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    La Ley de Caducidad

    Sr. Director:

    Mucho me asombró que cierto periodista uruguayo, habitualmente muy sensato y lúcido, se planteara, días pasados, una interrogante extraña: “¿Por qué no se juzgó las violaciones de los derechos humanos de los militares?”.

    Evidentemente, la memoria le jugó una mala pasada.

    Por lo pronto, en los últimos años unos cuantos militares y policías pasaron por los tribunales, y algunos terminaron en la cárcel. Fueron juzgados.

    Y si en los ya largos años anteriores no fueron juzgados, fue por una sola y buena razón: porque la mayoría de los uruguayos, en votación legítima y democrática, resolvimos por dos veces que preferíamos que eso no se hiciera.

    O sea, que la amnistía que se les dio —con el originalísimo y algo barroco nombre con que se la denominó (para lograr la aceptación de Wilson Ferreira, que se negaba rotundamente a aceptar el vocablo amnistía)— era exacta y precisamente lo que deseábamos quienes integramos aquellas dos sucesivas mayorías.

    Y me resisto a utilizar el vocablo pueblo, que, merced a las orwellianas manipulaciones del lenguaje propias de la izquierda, ya no significa nada.

    Pues, a vía de ejemplo, nos dicen que en la última elección el pueblo votó al FA. Con lo que sostienen, ineludiblemente, que la mayoría que acompañamos a la coalición multicolor somos oligarcas. Es decir, un país donde hay más caciques que indios…

    En verdad, yo conozco y puedo ver a 3.300.000 uruguayos. Pero no puedo ver ni percibir a esos 3.300.000 y, además, al pueblo.

    Pocas cosas más equívocas y peligrosas para la claridad del lenguaje que el uso de esos numerosos vocablos que han sido objeto de las manipulaciones del idioma en que la izquierda se ha mostrado maestra.

    Por eso digo que la mayoría de los uruguayos decidimos por dos veces —mediante estricta aplicación de las reglas de convivencia que elaboraron e implantaron nuestros mayores, y que, en la medida que podemos, logramos mantener en vigencia— que era mejor amnistiar y no juzgar las conductas ilícitas de militares y policías de aquellos tiempos de plomo.

    Y me agravio, como ciudadano uruguayo, de que por una ley auspiciada por el FA se hayan burlado de todos los que votamos por mantener la amnistía en aquellas dos jornadas plebiscitarias. Evidentemente el FA, que se pasa afirmando que ellos son “el pueblo”, cree que esa mayoría de uruguayos que rechazamos la derogación de la Ley de Caducidad no somos parte de ese pueblo.

    ¿Qué somos, entonces? Evidentemente, ese vocablo está muy y perversamente manipulado.

    Y si rechazamos la derogación de esa ley, y si nos pronunciamos por mantener la amnistía, y si optamos por no juzgar a aquellos delincuentes (porque no ignorábamos ni pretendíamos negar que lo eran), no fue, como cree el referido periodista, por creer que “lo justo es que no se juzgue un solo crimen de aquella época”.

    Pues entendíamos, como no podía ser de otra manera, que si había algo indudablemente justo era que se les juzgara y, a quienes correspondiera, se les castigara.

    Sucede, en cambio, que aquellos que hemos dedicado buena parte de nuestra vida al estudio del derecho hemos aprendido bien que la Justicia no es el único valor fundante del ordenamiento jurídico y que otros valores, la seguridad y la paz entre ellos, también iluminan e inspiran al derecho.

    Y algunos aprendimos del gran jurista norteamericano Roscoe Pound que la mayor parte de los problemas que se plantean al derecho no son más que, en última instancia, antinomias entre los valores de justicia y seguridad. Y con su sabia guía, y también la de los alemanes Stammler y Radbruch, aprendimos que en esos conflictos muy a menudo es más sensato y conveniente optar por la seguridad y la paz y dejar de lado la justicia. A veces, no siempre. Ni tampoco la mayor parte de los casos en que aparece ese reiterado conflicto.

    ¿Hay algo más justo que se haga cumplir los acuerdos libremente pactados? Sin embargo, admitimos pacíficamente que luego de algún tiempo se les declare —prescripción mediante— sin eficacia alguna. Uno de los muchísimos casos en que se hace predominar el valor seguridad sobre el valor justicia.

    Y eso fue lo que la mayoría de los uruguayos —algunos por reflexión fundada en muchos años de estudio, y otros por mera intuición, aunque no por eso, menos certera y valiosa decisión— resolvimos que se debía hacer en nuestro país.

    Creyendo que nuestra decisión —la decisión del pueblo, según la hipocresía del FA— sería íntegramente respetada por nuestros dirigentes políticos. Nos equivocamos y se burlaron de nosotros.

    Pocas veces he visto exponer públicamente estas ideas. Y eso porque muchos tienen temor a ser objeto de destino de los numerosos proyectiles verbales que la izquierda ha acuñado para atemorizar a quienes discrepan con ella.

    Yo no tengo temor alguno a hacerlo ni a que me traten de fascista.

    Al fin de cuentas, tratan de fascistas a los 4 millones de españoles que votan a Vox. Para que yo me pregunte quiénes son los fascistas: los que reciben las piedras sin responderlas (Vox) o quienes tiran esas piedras (Unidas Podemos).

    Si los fascistas son los primeros, yo soy Tutankamón…

    Y como tengo como hábito el saber aprender de las lecciones ajenas, he tomado buena nota del éxito formidable de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones de Madrid. En las cuales, mediante el simple procedimiento (también muy bien puesto en práctica por Santiago Abascal y su gente) de no arredrarse ante los proyectiles verbales de la izquierda desbocada —que no es toda la izquierda— logró arrasar en las elecciones autonómicas. Y todavía darse el lujo de enviar a Pablo Iglesias al “basurero de la historia”. Donde no descansará en paz.

    Enrique Sayagués Areco

    CI 910.722-5