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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDemonización a Irma; coherencia y cambio. Respeto a Irma Leites porque no la veo llevando una agenda oculta, o sea, teniendo otros motivos más que los que pregona. Desprecia y fustiga al Frente Amplio y en particular a los tupamaros que ella integró, por no estar dispuestos a cumplir la consigna de verdad y justicia. No voy a abundar en un asunto que ya es de todos conocido, pero esa consigna nunca fue de la dirigencia tupamara; lo dejaron bien en claro desde el primer día que salieron en libertad. Lo escuché clarísimo de Julio Marenales cuando junto a otros dirigentes del momento (recuerdo a Manera, Quartino y Gallinares, entre otros) visitaron la sede del Serpaj a expresarnos la gratitud de su movimiento por nuestras campañas por la amnistía. Marenales en ese momento, ante la insistencia nuestra de que presentaran denuncias judiciales por lo vivido, dijo que había habido una guerra y que cada cual hizo lo suyo, que ellos perdieron y tuvieron que aguantar lo que se vino, que habían resistido todo tipo de torturas como lo hubiera hecho cualquier animal para sobrevivir.
Recuerdo que un ex preso que no militó a posteriori de su liberación decía que no hacía denuncia alguna porque él no era un “batidor”. Se dirá que es una anécdota aislada. Sin embargo, pienso que muchos guerrilleros no pueden abjurar explícitamente de su pasado. Aunque el camino de los hechos los llevó a tomar otra dirección como la lucha legal dentro del sistema republicano representativo, no pueden criticar ni recordar su actuación anterior. Sin embargo, sí critican la teoría de los dos demonios que endilgan a Sanguinetti. Yo no equiparo a guerrilleros y Fuerzas Armadas, porque unos fueron bandas de civiles armados que atentaron contra las leyes y los otros una institución del Estado a la que la sociedad les da las armas para que la proteja de la agresión exterior primariamente y no para convertirse en un grupo terrorista que se adueña del poder como un auténtico ejército de ocupación. Por eso, y no por la cantidad de crímenes cometidos, la responsabilidad política y legal de las FFAA es imbatible. Pero también los guerrilleros cometieron una serie de delitos, violaron los derechos humanos al cometer homicidios, secuestros, etc., y fueron la mejor excusa para que los gobiernos civiles autoritarios de Pacheco y Bordaberry arrasaran masivamente las libertades de la ciudadanía no beligerante, asfixiando y acorralando toda posibilidad efectiva de evitar el golpe de Estado de los militares y su dictadura, con la que se profundizó el pisoteo de los derechos humanos no sólo ni preferencialmente a rebeldes armados.
Los tupamaros, el 14 de abril de 1972, le declararon la guerra al Estado y así les fue, pero la inmensa mayoría de la población quedó entre dos fuegos. La gente creía en las vías tradicionales, constitucionales y pacíficas de dirimir los conflictos. Las innegables expresiones de violencia popular ocurridas en los años ‘60 hasta la huelga general y la movilización del 9 de julio, fueron casi por regla general de carácter masivo y defensivo. La oposición popular gestada contra el autoritarismo de Pacheco y su gobierno permanente de medidas prontas de seguridad se manifestaba en los partidos políticos. En la izquierda estaba con el Frente Amplio, y se expresaba con los sindicatos y otras organizaciones legales, repudiaban a Bordaberry y a los “escuadrones de la muerte” que no sólo mataban tupamaros sino que atentaban contra locales, domicilios y propiedades de militantes frenteamplistas. Mientras el Frente Amplio disputaba electoralmente el gobierno, el MLN proclamaba una acotada tregua de la que salió para lanzarse a la conquista del poder de los que los sangrientos sucesos del 14/4 eran el primer gran paso. Todo eso revela no sólo un gravísimo error de cálculo militar, que sin excepción reconocen, sino un más grave error político de intentar una insurrección armada ante un gobierno electo, lo que es también una responsabilidad ética. Arremeter con las armas contra la voluntad de la mayoría no es algo de lo que los dirigentes guerrilleros se hayan arrepentido clara ni satisfactoriamente aún.
