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    Jugando a ser Lío

    Director Periodístico de Búsqueda

    Nº 2205 - 22 al 28 de Diciembre de 2022

    Difícil no referirse a Argentina en estos días. Está en todos lados. En el lugar de trabajo, en los medios masivos, en las redes, en las despedidas de fin de año, siempre hay alguien que tiene algo para decir al respecto. Así es el fútbol, en especial una vez cada cuatro años, cuando se celebra el Mundial, y así también son muchos uruguayos, probablemente una mayoría. Les encanta hablar de lo ajeno, teorizar sobre todo y en especial construir adversarios en los lugares equivocados.

    Ya que ese es el tema y que muchos destinan su ira o envidia a los festejos de los vecinos por la obtención de su tercer campeonato mundial, como si la final se la hubieran ganado a la selección uruguaya, vale la pena detenerse en un aspecto vinculado con el fútbol, pero que puede tener una relación indirecta con algunos acontecimientos políticos locales.

    La gran figura del Mundial fue Lionel Messi, eso nadie lo duda. Fue un placer verlo jugar a lo largo de todo el torneo, al igual que al francés Kylian Mbappé. Ambos tienen características excepcionales y deslumbran como si fueran artistas arriba de un escenario. Hacen goles pero, mucho más importante que eso, habilitan a que los demás integrantes de sus equipos los hagan y son constructores del triunfo, minuto a minuto.

    Seguir a Messi durante todo un partido es una tarea muy esclarecedora. No solo por lo que hace sino por lo que genera en los otros. Siempre tiene alrededor de él a dos o tres rivales siguiéndole los pasos y cuando toma contacto con el balón pueden ser hasta cuatro o cinco. Eso significa que varios de sus compañeros de equipo quedan casi sin marca como para recibir y atacar con mucho más peligro. Casi igual de importante a lo que hace con la pelota es lo que provoca sin ella.

    Dicho esto, algunos jugadores políticos suelen recurrir a una estrategia similar. No porque sean sobresalientes en sus características como Messi, no se trata de figuras que estén muy por encima de la media. Es más, algunos de ellos ni siquiera tienen cualidades muy diferentes al resto, pero sí cuentan con la capacidad de distraer la atención. Arrastran las marcas, como ocurre con los grandes futbolistas, para que sus compañeros jueguen más cómodos y puedan terminar ganando el partido.

    Como con Messi, sus adversarios se obsesionan tanto con ellos que pierden de vista que lo que puede haber atrás sea una estrategia planificada y que con sus acciones focalizadas en una sola persona terminan siendo cómplices, sin darse cuenta, de su propia derrota.

    Haciendo un breve repaso de lo ocurrido con el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, durante los últimos meses, puede venir a cuento esa constatación futbolística. No porque Pereira tenga algo que ver con Messi o con algunos de los futbolistas de elite mundial que se lucieron las últimas semanas, pero sí por lo que está haciendo.

    Lo cierto es que Pereira era un dirigente sindical muy moderado, que no confrontaba en exceso ni causaba antipatías importantes entre sus adversarios. Al contrario, varios dirigentes políticos del actual gobierno lo tenían como interlocutor y mantenían diálogos frecuentes con el actual líder del Frente Amplio. Lo mismo ocurría con empresarios y otros referentes afines a blancos y colorados.

    Pero cuando renunció a la presidencia del PIT-CNT y ocupó la del Frente Amplio, hubo un cambio significativo y en muy poco tiempo. En el transcurso de las semanas Pereira fue endureciendo cada vez más sus posturas hasta transformarse en uno de los principales guerreros de la oposición, con un discurso por momentos excesivamente confrontativo.

    Suele ser el primero en pedir renuncias de ministros o hablar directamente de corrupción o referirse a supuestos engaños y mentiras de la administración de Luis Lacalle Pou. Sin ir muy lejos, la semana pasada dijo que el país tiene “problemas en su salud democrática”, nada más y nada menos, en referencia al caso Astesiano y al pasaporte otorgado al narcotraficante uruguayo Sebastián Marset.

    En otras palabras, se está haciendo odiar por los principales representantes del actual oficialismo. Es en él en el que depositan sus críticas y al que eligen como rival públicamente. Su nombre es el que más se repite a la hora de la disputa pública y también lo cuestionan por lo bajo con bronca. Dicen no entender qué fue lo que pasó para que realizara un cambio tan brusco y repentino.

    Da la sensación de que lo están subestimando. A él y al Frente Amplio. ¿Y si no cambió? O, mejor dicho, ¿y si cambió por una cuestión estratégica? ¿Y si, al igual que Messi y otros en el fútbol, lo que quiere Pereira en acuerdo con los principales dirigentes del Frente Amplio es arrastrar las marcas para que los más probables candidatos presidenciales se muevan solos y cómodos en el área rival? ¿Y si está jugando intencionalmente a hacer lío o a ser Lío?

    No es ninguna locura hacerse esas preguntas. Al contrario, al detenerse en lo ocurrido durante este año que termina, parece tener mucho sentido. Ya es casi un hecho que tanto la intendenta de Montevideo, Carolina Cosse, como el de Canelones, Yamandú Orsi, serán precandidatos presidenciales en la interna frenteamplista. También lo es que el sostén estructural de ellos dos y de otros postulantes que surjan en el futuro será el Frente Amplio y especialmente Pereira, que ya se encuentra recorriendo el país por segunda vez con ese objetivo.

    Entonces, Pereira parece ser el que está asumiendo el costo de ser “el malo de la película” cuando es necesario. Él, según dicen en su entorno, tiene decidido no postularse en las próximas elecciones nacionales y concentrar sus fuerzas en reconstruir al golpeado Frente Amplio. Él asume el liderazgo de la trinchera mientras Orsi y Cosse van a convencer a los indecisos, esos que se ubican justo en el centro del espectro político. Pereira se radicaliza y los más probables integrantes de la futura fórmula presidencial se moderan. No puede ser casualidad. Considerarlo como tal sería subestimar la inteligencia de tres personas que han demostrado ser políticos hábiles a lo largo de su carrera.

    Además, el diálogo entre ellos es fluido y frecuente. Pueden aparecer algunos desencuentros, como la última semana con la presidencia del Congreso de Intendentes, pero los tres ya iniciaron juntos su carrera hacia 2024. Tiene la pelota Lionel Pereira, rodeado de cuatro o cinco jugadores rivales, mientras que los otros dos corren, casi demarcados, para poder recibirla. Sería hora de que el oficialismo rearmara su defensa. Las pistas de cómo hacerlo están todas al alcance de la mano. Al igual que la próxima elección.

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