Sr. Director:
Sr. Director:
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Como del rayo” —dijera Miguel Hernández— se fue el Guapo Larrañaga, una lluviosa y desolada tarde otoñal.
Muchísimas y muy merecidas notas y panegíricos se han conocido, desde entonces, en su alabanza.
Los líderes de todos los partidos y sectores políticos, con sus voces transidas de emoción, emitieron conmovedores elogios a un hombre que concitó una tan insólita como justa unanimidad, en su hora postrera.
Es por eso que preferimos hoy que nuestro elogio a Jorge se apoye en episodios menores, en anécdotas acaso fútiles, en situaciones meramente cotidianas que, sin embargo, también hacen a la grandeza de este caudillo innato, político de raza y gladiador inclaudicable, en el que convivían un recio adalid de la institucionalidad democrático republicana y un perpetuo muchacho del interior, tierno y juguetón.
Todos quienes tratamos a Jorge con algún grado de proximidad, sabemos que gustaba de fintear como un boxeador y que, más de una vez, para saludarnos jugando, nos lanzaba algún jab de izquierda o algún cross de derecha que, de llegar a destino –dada su robusta humanidad– es factible que nos hubiese derribado por toda la cuenta. Así era de juguetón. Y no me refiero solo a sus años mozos, sino también cuando era ya un señor senador que había logrado, como candidato a presidente de la República, la mejor votación que obtuvo su amado Partido Nacional en sus ciento sesenta y pico de años.
Mucho antes de su histórica elección del 2004, en 1983, con la dictadura en plena declinación después de haber perdido el plebiscito del 80, cuando el pueblo uruguayo pronunció el No más afirmativo de la historia nacional, al genio de Jorge Batlle se le ocurrió hacer un acto público, pluripartidario, bajo la consigna “Todos juntos por libertad, trabajo y democracia”, como prólogo al acto electoral que se realizaría un año después.
Contra todo pronóstico, los jefes cívico militares autorizaron la realización del acto, que tuvo lugar el 27 de noviembre, justo un año antes de las proyectadas elecciones nacionales, en la ancha Avda. Morquio, al pie del Obelisco a los Constituyentes de 1830. Fue el acto de masas más multitudinario de que se tenga memoria en el país, lo cual le valió ser recordado como el Río de Libertad. Otro inolvidable recientemente desaparecido, el Oso Aguirre, redactó la histórica proclama en colaboración con el Dr. Enrique Tarigo (curiosamente ambos electos después vicepresidentes de la República en sucesivos gobiernos) que fue declamada por el primer actor de la Comedia Nacional, Alberto Candeau, en forma magistral.
Simultáneamente, en varios departamentos del interior, se realizaban actos similares y se daba lectura, por parte de personalidades locales, a la proclama redactada por Aguirre y Tarigo.
En Paysandú la leyó un joven de 27 años que hacía sus primeras armas en política, después del largo eclipse de la dictadura.
“Nunca en la vida me temblaron tanto las rodillas” ?nos confesó años después el Guapo, cuando nos acompañó en un acto de la Unión Cívica en nuestra sede de la calle Maldonado. “Creí que no iba a poder terminar la lectura” ?agregó.
Pero vaya que sí pudo, vaya si recibió ovaciones y aplausos por aquel acto, que resultó la cinta de largada de su carrera política, siguiendo una vocación que desarrolló desde muy niño. Fue larga y proficua su trayectoria, llena de glorias y sinsabores, como toda trayectoria que valga la pena, con éxitos y fracasos a los que el Guapo trató, como proponía Kipling, como a dos impostores.
Otra anécdota nos contó aquella tardecita el Guapo Larrañaga.
“Siendo yo un muchacho, allá en Paysandú, durante la dictadura, nos reuníamos, algunas noches, en casa de un profesional amigo, un grupo de correligionarios de todos los partidos a conspirar”.
Una de las voces cantantes era la de un caudillo cívico, de enorme predicamento en Paysandú, lamentablemente ya desaparecido: el Cr. Víctor Thomasset.
Thomasset era de esos referentes ineludibles en una ciudad todavía con rasgos de pueblo en la que todos nos conocíamos. Integraba todas las comisiones profomento, todas las instituciones filantrópicas, los clubes deportivos, las asociaciones de profesionales, en fin, un hombre querido por todos, de una actividad permanente en beneficio de la colectividad.
Las autoridades policiales sabían para qué y dónde nos reuníamos y siempre nos estacionaban una camioneta (“chanchita”), con vidrios ahumados y varios policías dentro, supongo que para intimidarnos y para que sintiésemos que estábamos vigilados.
Por cierto, eso no intimidaba para nada al Cr. Thomasset, cuyo coraje era a toda prueba.
Cuando terminábamos las reuniones y salíamos, Thomasset se acercaba a la “chanchita” y golpeaba los vidrios para que los bajaran. Los policías, que en general eran también unos muchachos, bajaban los cristales ahumados bastante desconcertados. Entonces Thomasset les decía: “Quería que me vieran bien, que identifiquen bien mi rostro y que recuerden que participé de esta reunión. Recuérdenlo bien: yo, el Cr. Thomasset, participé de esta reunión”.
A los más jóvenes nos temblaban las piernas ante esa audacia del veterano caudillo. A los policías creo que también”?culminó la anécdota el Guapo.
En fin… una cosa es el tamaño y otra cosa es la grandeza. Y creo que en estas pequeñas anécdotas se vislumbra la grandeza del Guapo. Sobre todo para que lo tengan en cuenta los más jóvenes. Ser guapo, como lo fue Jorge Larrañaga, no es no tener temor. Es saber sobreponerse al mismo. Es levantarse cada vez que uno cae. Y como dijo muy emocionado el presidente de la República, “Jorge se cayó muchas veces; y se levantó más”.
Un último apunte. Después de perder la última elección interna dio la impresión, hasta para él mismo, que se retiró a su chacra y juró “no volver a subir las escaleras de la casona del Partido Nacional”, de que su carrera política había concluido. Sin embargo, poco tiempo después volvió al ruedo y con la generosidad y entrega de siempre, respaldó la campaña de quien lo había vencido en buena ley. Resurgió una vez más, creó y desarrolló la campaña “Vivir sin miedo” que fue refrendada por casi la mitad del país y asumió con enorme coraje, sin medir riesgos, la conducción de la lucha contra el delito y el narcotráfico desde el Ministerio del Interior.
En efecto, ahora su carrera ha concluido en este plano terrenal. Pero de no haber fallecido este triste 22 de mayo ¿quién podría asegurar que en el 2024 no estaría el Guapo en las gateras, con todo su brío intacto, dispuesto a largar en pos de la candidatura presidencial? ¿Y quién osaría decir ahora, dada la unanimidad consagratoria que suscitó su Pascua, que no hubiese sido el mejor candidato de todos?
Descansa en Paz, Guapo. Te lo mereces.
Álvaro Secondo Escandell
CI 1.174.509-9