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    Hombres blancos del cinturón industrial fueron decisivos para elección de Donald Trump, que promete devolver la autoestima y crear empleos

    El guionista de “Los Simpson”, Dan Greaney, previó, ya en marzo de 2000, que Donald Trump llegaría a ocupar el sillón principal de la Casa Blanca. Para la gran mayoría de los analistas políticos y el público mundial, en cambio, arribar a esa conclusión e incluso considerarla siquiera como una hipótesis seria, fue bastante más lento y trabajoso.

    “Todo analista serio piensa que Hillary Clinton va a ganar”, dijo el magíster en Asuntos Públicos de la Universidad de Princeton, Peter Hakim, en el suplemento “Economía & Mercado” de “El País” apenas un día antes de las elecciones.

    Sin embargo, el experto advirtió que la candidatura de quien a la postre resultó triunfador inapelable expresó la existencia de “un gran número de enojados” que están “cada vez más frustrados por su estancamiento económico, preocupados porque sus hijos queden por detrás, e insatisfechos con la actuación del gobierno y otras instituciones”.

    La personalidad carismática y la experiencia televisiva de este millonario neoyorkino de 70 años fue fundamental para que el operador inmobiliario, que demostró conocer muy bien la mentalidad y las necesidades de buena parte del estadounidense WASP (blanco, anglosajón y protestante, por su sigla en inglés) terminara, el martes 9, con los sueños políticos de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, en teoría mucho mejor preparada para manejar la botonera del poder de la principal potencia de occidente.

    Hakim había hecho una advertencia que puede resultar sorprendente: “Trump es más progresista que la base de su partido”.

    Otro analista, consultado por “El País” de Madrid, afirmó que Trump hace planteos extremos como técnica de negociación.

    En todo caso, en la larga campaña explotó al máximo el poder del dinero, el éxito como empresario y sus dotes como vendedor de resorts y a pesar de lo que decían las encuestas, se alzó con la victoria a contrapelo de la mayoría de los grandes medios estadounidenses, a los que enfrentó con un discurso frontal y agresivo que puso énfasis en la creación de puestos de trabajo para los estadounidenses y el freno de la inmigración.

    Los antecedentes de ambos finalistas de la carrera apuntaban a que Clinton, solvente y preparada, era sin lugar a dudas quien contaba con mejores chances para convertirse en presidenta y ser así la primera mujer en ocupar el Salón Oval.

    Mientras ella estaba en la política desde hace muchos años y fue senadora por el estado de Nueva York, primera dama y luego secretaria de Estado con el presidente Barack Obama, su rival partió a la lucha electoral sin poder mostrar a los votantes ni siquiera un modesto cargo elegido a nivel local.

    Precisamente por eso, este excéntrico millonario logró explotar a su favor la distancia que mantuvo de toda la clase política y superando a otros millonarios que lo habían intentado antes.

    Ese aprovechamiento de debilidades y fortalezas fue empleado ya en las primarias republicanas, cuando se enfrentó a adversarios que contaron con más apoyos en la interna partidaria. No solo les ganó, sino que además fue el más votado de la historia del partido representado por un pesado elefante.

    ¿Cómo consiguió este outsider invertir la tendencia que lo daba perdedor e imponerse en la recta final de la campaña? Para el analista español Ignacio Ramonet, “este personaje atípico, con sus propuestas grotescas y sus ideas sensacionalistas, ya había desbaratado hasta ahora todos los pronósticos”, porque “logró vencer a pesos pesados como Jeb Bush, Marco Rubio o Ted Cruz, que contaban además con el resuelto apoyo del establishment republicano” y cuando muy pocos lo veían imponerse en las primarias, “sin embargo carbonizó a sus adversarios, reduciéndolos a cenizas”.

    La “bendita” clase obrera blanca.

    Ramonet y otros analistas como el corresponsal de “El País” de Madrid en Estados Unidos, Marc Bassets, coinciden en que Trump supo interpretar y seducir a buena parte de los electores blancos, poco cultos y empobrecidos por los efectos de la globalización económica.

    Trump enfrentó a los trabajadores estadounidenses, que vieron descender su nivel de vida desde la crisis que comenzó en 2008, con sus peores fantasmas: por un lado Wall Street, que para el público medio especula a costa de los trabajadores industriales y, por el otro, los extranjeros, que llegarían para sacarles lo que les corresponde, ya sea trabajando en China u otros países asiáticos por un salario de subsistencia, o en el propio territorio de la Unión, como los mexicanos y otros latinos.