Los tupamaros desde el año ’70, a la vez que aumentaban la escalada de violencia, venían constituyéndose como un poder insurrecto paralelo: “el pueblo tiene sus cárceles”, “el pueblo tiene su justicia”, etc. Por eso ellos se reconocen como el bando opuesto a los militares, ellos fueron los militares “revolucionarios” que perdieron la guerra pero que pueden y siguen entendiéndose con sus vencedores del momento. No quieren juzgar las violaciones de los derechos humanos porque las reconocen como una consecuencia inevitable de sus acciones pasadas. Asimismo, esperan que con el paso del tiempo se mueran los protagonistas de los hechos como si las generaciones futuras pudieran arreglarse con la herencia de sus antecesores pusilánimes morales incapaces de reconocer sus errores y responsabilidades.
Pero mucho más respeto a Irma Leites, que es mujer, que es de origen humilde y no fue dirigente del MLN, porque ejerce la libertad y el coraje de evadirse de todo ese entramado de compromisos (que como los de Sanguinetti primero y Wilson después, no precisaron ser explícitamente conversados, porque lo que es mucho peor, la estrategia estaba instalada en la mente de los protagonistas como la única vía posible de acceder y mantenerse en el poder frente a los profesionales de la guerra). Pero Irma Leites no acepta eso y lo denuncia sistemáticamente y no la veo llevar agua para el molino de ningún partido ni conformar una organización que aspire a actuar globalmente en el mundo de la política, que habla y actúa en contadas ocasiones.
Admiro que tenga el coraje de salir a denunciar desafiando la oposición de la totalidad de los dirigentes de su antigua organización, que ahora están en el poder y lo usan para reprimir a su modesto y minúsculo grupo. Su coherencia la admiro porque coincido con su razonamiento: a las violaciones a los derechos humanos no hay que usarlas para ganar votos presentándose como el partido de las víctimas sino que hay que hacer justicia, investigar y penar a los delincuentes.
Coincido con esa visión y añado unas precisiones. 1) Las víctimas son sólo eso, no importan sus ideas ni sus móviles, si es que los tuvieron. El sufrimiento no convierte a nadie en héroe. La justicia no se merece por el valor de un ideal o una actitud de vida; las garantías las merece hasta la más inmoral de las personas. El reclamo de justicia no es un asunto meramente privado. Mal estaríamos en una sociedad donde sólo pidieran el amparo de los derechos los vinculados biológicamente o ideológicamente a los agredidos. 2) Hay víctimas y víctimas, sufrimientos y sufrimientos. Es legítimo el reclamo de los familiares de los desaparecidos como urgente la producción de una respuesta. Pero sin olvidar que hubo muchas otras víctimas del terrorismo de Estado a los que se les cometió delitos gravísimos de los que se habla poco y se acepta tácitamente. A mi juicio esa impunidad en sus varias formas dejó una huella de desprecio por la vida que se mantiene y se manifiesta en lo que ha sucedido desde el COMCAR hasta el INAU.
Pero aún más, las violaciones a los derechos humanos las sufrieron todos los uruguayos que estuvieron sometidos al autoritarismo de la dictadura cívico-militar, sea por vivir con miedo, amordazados, en aislamiento, controlados, censurados, destituidos, con sus ingresos deprimidos, carentes de las mínimas libertades ni esperanzas, obligados algunos a irse del país. Y también los que vivieron en la ignorancia de todas esas cosas. Es obvio que estas situaciones, por más que se quieran olvidar (la “memoria” no sólo es la “memoria de la represión”) dejaron huellas profundas. Vale decir, hubo muchísimas víctimas, o sea, todos los que no se favorecieron de lo que pasó en aquellos tiempos.
No estaría de acuerdo con Irma Leites y su grupo con la práctica y/o la justificación de la violencia. Creo que se debe exprimir la creatividad y la voluntad para producir respuestas que eludan el camino de la agresión al otro cuando se quiere obtener justicia para una causa propia. La víctima no debe empecinarse en ser víctima y debe buscar liberarse realmente. Si su respuesta es violenta, aunque podrá ser comprensible en la desesperación, sólo profundizará su sufrimiento, no obtendrá reparación alguna y además de esparcir el sufrimiento en inocentes, provocará el aislamiento de su causa y la descalificación de su reclamo. Las leyes injustas hay que denunciarlas pero acatarlas mientras no se logre cambiarlas por la voluntad de la mayoría.
