ¿cuándo le van a explicar a Almagro que las Malvinas y los kelpers son un artificio inglés tanto como la patria a la que él representa en el mundo? ¿Alguien le notifica que las Falkland surgen apenas un lustro antes que este otro invento inglés que vendríamos siendo nosotros? A pesar de que nos desagrade la idea, casi todos sabemos que es un contrasentido como orientales sostener que las Malvinas son argentinas. Como el otro enclave colonialista inglés de Sudamérica, en el que también muchos argentinos —los peronistas más que nadie— ven un territorio propio perdido por Juan Manuel de Rosas en su momento, debería sonarnos la alarma del instinto de supervivencia.
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En 1833 las Malvinas pasaron a ser inglesas, cinco años antes, en 1828, durante la Convención Preliminar de Paz, se concibió este tapón inglés relleno de españoles llamado República Oriental del Uruguay. ¿Cuál es la tesis del gobierno acerca de las soberanías: hasta 1830 vale ser un invento inglés y después del 30 ya no vale más? Por lógica, para laaargentina, el paso siguiente a la recuperación de las Malvinas debería ser la Provincia Oriental. En una secuencia cronológica esperable, ni bien consigan lo que perdieron en 1833, van a ir por lo perdido en 1828; y Almagro es un gran colaborador de la causa, repitiendo por el mundo alegremente las razones porteñas. No digo que gritemos que esas islas son inglesas porque no queda simpático ni progresista, pero haríamos bien en cerrar el pico.
Convengamos que, más allá de las ganas y la afición por las causas antiimperialistas que cualquier joven pelilargo como nuestro canciller pueda tener, los argumentos argentinos mucho no se sostienen. El de “las Malvinas son nuestras porque nos quedan cerca, mirá si van a ser de los ingleses que están lejísimo”, es muy burdo. Formosa queda más cerca de Paraguay que de Buenos Aires, y sin embargo los paraguayos no reclaman su propiedad; marcharon y lo aceptan como hombres, perdieron Formosa con laaargentina que también trasplantó habitantes para ocupar el territorio ganado, como suele suceder. Calavera no chilla.
El argumento histórico tampoco funciona. Si te la jugaste a recuperarlas por la fuerza hace tan poquito, y te salió mal, violín en bolsa durante un tiempo. La justificación “en dictadura no vale”, como si hubiera sido una invasión extraterrestre, tampoco corre. Es la postura “se nos cayó un piano en la cabeza”: los milicos —apátridas— invaden Malvinas —solitos y por las de ellos sin apoyo ninguno— y terminan firmando la rendición absoluta y destruyendo años de diplomacia —Perón en los 50 quiso negociarlas por plata pero tampoco cuenta—. Por si fuera poco, nosotros los vimos festejar enajenados en una plaza a favor de la invasión liberadora; después se comieron la comida y fueron a la misma plaza a manifestarse en contra.
Lo del Papa argentino es otro cantar, lo hablamos la semana que viene.