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    Instituciones y prácticas políticas

    Sr. Director:

    Carlos Pareja fue, y sigue siendo, uno de mis profesores favoritos. Discutimos casi a los gritos el día que lo conocí, en 1991, en el viejo Instituto de Ciencia Política. En ese entonces, yo trabajaba como cajero en el Banco Hipotecario, lamía mis heridas de los años de militancia leyendo a José Enrique Rodó y Carlos Vaz Ferreira y estudiaba Ciencia Política. Más de tres décadas después, por suerte, seguimos discutiendo. Tenemos tanta pasión por los temas políticos como en los años 90, pero ninguno grita. Lo hacemos, cada día, con más cariño y respeto por el otro. Es por eso mismo, por cariño y respeto por él, pero también porque nos faltan en Uruguay conversaciones respetuosas y debates serenos, que no puedo dejar de responder a su agudísimo comentario a mi columna de hace dos semanas atrás.

    Carlos Pareja afirma que, en mi interpretación, que vincula causalmente las “apuestas a la polarización” con la reforma electoral de 1996, hay muchos “equívocos” y “malentendidos”. Puede ser. Me dolería mucho que así fuera, porque me considero un buen lector. Debo decir que, a Martín Peixoto, una de las personas que conoce el pensamiento de Carlos bastante mejor que yo, también le llamó la atención el énfasis que pone en su libro en la última reforma electoral. En su excelente prólogo escribió: “Este libro advierte que la crisis de la democracia también llama a nuestra puerta. El momento clave que señala Carlos Pareja es la inflexión plebiscitaria que se produjo en Uruguay en los años 90 del siglo pasado. En estas páginas somete a examen la solvencia de los argumentos utilizados en favor del balotaje, y analiza los efectos de la pendiente plebiscitaria que se inició en esos años (…)”. La reforma del 96, sus causas y consecuencias, es uno de los ejes centrales de una obra en la que se abordan múltiples aspectos de lo que Carlos suele denominar la “sintaxis” y la “semántica” de la política uruguaya.

    De todos modos, con la honestidad espectacular que sus estudiantes y amigos le conocemos tan bien, Pareja asume que él también podría ser responsable de mis “equívocos” interpretativos. Francamente, es lo de menos. Es posible que, como en cualquier otra conversación, él no haya sido tan claro como hubiera sido deseable y que yo no haya sido capaz de descifrar correctamente el fondo de su argumento. No importa. Lo que realmente nos interesa, a él, a mí, a todos los que estamos preocupados por la pendiente por la que se desliza el clima político de este país, es el debate de fondo sobre lo que Pareja define perfectamente como las “apuestas a la polarización del sistema político uruguayo”.

    ¿En qué estamos de acuerdo y en qué no con Pareja? No puedo hacer una lista completa. Pero quiero mencionar algunas de nuestras numerosas coincidencias. Estamos de acuerdo en que, en todos lados, la democracia está en problemas. Estamos de acuerdo en que Uruguay no está a salvo de los problemas globales. Estamos de acuerdo en que, en nuestra polis, hay “apuestas a la polarización” potencialmente muy dañinas. Estamos de acuerdo en que no todo es malo. Estamos de acuerdo en que la democracia uruguaya tiene algunas tradiciones espléndidas. Estamos de acuerdo en el elogio al pluralismo (dicho en criollo, en la importancia de dispersar el poder político). Estamos de acuerdo en que los partidos tienen derecho a modificar sus posiciones tradicionales (en materia de instituciones y de políticas públicas) siempre y cuando tengan el coraje de argumentar frente a la ciudadanía sus razones para cambiar. Estamos de acuerdo en que algunos dispositivos institucionales incorporados a la Constitución en el contexto de la década del 60, como el Mecanismo de Urgente Consideración, deben ser examinados y, eventualmente, eliminados.