    Fue así que Trump escandalizó a la gente “bienpensante” con su machacona idea de construir un muro de 3.145 kilómetros en la frontera con México y dijo que los inmigrantes ilegales que llegan del sur son “corruptos, delincuentes y violadores”. También azuzó el miedo a los musulmanes, que además de competidores y con costumbres diferentes los ubicó como potenciales terroristas. Incluso reivindicó los métodos de tortura aplicados en Guantánamo.

    El ganador de las elecciones se presentó sin temor como homofóbico, racista, intolerante y en general conservador, toda una colección de atributos que cayeron muy mal en un sector de la sociedad estadounidense, pero que en otra, al contrario, representó una buena explicación de todos sus problemas no solo económicos sino de autoestima.

    El candidato republicano, recordó Ramonet, apoyó el restablecimiento de la ley Glass-Steagall, aprobada en 1933, durante la gran depresión, que separó la banca tradicional de la de inversiones, habló de más impuestos y por eso se ganó el rechazo del sector financiero que tiene como máxima expresión a Wall Street.

    “El ingreso medio de los empleados hombres a tiempo completo está en un nivel más bajo del que estuvo hace 42 años, y es cada vez más difícil que las personas con educación limitada consigan un trabajo a tiempo completo que pague salarios dignos”, escribió el mes pasado el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, al tiempo que advirtió que además de enriquecer más a los ricos, la política que promete el presidente electo mediante una guerra comercial con China y México no mejorarán la situación de los que ahora están descontentos sino todo lo contrario.

    La confrontación con el mundo financiero y la “denuncia” del papel de los grandes medios resultó parte fundamental de una exitosa estrategia de campaña.

    Para los que no estaban tan atentos a los vaivenes de la política estadounidense, la actitud que adoptó Trump durante los tres debates en televisión resultó reveladora: el magnate sabía a qué público se estaba dirigiendo y lo hacía de forma muy eficiente a pesar de las arcadas que hicieran millones de teles­pectadores, tanto por el estilo chabacano como por el fondo de las propuestas.

    El mundo que dejó Hillary.

    Otros factores que el empresario inmobiliario empleó a su favor fueron los fracasos de la política exterior conducida por Clinton. Varios analistas estiman que ella basó su política exterior en el intervencionismo y la guerra y que además no fue exitosa. Por ejemplo, luego de intervenir en Libia en 2011, la herencia es un Estado fallido que resulta funcional al llamado Estado Islámico. Otro tanto ocurriría con la intervención en Siria, que fracasó en el intento de sacar al presidente Bashar al-Asad.

    Respecto a América Latina, Clinton jugó fuerte en Bolivia y Venezuela.

    De postre, la Fundación Clinton fue cuestionada porque recibió donaciones de países con pocos antecedentes democráticos: Kuwait, Emiratos Árabes y Arabia Saudita. Este último habría aportado 40 millones de dólares a la campaña del Partido Demócrata, un 20% del total recaudado.

    Trump, que eludió impuestos como empresario y fue acusado de recibir apoyo ruso, pudo criticar estos puntos débiles de su contrincante porque no tuvo participación directa en las políticas de Estado y sumó a ello la investigación que el FBI desarrolló sobre Clinton por la difusión de correos electrónicos con temas sensibles de seguridad nacional.

    Esas y otras políticas llevaron a que muchos demócratas votaran a Clinton “con la nariz tapada” o que directamente se sumaran al tradicional abstencionismo en un país en el que las elecciones no son obligatorias.

    El candidato de los republicanos se colocó, en línea con su postura proteccionista, en contra de los tratados de libre comercio, con el argumento de que son la causa principal de la pérdida de puestos de trabajo.

    Cuba, que logró avances con Obama, al punto que se restablecieron relaciones diplomáticas después de medio siglo (el mes pasado por primera vez Estados Unidos se abstuvo cuando se votó el tema del embargo en Naciones Unidas), parece haber tomado nota del nuevo escenario, porque anunció ayer miércoles maniobras militares defensivas.

    No por casualidad, Trump logró un ajustado triunfo en el estado de Florida, uno de los factores que le dieron el aire necesario para llegar a la mayoría a nivel nacional, junto a éxitos poco seguros de antemano en Michigan, Wisconsin y Pensilvania (ver recuadro).

    “Los naipes de la geopolítica se van a barajar de nuevo. Otra partida empieza. Entramos en una era nueva cuyo rasgo determinante es lo ‘desconocido’. Ahora todo puede ocurrir”, fue la primera reflexión de Ramonet.

    “Como saben, heredamos un déficit en el presupuesto del presidente Trump”, explicaba Lisa Simpson, que en el capítulo de la famosa serie emitida hace 16 años era la primera mujer presidenta de Estados Unidos.

    Información Nacional
    2016-11-10T00:00:00

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