Hay un compañero del semanario, muy activo en las redes, que cada tanto padece broncoespasmo. En estos días estaba en su apartamento del décimo piso guardando reposo con su laptop y su ventolín a mano, cuando un humo espeso comenzó a subir por el foso del ascensor o por el ducto —siempre hay algo que hace subir las cosas y también algo que hace bajarlas. La primera señal de alarma fueron ciertos sonidos graves y movimientos bruscos, un runrún sordo que comenzó a crecer, una inquietud de tipo hormiguero en peligro. Luego, un vecino gritó claramente ¡fuego! y desató el contagio de otros gritos de pánico y alaridos que clamaban por los bomberos. Al parecer, una vieja psiquiátrica del primer piso (así la definió mi compañero), que vestía una campera de nailon, tropezó con su perro mujiquista y cayó sobre la estufa a gas. Los bomberos llegaron a tiempo para contener el fuego y evitar que se expandiera por el resto del edificio. Imaginemos a la señora convertida en una tea humana, dando vueltas por el piso más allá de su edad y de su salud, y al perro haciendo lo mismo, porque la desesperación es capaz de sacar fuerzas de lugares insospechados. No hubo ninguna víctima que lamentar pero fue imposible contener el humo, por lo que mi compañero con broncoespasmo debió ser desalojado del décimo piso y terminó, como medida de precaución, en una ambulancia, desde donde me llamó para contarme lo ocurrido, seguramente envuelto en una frazada, junto a dos enfermeros, mientras enfrente suyo la vieja psiquiátrica, con la campera chamuscada y restos blancos de un matafuego en el pelo, tenía la vista clavada en el piso y temblaba a la espera de que el sedante que le habían suministrado hiciera su efecto.
