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Las catástrofes naturales son un placer de los dioses, en el sentido más lineal de la expresión. Cada vez que vemos una de estas desgracias queda demostrado que destruir la Tierra es más propio de la Tierra misma que del hombre, a pesar de la mala prensa que nos hemos hecho a nosotros mismos. Además, a diferencia de nuestra actitud cargada de culpa, la naturaleza disfruta de esos arrebatos autodestructivos. Dicho en términos más actuales y sincréticos: la Pachamama gusta de ponerse un cinturón de dinamita y hacerse explotar parte del organismo bastante seguido, con seres humanos o sin ellos encima. Nada más destructivo y violento que el propio Universo.
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Si no fuera un placer de los dioses, ¿por qué entonces todos los dioses del mundo, que son unos cuantos y variados a lo largo de la historia, se abandonan tan a menudo a la práctica de tornados, volcanes, terremotos y todo lo que pueda ingresar dentro del subgrupo “catástrofe natural”? Pónganle el nombre que quieran: la Pachamama, Dios, Alá, La Naturaleza, los Espíritus Indígenas, el Tao, o la versión mística-marxista de la Tierra reaccionando con justicia ante el agresivo capitalismo salvaje y su forma depredadora de progreso que está destruyendo el medioambiente y provocando el apocalipsis de a poquito; lo cierto es que se percibe el regocijo por parte de las fuerzas del Universo —que para los creyentes se aúnan en una suerte de Orden con voluntad propia y acciones premeditadas— al destrozar construcciones humanas, y dejar empequeñecidos a los seres humanos ante la presencia arrasadora de un poderío de origen natural que los hace desaparecer, prenderse fuego, o volar a la mismísima mierda.
No los culpo tampoco (a los dioses o como les llamen), considero entendible esa debilidad por el daño abrupto y gratuito. Me imagino esa sensación muy parecida a la necesidad compulsiva que siente uno por enterrar la pata en el castillo de arena recién hecho por un botija en la playa. Pocas cosas generan un deseo más puro, irrefrenable y fuera de toda lógica, que pisarle el castillo de arena a un niño a quien se lo pudo ver construyéndolo con esmero durante la mañana entera. Y agrego otra arista: si es posible que el propio chiquilín alcance a presenciar el acto destructivo, tanto mejor, más se disfruta. Es por ese lado que intuyo que esto de las catástrofes naturales debe ser un placer de los dioses.
Lo otro que llama la atención es la reincidencia (los más osados le llamarán saña), tanto en ese Orden Universal Voluntario que le da por azotar casi siempre los mismos lugares y seres vivos, como en los que se quedan ahí aguantando los sacudones. En otras palabras: ¿por qué insiste la gente de Haití con vivir en Haití? Les gusta victimizarse, dirán algunos. Que Dios es un sádico ya lo sabemos de leer el Antiguo Testamento, pero ¿cómo la otra parte se queda ahí soportando estoica los cachetazos? Al final tanto sufrimiento tendrá su recompensa, dirán los más piadosos: luego de un terremoto o un huracán, o ambos simultáneos más la erupción de un volcán, cuando todo parece perdido, se escucha un helicóptero descender a la tierra devastada, alguien ha escuchado las plegarias, después del ruido, desde dentro del helicóptero aparece, recortado en el horizonte, un hombre bueno, que con voz tierna y comprensiva dice: “hola, soy Ricky Martín y es lo más parecido a Dios que van a ver en su vida, voy a salvar a media docena de ustedes, los elijo y me los llevo”, y se carga un atado de haitianos, que más tarde le regalará para el cumpleaños a algún amigo comprometido con la realidad, tipo Sean Penn.