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    José Buendía

    Hace unos días desempolvé un texto olvidado en un rincón del disco duro. Trata sobre José Buendía, que no es un personaje de Cien años de soledad, alguien inventado por la mente del escritor, sino que una persona de carne y hueso.

    José Buendía, asegura Manuel de Mendiburu en su mastodóntico Diccionario histórico-biográfico del Perú, era un jesuita de Lima “de familia distinguida”. Nacido en 1644, Buendía fue catedrático de filosofía en el colegio de San Pablo, luciéndose “notablemente” como literato, historiador y poeta.

    En 1693 apareció en Madrid una obra suya titulada Vida del venerable padre Francisco del Castillo. Anteriormente, había publicado Sudor y lágrimas de María Santísima en su santa imagen de la misericordia y también Oración fúnebre en honras de los soldados españoles difuntos. Luego vendría Parentación real al soberano nombre e inmortal memoria del católico Rey don Carlos II.

    Sostiene Mendiburu que dichas obras, “por su elegante estilo y abundancia de noticias históricas del Perú, bastan para formar concepto muy elevado de la capacidad e instrucción del autor”. Tenía pues el padre Buendía muy ricas dotes como orador sagrado, conociéndose magníficas oraciones suyas pronunciadas en diferentes funerales. No nos ha de extrañar que haya sido elegido para predicar ante virreyes.

    Pero como toda moneda, Buendía tenía su otro lado, desconocido si uno no ha tenido la suerte de acceder a los archivos de la Inquisición americana con sede en Lima.

    Gracias a este rico pero inexplorado archivo nos enteramos que acercándose a los 60 años, Buendía fue denunciado por una larga serie de hechos menos prestigiosos y santos. Una de las acusaciones provenía de una beata dominicana “de buena opinión” (es decir: de buen nombre), quien solía confesarse con él. Dentro del confesionario, e invocando su papel de padre espiritual de la mujer, el culto jesuita la había instigado a acostarse con él, asegurándole que si inmediatamente después se confesaba, “estaría guardada su honra”.

    Como la beata no aceptó la propuesta, el jesuita le aseguró que “era voluntad de Dios” que se acostase con él para que luego “tuviese motivos para llorar y ser como San Pedro”.

    Cuando la beata le recordó al sacerdote que había hecho votos de castidad, Buendía le preguntó quién se pensaba que era, si se creía que era Santa Teresa y si estaba segura de que Dios había aceptado sus votos de castidad. Después de todo, agregó, ¿qué importaba si “una beata salía por las calles con el vientre abultado”? Como la mujer se siguió oponiendo, el cura la acusó de soberbia.

    Mayor suerte tuvo don Buendía con unas religiosas carmelitas descalzas (y desnudas), que sí habían accedido a sus ruegos y deseos de diferente tenor: a veces se trataba de tener relaciones carnales dentro del confesionario, a veces bastaba con que las mujeres le mostrasen “sus partes naturales” por la rejilla del mismo. Una de ellas declaró que el cura Buendía estaba celoso de otros sacerdotes, lo que lo ponía de pésimo humor.

    Cuando Buendía compareció frente al Tribunal de la Inquisición con una serie de escritos en los que presentaba su defensa, los inquisidores, teniendo en cuenta que el sacerdote era una eminencia en Lima y amigo privado del virrey, decidieron lavarse las manos a lo Poncio Pilato y mandar el caso a España.

    Seis años más tarde (seis años más tarde...) el acta con las acusaciones en cuestión y las declaraciones del prelado fueron mandadas a Madrid. Mientras tanto, nuevos declarantes aportaron otros elementos a la causa. Algunos de ellos, sacerdotes, señalaron que Buendía era amigo de proferir “palabras malsonantes” en el púlpito. También habría hablado mal de varios curas ya fallecidos.

    El hecho concreto es que el 16 de noviembre de 1711, Buendía fue arrestado en la cárcel de la Inquisición limeña. Allí confesó y reconoció todos los delitos de los que había sido acusado “insistiendo especialmente en aquellos que habían mediado con monjas”.

    El 23 de marzo de 1712, a casi diez años de comenzada la causa, la Inquisición limeña resolvió que José Buendía, de 68 años, “quedase perpetuamente privado de confesar hombres y mujeres, suspendido de la predicación por dos años, con privación de voz activa y pasiva, y a que retractase en la parroquia de Santa Ana las proposiciones que le fueron calificadas”.

    Evidentemente, a Buendía le pareció que había salido bien parado del menjunje, pues aceptó todo sin protestar y accedió a presentarse en público para pedir perdón por sus innobles actos. Según el archivo, el hecho despertó gran interés en la ciudad y hubo “gran concurso de gente”. O sea: la iglesia estaba repleta.

    Desterrado a Huamanga, Buendía usó a algunos curanderos para inventar una excusa y quedarse en el camino. “Pero habiendo resultado sus excusas afectadas y supuestas, se le mandó seguir su jornada”.

    Los Arcadios y Aurelianos Buendía de García Márquez eran una copia descolorida de su antepasado en la vida real.