No pensábamos así en los ’60 y ‘70, no sabíamos que esos polvos iban a traer estos lodos. Se decía que lo peor iba a ser lo mejor porque había que arrancar la careta de la legalidad burguesa. Ideas dichas sin prever, con una súbita dosis de idealismo juvenil, lo que iba a pasar. Lo peor fue realmente horrible, mucho peor y doloroso. Y esas cosas sucedieron, no sólo ni tanto por el maligno poder de las FFAA, la oligarquía y el imperio yanqui, sino porque la mayoría de la población, asqueada de la violencia, se escandalizó por los secuestros y homicidios guerrilleros y se insensibilizó, cerró los ojos y oídos a los masivos delitos que cometían los terroristas del Estado.
Seamos desleales a la tradición de violencia. No tengo ninguna nostalgia sesentista, miro la Historia y trato de aprender lecciones de lo vivido. No quisiera volver a tirar piedras a nadie, preferiría otros métodos y sólo estaría dispuesto a hacerlo en caso de extrema necesidad, en una suerte de intifada que espero nunca precisemos aquí. Martin Luther King dijo que prefería ser violento antes que ser cobarde. No lo fue pero murió asesinado por ser valiente en denunciar pacíficamente la injusticia. Marx había dicho que la violencia era la partera de la Historia, pensaba en un tipo de cambios, pero los cambios que precisamos hoy nos obligan a evitar una violencia que también ha sido, y si la dejamos será, la sepulturera de la Historia.
Por otra parte, no reniego un ápice de los cambios que anhelaba en mis años de adolescencia, sólo que creo que ahora los comprendo mejor y los amplío. Sigo queriendo el socialismo, sólo que a la socialización de la riqueza le sumo una demanda por la socialización del poder. Creo que la libertad debe ser para todos, no para una minoría ni tampoco para una mayoría ya que después de lo vivido abomino de cualquier dictadura, aún la del proletariado. Creo que en las grandes encrucijadas las mayorías deben decidir los rumbos colectivos en plebiscitos (lo digo no habiendo ganado en todos los que participé) y no limitarse a votar cada cinco años. Pienso que el derecho a tener algo sólo debe ser limitado por las necesidades de los que tienen poco o nada. Que hay que mirar por nuevas generaciones de derechos como la diversidad sexual, la igualdad de género, la justicia ambiental, el derecho de los animales, la protección del patrimonio cultural y otras cosas que no me pasaban por la cabeza o que en todo caso, con enfoque marxista ortodoxo, creía que primero eran la reforma agraria, el poder obrero de las fábricas y la nacionalización de la banca.
Hoy creo que hay que hacer muchas más cosas de las que me imaginaba cuando empecé a militar. Amplié el programa, le quité las prioridades. Al contrario que antes, creo que para que la propiedad privada deje de serlo no se necesitan mayores niveles de violencia armada contra otros sino una violencia contra uno mismo. Debo entrenarme para desprenderme de lo que no necesito para llevar una vida digna y si puedo donárselo a otro. Estar dispuesto a buscar soluciones para la vida material que pasen por lo cooperativo y solidario, si es posible. Educarme y si logro vivir todo esto trasmitir las experiencias, dudas, dificultades que vayan surgiendo. Siempre con autenticidad, sin predicar cómo deben vivir los otros ni mucho menos condenar estilos de vida que no dañan a otros. Sólo tratando de aproximarse a aquello de que uno solo no puede cambiar el mundo, pero si quiere puede cambiar aquella microscópica parte del mundo que es su propia vida. De ese pequeño pero sólido escalón se podrá saltar a la construcción de sistemas colectivos, pero si no empezamos por cada uno será una casa sin cimientos. Podría decir que es un “socialismo utópico”. Eso lleva mucho tiempo, van quedando muertos por el camino de la Historia los que lo intentan y son pocos los resultados que se ven. Pero es, a mi juicio, la única vía segura.
Son admirables la coherencia y la firmeza de idea y acción a través de los años si derivan de un dialogado análisis de la realidad (formada por gente de carne y sangre, no olvidarse). Como dice la vieja canción, “cambia, todo cambia”. Por eso celebro la capacidad humana de evolucionar y deshacerse de viejas ideas si vemos que no mejoran los problemas que sufrimos y lamentamos. El cambio personal es positivo cuando a la vez se mantienen los mejores ideales.
Francisco Bustamante
CI 1.250.014-1