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    La Bienal de Montevideo

    Estoy de acuerdo con casi todo lo que dice el crítico de arte Carlos A. Muñoz con respecto a la Primera Bienal de Montevideo en la Búsqueda del 29 de noviembre. Solo quiero profundizar en un par de temas que el propio Muñoz señala y otros que no.

    Está organizada profesionalmente por instituciones, empresas y personas muy copetudas y expertas en marketing y publicidad: la princesa y empresaria Laetitia de Aremberg, Jorge Srur (Compañía de Oriente), Graciela Rompani, Cristina Giuria de Berembau, Marta Penadés, la Siderúrgica Gerdau (que figura como “Mecenas”), las infaltables UTE, Antel y Ancap, el BROU de Calloia, y otros auspiciantes de fuste. Es un paradigmático ejemplo de colaboración público-privada y nos gustaría saber cómo se eligieron los artistas, cuánta plata puso el Estado, etc. (no se aplica el secreto bancario).

    Lo primero que llama la atención al público no iniciado en los códigos del arte contemporáneo es la ausencia casi total de pinturas y esculturas (en el sentido tradicional). Hay en cambio instalaciones, fotografías, arte conceptual, videos, intervenciones in situ, obras efímeras, sonidos, propuestas colectivas o interdisciplinarias.

    Estas modalidades de expresión se remontan a la década del sesenta y el lector de Búsqueda interesado puede navegar por Internet y consultar el movimiento Fluxus liderado por George Maciunas, el movimiento Situacionista liderado por Guy Debord, y las obras de Joseph Beuys, Yoko Ono, Nam June Paik, Andy Wharhol, Allan Kaprow, Robert Smithson y otras figuras pioneras de Sudamérica y Oriente. Gracias a todos ellos se amplió la definición del campo de acción de las artes visuales, expandiéndose a la sociología, la política, la filosofía, la teoría del arte, la tecnología, las comunicaciones, etc.

    Por ejemplo el audiovisual de Martín Sastre que ocupa un lugar central, se apropia del lenguaje publicitario, y con ayuda de una exitosa empresa del ramo, ironiza sobre el BROU y su arquitectura pomposa, y remata su propuesta con la elaboración de un Perfume del Pepe a partir de las flores que cultiva en su chacra (en Youtube se puede encontrar otro video de Sastre bailando un tango con Obama, se ve que le gusta bromear con presidentes).

    Otra herramienta usada desde los sesenta para “resistir” la hegemonía de la cultura burguesa es la “deconstrucción”. Consiste en desarmar un texto u obra en sus partes estructurales y analizarlas para descubrir en ellas mensajes ocultos o insospechados: el artista mexicano Jorge Satorre, con un sicoanalista, una semióloga y un ilustrador, analizan los detalles de los retratos de los presidentes del Banco colgados en el primer piso (un poco ridículos en esta época), y anotan breves comentarios sobre poder, autoridad, orgullo, severidad, autocomplacencia, vanidad, etc.

    En el anexo de la calle Zabala se ven algunos audiovisuales muy ingeniosos: el de Pablo Uribe pone a Núbel Cisneros hablando y señalando un paisaje que no existe.

    Otro video (chileno) llamado Lucía, hecho cuadro a cuadro, muestra la voz de una niña que susurra en un lenguaje angustioso, la pesadilla oscura que se desarrolla en su dormitorio, en la pantalla.

    En el último piso del MAPI, como evento colateral, en 25 de Mayo y Peréz Castellano, ocho artistas uruguayos intervienen las habitaciones encantadoramente decadentes y descascaradas, con propuestas muy sensibles y sutiles, salvo la de Ernesto Vila que insiste con las fotos de los desaparecidos y su obviedad emocional.

    La mayoría de las obras restantes de la Bienal son banales, inentendibles o formalmente flojas, y se las devora el edificio, salvo el cuadro grande de Burgos, la estantería de objetos viejos de Mark Dion, y la alta escultura efímera de Sapountzis.

    Haciendo un balance global, se notan dos cosas: primero, que del punto de vista técnico, y siguiendo la lógica de “la pintura ha muerto”, las herramientas que se emplean en esta Bienal son también bastante viejas (sesenta años). Para superar el “déjà vu” imagino una próxima Bienal con computadoras y monitores gigantes y todo el mundo subiendo obras por Youtube, Twitter, MySpace y Facebook como nuevos espacios públicos participativos, como lo que se acaba de mostrar en el Subte Municipal.

    Segundo, que del punto de vista del contenido, las críticas a la cultura dominante son bastante descafeinadas, se hacen desde adentro del sistema, se limitan a mordisquear los talones de la burguesía, que aplaude encantada las ocurrencias de los inquietos artistas, pero integrados una vez más a la sociedad del espectáculo, ya que en esta Bienal no hay obras de crítica política. ¿Es que hay mucho dinero de por medio y nadie quiere quedar afuera del festín?

    Pero lo bueno de estas Bienales es generar debates. Un debate más profundo implicaría recordar la inserción del arte en la década del sesenta con su agitación revolucionaria (Mayo del 68, Vietnam, Fidel Castro, guerrilla tupamara, la hegemonía del marxismo entre los intelectuales y artistas), y compararla con las décadas recientes, el rol del artista frente a la caída del Muro, la derrota total del leninismo, y la proliferación de la socialdemocracia, con presidentes “macanudos” como el Pepe y Obama.

    Mientras no se dé ese debate honesto, salgo de esta Bienal como que me están escamoteando algo. Debo reconocer sin embargo, que la Bienal en su conjunto “me voló la cabeza”: me obligó a escribir estas urgentes reflexiones.

    Daniel Heide