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Este fin de año hubo menos fuegos artificiales que en otras fiestas. Considerablemente menos. El Parque Batlle era un barrio deshabitado. A las doce y unos minutos salimos a la calle y había muy poca gente. El que estaba —siempre está— era mi vecino. Cuando nuestras familias entraron, después de los besos y los saludos, nos quedamos conversando a través de las rejas que separan nuestras casas. Inmediatamente nos pusimos de acuerdo en un punto: qué linda es la ciudad con menos gente, qué lindo es enero para caminar y para escuchar música, con las veredas despejadas y una buena proporción de silencio. Y en qué bichos nos hemos convertido: cuanto menos humanos haya en la vuelta, tanto mejor.
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Mi vecino se jubiló y lee todo lo que puede. Nuestro tema de Año Nuevo fue la literatura: Onetti, Faulkner, Bolaño y en especial James Joyce y las traducciones del Ulises. Entré a casa, fui a la biblioteca, tomé el Ulises y volví a salir. Los cohetes sonaban cada vez más aislados. Hablamos de ese libro que es todos los libros, para mi vecino lo más grande que hay, para mí un escollo, una lectura a mitad de camino; disfruto unas páginas y me entusiasmo, pero con la misma facilidad también me saturo y lo abandono. Él lo leyó de un tirón; yo avanzo a cuentagotas. Hablamos con el libro presente, que iba y venía entre nuestras manos, las rejas entremedio y los cohetes a lo lejos, espaciados, como si los festejos fuesen algo lejano no solo en el espacio sino también en el tiempo. A veces pasaba un grupo de alegres y entonados transeúntes haciendo chistes y descubría a dos señores hablando de Joyce, de Onetti, de Faulkner y de Bolaño. Si me pongo en la percepción de quien sale a festejar después de las doce, un panorama al menos extraño. Así podría empezar una novela: “Los cohetes de Año Nuevo eran cada vez más aislados y distantes cuando mi vecino, a través de las rejas que separan nuestras casas, me dijo: detesto a la gente…”