    Párrafo aparte merece el acuerdo más importante de todos. Dice brillantemente Pareja en su carta al director: “Todo indica que los dirigentes de nuestros principales partidos hace tiempo que han renunciado a la disposición de convencer y ser convencidos, que encaran sus interlocuciones recíprocas como otras tantas oportunidades de fortalecer sus posiciones previas y que no consideran necesario esforzarse por ampliar sus horizontes de modo de tener en cuenta y acoger en parte algunos de los temores y de las desconfianzas que genera su propia prédica”. No puedo estar más de acuerdo. Tampoco podría decirlo mejor. Los partidos parecen no poder “procesar rendidoramente discrepancias sustantivas, de modo que las partes involucradas reformulen sus diagnósticos y sus propuestas alternativas a la luz de intercambios públicos entre quienes se alinean en convocatorias ideológicas diferentes”. Otra vez, dicho en criollo: no tenemos deliberaciones genuinas, diálogos inteligentes, reconocimientos mutuos. Vamos camino a un mundo de tribus enfrentadas a pedradas, cada una en su trinchera, cocinándose en su propia salsa, reforzando sus identidades sin reparar en los riesgos. Hace muy bien Carlos en criticar esta dinámica cavernícola. Su reclamo de deliberaciones honestas, hoy, parece utópico. Pero no podemos renunciar a ese horizonte. Y la única manera de avanzar hacia él es evitando naturalizar las prácticas actuales. Remito a los lectores a un texto breve que publiqué recientemente en la colección Diálogo Político de la fundación Konrad Adenauer titulado Construir la utopía democrática (disponible en: https://dialogopolitico.org/documentos/dp-enfoque/utopia-democratica/).

    ¿En qué no estamos de acuerdo? Temo hacer sufrir a Pareja con lo que voy a escribir a continuación. No estamos de acuerdo en, al menos, tres cosas. Primero: Pareja piensa que el presidencialismo es una apuesta atávica. Yo creo que, como cualquier otro diseño institucional, tiene virtudes y defectos. Segundo: Pareja sostiene que la reforma del 66 fue una apuesta institucional equivocada. Yo creo que esa reforma se hizo cargo razonablemente bien de los problemas de su época. Tercero: Pareja piensa que la reforma electoral del 96 agravó los errores anteriores. Yo creo que la opción de los reformistas por la “simplificación” de las opciones políticas era razonable y necesaria. Tengo claro que estos argumentos me acercan a la tradición de pensamiento político que él se esfuerza en criticar. Yo creo, como él, en la importancia del pluralismo. Pero creo que la historia de la democracia es la de una constante búsqueda de equilibrio entre dispersión del poder (en nombre de la libertad) y concentración del poder (en nombre de la gobernabilidad). Uruguay ha sido un laboratorio espectacular. Como las demás nuevas repúblicas, después de las guerras de independencia, en 1830 adoptamos y adaptamos el modelo presidencialista norteamericano. En 1918 dispersamos el poder. En 1934 lo volvimos a concentrar. En 1942, pero mucho más radicalmente en 1952, lo volvimos a dispersar. En 1966, tocó mover la perilla en la dirección contraria. Donde él encuentra una tradición saludable y otra perniciosa, yo veo dos tradiciones políticas complementarias.

    Las instituciones importan. Pero no condicionan las prácticas. En esto estamos de acuerdo. Desde mi punto de vista, un sistema presidencialista, con balotaje incluido, podría funcionar sin polarización, con diálogos inteligentes y reconocimientos mutuos entre los partidos. Depende de los líderes de los partidos y del grado de civilización política de la ciudadanía. Un sistema parlamentarista y multipartidista, como los que prefiere Carlos, puede ser un fracaso absoluto. Depende exactamente de los mismos factores. Un buen sistema político, cualquiera sea su diseño institucional, es el que logra aprender a partir de sus propias prácticas. En todo caso, es tiempo de discutir a fondo qué es lo que hacemos en materia política y cuáles son sus fundamentos morales. En esto estamos absolutamente de acuerdo con Carlos Pareja, admirado profesor.

    Adolfo Garcé

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