En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
No era un gran actor pero tenía la habilidad e intuición necesaria para sacar lo mejor del mismo papel, porque casi sin excepciones, James Gandolfini interpretó el mismo papel. Un poco más cerca de la mafia, un tanto más alejado de los matones, con o sin la sonrisa simpática pero también irónica y en ciertos casos cruel, Gandolfini era Gandolfini. Es como si ciertas caracterizaciones se hubiesen diseñado especialmente para él. ¿Alguien que se fastidie con facilidad? Gandolfini. ¿Un guardaespaldas? Gandolfini. ¿Un asesino? Gandolfini.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Claro que esto no lo explica todo. Algunos actores gozan de la aceptación y del amor de la gente, un fenómeno casi incondicional, más allá de sus condiciones. Harry Dean Stanton, por ejemplo, podrá ser siempre un actor secundario y no necesita ningún bombazo para mantener viva a una gran hinchada, en la cual me incluyo del mismo modo que en la de Gandolfini.
James o Jimi o El Gordo entraba en la categoría de los tipos que levantan la mano y a veces descargan sopapos (dicen que en la vida real tenía dificultades para controlar su propia agresividad), pero también sabía matizar esa presencia irascible con una cuota de ternura y seducción. Por algo Tony Soprano conquistó a todos y muy probablemente lo siga haciendo con las nuevas generaciones: apenas se conoció la noticia de la muerte del actor el miércoles 19, la cadena HBO repuso “Los Soprano”, serie creada por David Chase. Allí, el Gordo desbancó en las preferencias a todos los mafiosos del cine que había hasta el momento. To-dos, incluidos Al Pacino y Marlon Brando. Gandolfini llegó a cobrar por su papel protagónico 13 millones de dólares en la quinta temporada de la serie.
Entre sus últimas películas y como un gran broche a su carrera hay que anotar “Mátalos suavemente” (2012), de Andrew Dominik, donde se ponía en la piel de un sicario experiente que atraviesa un conflicto afectivo con su esposa y lo sobrelleva gracias al alcohol y las putas. Una vez más, un papel hecho a su medida.
No es tan feliz su participación en “Down the Shore” (2011), de Harold Guskin —en realidad nada es feliz en esa película—, en la que hacía de un solitario trabajador de un parque de diversiones en decadencia. Suena como si al propio Tony Soprano, en una decisión completamente desacertada, le hubiesen asignado la custodia de una calesita y con cara aburrida tuviese que ver pasar los caballitos que suben y bajan al compás de la musiquita.
La sangre italiana que fluía por sus venas hacía natural ese acento que tenía y que muchos actores imitan cuando deben hacer de matones italonorteamericanos. Y amaba las comedias berretas; cuanto más berretas, mucho mejor, decía.
Se había fogueado en obras de teatro como “Un tranvía llamado Deseo” antes de acceder a la pantalla grande, donde empezó a sonar gracias a “Un romance peligroso” (1993), de Tony Scott. Entre todos los pequeños papeles de este imponente gordo, el más destacado tal vez sea el de marido paranoico en “El hombre que nunca estuvo” (2001), de Joel Coen. Gandolfini en camiseta y sentado a la mesa, toda una postal.
También dicen que conoció la noche como patovica o barman o dueño de un bar o simplemente como un bebedor, todas variantes gandolfianas. Imaginen ese cuerpito que impone autoridad (“Soy un neurótico, un Woody Allen de más de cien quilos”, dijo de sí mismo) con unas copas encima. Es para salir rajando.
Era oriundo de Nueva Jersey y conocía los extrarradios feos de la ciudad, con sus grandes depósitos, fábricas y terrenos abandonados donde crece el pasto por entre las grietas que dejan los viejos edificios. Todo ese bagaje, toda esa sapiencia de barrio la aprovechó para interpretar al mafioso y padre de familia que abre la puerta de su auto mientras suena “Woke up this morning”, de Alabama 3, en la presentación de “Los Soprano”.
Precisamente en el capítulo inicial de esta serie hay una resolución memorable. Tony se encuentra en el jardín de su casa fumando un puro y observa con placer cómo los patos se bañan en la piscina. Es la mirada risueña de un hombre orgulloso de su estatus, de sus propiedades y de algún tiempo robado al trabajo para disfrutarlas, como el que tiene en ese momento. Pero sobreviene lo impensado. Su rostro tiembla, el puro cae de sus labios y se desploma: un ataque al corazón.
Ese cierre (que en “Los Soprano” era en realidad un comienzo) es el que tuvo otra figura del delito como Don Corleone en “El Padrino” (1972), de Francis Ford Coppola, cuando jugaba a asustar a su nieto entre los tomates de la quinta y un infarto lo sorprendió. Por alguna razón, el cine quiere que los mafiosos mueran apaciblemente.
El corazón de Gandolfini se detuvo en Roma, la ciudad papal, el centro del mundo. Tenía 51 años.