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    Jorge Páez Vilaró

    Sr. Director:

    Jorge Paéz Vilaró, un genio sonriente que cumpliría cien años, fue mi vecino.

    En el año 56 mis padres terminaron de construir la casa de la calle Pereira y nos mudamos a ella. Pocitos era distinto entonces. En aquel tiempo casi todas las edificaciones eran residencias unifamiliares. En varias manzanas a la redonda había, quizá, solo cuatro o cinco edificios de apartamentos bajo el régimen de propiedad horizontal, los que, años después, colonizarían todo el barrio. Pegado a casa se alzaba uno de esos pocos edificios anteriores a los 50. Era un edificio de arquitectura clásica, de dimensiones nobles, con un portal de doble hoja, de robusta carpintería y herrajes de bronce, con una arcada de medio punto, por el que se accedía a un hall de dos niveles, con grandes espejos y piso de monolítico blanco, al fondo del cual estaba el ascensor. Allí vivían Jorge Páez Vilaró y familia.

    Ahora nadie conoce a sus vecinos. Yo puedo recordar a las familias de cada piso de ese edificio así como a la gran mayoría de los vecinos de las manzanas circundantes de aquel entonces.

    Los Páez vivían en el segundo piso. Eran seis. El matrimonio, tres hijos (dos chicas y Jorgito en medio de ambas ) y la abuela, una señora mayor, muy devota, que todas las tardes recitaba el rosario como una letanía que resonaba tenuemente en todo el apartamento.

    Jorgito tenía exactamente mi edad y pronto nos hicimos muy amigos.

    Jorge y María Noel, sus padres, me incluyeron en los paseos familiares. Varias veces fuimos, por ejemplo, a ver la obra de una gran casa que estaban construyendo en Carrasco para la familia.

    Íbamos por la rambla en un Renault Floride sport, flamante, de dos puertas y líneas muy esbeltas, que llamaba mucho la atención porque era, acaso, la primera unidad de ese modelo que circuló por las calles montevideanas. Jorge lo manejaba a velocidades que, en aquel entonces, parecían de vértigo, pero lo hacía con total seguridad y aplomo, mientras conversaba en inglés con María Noel.

    Nunca lo vi pintando en su casa a Páez, a pesar de que los visitaba a diario. Seguramente tendría su atelier en otro lugar. Sí, en cambio, a menudo, tomaba un lápiz de grafo blando o un drypen y en dos o tres trazos creaba, sobre un papel cualquiera y a propósito de nada, unas caricaturas fantásticas. Yo quedaba absorto. ¿Cómo con unas pocas líneas trazadas a toda velocidad, sin detenerse ni a pensar, podía expresar tantas cosas? ¿Cómo podía retratarnos a nosotros jugando, caricaturizados pero totalmente identificables, con unas líneas apresuradas que parecían cobrar vida?

    Era un hombre simpatiquísimo y risueño que nos prestaba atención a los niños y que parecía interesarse por nuestras opiniones e intuición estética, todavía ingenuas e incontaminadas de las tantísimas influencias que nos infectarían después.

    Las paredes del living estaban casi totalmente cubiertas por sus cuadros. Con frecuencia él los cambiaba de lugar o sustituía por otros. Pero no solo las paredes. También había cuadros y telas sin enmarcar, en sus bastidores, apoyadas en el piso o sobre algún mueble o, si no recuerdo mal, en algún caballete. De modo que el living tenía el aspecto de una  galería de arte o de una sala de exposiciones. Sus cuadros eran, en general,  de importantes dimensiones y de paleta alta, figurativos y abstractos, alegres, desenfadados, como era él mismo.

    Un día me tomó de la mano y me condujo al living. Paseamos alrededor mirando detalladamente todos los cuadros. Cuando estuvo seguro de que mi vista se había posado en todos, me lanzó la pregunta:

    - Y bien… ¿qué cuadro te gusta más?

    Yo no lo dudé un instante. Inflé mi pecho de todo el orgullo que te cabe a los ocho años y exclamé casi gritando:

    - ¡Peñarol!

    Después de un instante, Páez estalló en una carcajada. Le hizo muchísima gracia, pero tengo para mí que, desde entonces, dejó de confiar en la intuición estética de los niños.

    Un tiempo después terminaron su casa de Carrasco y se mudaron.

    No los vi más.

    Supe, a la distancia, algunos datos de la vida de Jorgito, así como también supe, con tristeza, de la muerte de Jorge y la de María Noel, años después.

    Conservo un plato de postre en el que, con trazos muy sueltos, a drypen, Jorge dibujó y me dedicó un autorretrato en el que se representó con alas de angelito conduciendo una cachila.

    Repasar su vida y su obra, tal como hace la fantástica exposición del Museo Nacional de Artes Visuales, Otro expresionismo, conmemorando el centenario de su nacimiento, es asomarse a un universo inagotable, desbordante de gracia y color. Fue uno de los plásticos más destacados del continente de la segunda mitad del siglo XX. Estuvo en contacto personal con los principales creativos del mundo. Recibió todos los premios y reconocimientos posibles (más en el extranjero que en casa, como suele ocurrir). Ocupó cargos de una relevancia cultural elevadísima. Fue un viajero inagotable que supo extraer de cada milla enseñanzas infinitas. Decía de sí mismo que era un autodidacta antisolemne, lo cual le permitió eludir siempre el bostezo de la trascendencia…

    Para mí fue un vecino entrañable y afectuoso que, hasta cierto día, confió en la intuición estética de los niños.

    Estoy seguro de que está en el Cielo de las artes, riéndose de su fama póstuma, con alas de ángel y conduciendo una forchela por el interior de un caleidoscopio, a la velocidad de locos con que conducía el Renault Floride.

    Su genio juguetón y desenfadado se puede apreciar maravillosamente en la exposición del Museo Nacional de Artes Visuales del Parque Rodó. ¡Imperdible!

    Alvaro Secondo Escandell

    CI 1.174.509-9