N° 1769 - 19 al 25 de Junio de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHe buscado con ansiedad y finalmente leí con interés el cuarto tomo de las “Obras completas de Leopoldo Lugones” (Ediciones Pasco, Buenos Aires, 2009), que lleva por título “Elogios”. Lo del desasosiego se explica porque lo sé a Lugones pensador de curiosidades amplias, de pasionales admiraciones, de vasta cultura; quería saber qué decía de Maquiavelo, a quien admiró de modo preferente como modelo de la síntesis de mentalidades que representa el Renacimiento; de Julio Argentino Roca, a quien sirvió; de Sarmiento y de Florentino Ameghino, a los que oficial y autorizadamente rindió en su tiempo y en diversos cargos públicos no pocos homenajes. En cuanto al interés que me suscitó la lectura, debo reconocer que en parte responde a mis hondos prejuicios respecto de este autor: antes de confrontarme por primera vez con cualquier texto suyo no puedo de dejar de evocar lo que ya tengo atesorado, el impacto que me han dado sus tan cabales poemas, su perfectísima semblanza de Sarmiento, su inaugural estudio del Martín Fierro, sus muchos ensayos políticos, sus cuentos, y entre ellos, “Francesca”, entrañablemente “Abuela Julieta” y fuera de todo límite de la imaginación, “Los caballos de Abdera”.
De modo que apenas comencé a tratar con sus testimonios tan íntimos sobre Ruben Darío, con quien lo unió una viva amistad y casi una idéntica misión, o cuando me encontré con la efigie emocionada que levanta del santo de Asís, o de Goethe, de Zola o de Camoens, advertí que el pulso atento que había dictado sus anteriores páginas inmortales se encontraba vivo y reclamaba su lugar en estas conferencias, notas periodísticas, apuntes de homenaje a propósito de alguna fecha que los calendarios por lo común tienden a desconocer. Tal es lo que ocurre precisamente con la obra de Ameghino —paleontólogo, naturalista, investigador de vanguardia, autodidacta— que discernió el misterio del hombre primordial en la zona del Río de la Plata, que inauguró el estudio de los fósiles del período terciario y cuaternario en esta parte del mundo, que reveló un universo sobre el que apenas existía una sospecha alentada por Darwin, pero del que prácticamente nada se sabía. A José Ingenieros la figura de este científico que representó como nadie la generación del Ochenta (junto con Paul Groussac, Miguel Cané, Eduardo Wilde, Lucio Mansilla), le mereció efusiones que habría de equiparar legítimamente con Sarmiento, también un genio autodidacta, también ambos maestros de escuela, también hombres de las provincias y no de la metrópolis, también generosos, incomprendidos, combatidos por los mediocres, por los inferiores (“El Hombre Mediocre”, cap. VIII, sección III, Buenos Aires, 1913).
Lugones recoge esta situación vital de Ameghino (de la que, por otra parte, él no está exento, pues su destino fue análogo), y traza una aproximación a la vida humilde de este librero de La Plata, ignorado y apenas escuchado en su país, que triunfó en la exigente sociedad científica de Londres y también triunfó en los exigentes dominios académicos de la zoología y de la antropología de París con su ajetreo de fósiles únicos e inesperados y con sus fulminantes revisiones del sistema de clasificación tradicional de las piezas prehistóricas. La revolución que Ameghino propuso en la ciencia tiene todo el relieve de una revolución en la gramática, por cuanto cambió la lógica, el sentido y la valoración en las investigaciones y en la identificación y tipificación de los fósiles. Al apologista lo admira, obviamente, el abordaje científico, la creatividad con la que relaciona hechos en apariencia distantes y desplaza confusiones a favor de una sólida teoría general de la evolución de las especies, y sobre ello nos ilustra con empeño y bastante paciencia. Pero lo que más le impresiona es el sacrificio, el mundo amargo y cotidiano del científico, con sus apuros económicos (que le obligaron a vender parte de sus valiosas colecciones de fósiles), sus obligados renuncios, sus muchas privaciones, su esperanza injustificada en medio de mares de indiferencia. Le impresiona a Lugones, en definitiva, la entrega; ve lo genial de Ameghino no solo en la obra lúcida del científico sino en el derroche de vida del hombre, esa abierta disposición a sacrificarlo todo —familia, estabilidad, dinero, salud— en la búsqueda de esos preciosos e invencibles testimonios que la Tierra celosamente ha venido guardando desde antigua: “años enteros llegó a pasar en las soledades patagónicas, resistiendo como un salvaje los soles y las nieves, padeciendo hambre, incomunicado hasta no poder corresponder sino cada seis meses por las desoladas caletas de la costa atlántica, cortísimo de recursos, que lo eran en gran parte la hospitalidad de tal o cual poblador avanzado, el préstamo de cabalgaduras de algún ingeniero ocupado por allá en mensuras fiscales, la compañía gratuita, o poco menos, de algún gaucho comedido y baqueano…” (pág. 266).
Recomiendo este buen libro y especialmente el capítulo de Ameghino, que es el más largo.