• Cotizaciones
    viernes 03 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La araña tricolor

    Lincoln Maiztegui (1942-2015)

    Existe un Lincoln que los alumnos de Secundaria, los periodistas, los lectores, los allegados a la cultura, los ajedrecistas y los bolsilludos conocen. Ese Lincoln se ganó un nombre y un lugar en la cultura con toda justicia porque tocaba muchos temas y ninguno de oído. Y eso que tenía buen oído.

    Como profesor de Historia, además de erudito, dicen que era muy ameno a la hora de impartir sus clases. Un buen profesor es también en buen discutidor, porque la Historia no tiene un solo sistema de significados ni se reduce a una única verdad: la historia es interpretación. Lincoln hacía hincapié, antes que en los procesos económicos, antes que en las batallas y en las tediosas fechas, en los personajes que han forjado al Uruguay, y son muchos. Y allí están sus cinco tomos sobre los Orientales, que dan cuenta de los primeros gauchos y los últimos indios, perdidos entre el ganado cimarrón, hasta los tupamaros y doctores de nuestros tiempos actuales, igual de perdidos entre ciudades y paisajes de software levemente ondulado.

    Como periodista tenía lectores que siempre esperaban sus notas en Búsqueda y luego sus columnas en El Observador, bien escritas, informadas, irónicas. Podés escribir correctamente y aportar datos, pero la cosa debe tener gracia, y Lincoln la tenía. Hay columnistas que siempre escriben la misma columna; Lincoln no. Sabías que el hombre era blanco e hincha de Nacional, podías anticipar sus raíces pero no sabías para dónde se dispararía en sus encares narrativos. Cuidaba las formas pero era creativo, sabía dar plasticidad a las palabras, que no solo comunican sino también dibujan. Y allí están recopiladas varias de sus columnas para El Observador en De madera noble.

    Como ajedrecista mantuvo durante mucho tiempo una columna en El País de Madrid, y allá había dejado a un amigo con el que siempre hablaba por teléfono, un tal  León. “¡Aló, Leoncho!”, era un clásico de Lincoln en el altillo del semanario, y nos divertíamos escuchándolo, sobre todo los que no entendíamos un pomo de ajedrez, hablando de lo “bonita que había sido esa jugada con el alfil y los caballos”. Además, Lincoln había entrevistado a Ray Bradbury en su pasaje por España. No es poca cosa.

    Como devoto hincha de Nacional, el tipo era irrenunciable, en las buenas y en las malas. Gran defensor de Nacho González, a quien presentó junto a la directiva tricolor en la sede de 8 de Octubre, cuando el jugador firmó contrato. Lincoln tenía la camiseta de Nacho, la que usó con el seleccionado uruguayo, enmarcada y colgada en su casa. “Es el último diez en serio que tuvo la Celeste”, decía. Recomiendo la columna que en estos días ha colgado la página Decano.com y El Observador en su edición del sábado 12, sobre el sentir nacionalófilo de Lincoln. Más allá de la camiseta, posee información que muchos del otro cuadro deberían tener en cuenta. Y como siempre, abunda el humor.

    Como melómano de la ópera y de la música en general era un placer hablar con él. Tocaba la guitarra y cantaba. No se encerraba en un solo género, podía extenderse sobre los Beatles, sobre Eduardo Mateo y el jazz en general, pero su diez futbolero como compositor era Mozart. Y no le gustaba el modo en que cantaba Jaime Roos. Lo elogiaba como artista, pero lo detestaba como cantante. Allí había discusiones que Lincoln terminaba de modo tajante y haciendo trampa: “¡Bueno, yo entrevisté a Bradbury y Uds. no, así que tengo razón!”.

    También hay otro Lincoln, menos conocido, aunque no menos gracioso y pintoresco. Es el Lincoln personaje, el tipo coqueto a su manera, el que siempre cuidaba esos tres pelos largos que le quedaban para cruzarlos por su generosa cabeza y hacerlos sentir como que todavía estaban allí y daban guerra a la calvicie.

    En su juventud le decían “La Araña”, porque a la hora de jugar al fútbol, como no era muy hábil con el balón, iba al arco. En la defensa, los grandotes, y en el arco, el tronco; una máxima de los potreros en estas latitudes que todavía se mantiene y quizá sea el embrión de ciertas carencias que luego son palpables en los jugadores profesionales. Y Lincoln, alto, de brazos largos, era el cuidador de los tres palos, en una época en que la autoridad en la materia la ejercía el ruso Lev Yashin, la Araña Negra. Cada vez que con el Bocha García volvíamos al barrio y pasábamos frente a la casa que Lincoln alquilaba en la esquina de Feliciano Rodríguez y Llambí, decíamos al unísono: “¡Araña!”.

    Siempre estaba donde hubiera una buena discusión. Una vez, en la cocina del semanario, en la vieja casa de la calle Uruguay, se despachó contra un sujeto empleando el término sorete. “¡Epa, qué boquita!”, le replicó alguien. Y Lincoln, que era creyente y también librepensador, contestó: “Perdón, pero ¿estamos en Búsqueda o en una parroquia?”.

    Era fácil hacerlo calentar. Solo bastaba decir que Mozart era un gil con peluquín o que la ópera es un divertimento para viejos que se babean y tienen que decir todas las boludeces cantadas. Sabía que le tomaban el pelo, pero arremetía igual, sin dejar de reírse: “¡Cómo podés decir semejantes barbaridades! ¡No seas ignorante!”.

    Fumaba como un murciélago y estaba harto de los libros de autoayuda “sanadores”. Un día me comentó entre risas, leyendo la lista de los libros más vendidos en la que pululaban títulos del tipo Sana tu cuerpo y Cuida tu vida: “Es el momento de proponer una alternativa, una cruzada para destrozar tu cuerpo y arruinar tu vida, ¡qué joder!”.

    También se enojaba en serio y se iba a las manos. Hubo varios que sucumbieron a su ira. Una vuelta, cuando aterrizó en el aeropuerto de Barajas, le cayó la Policía española encima por una denuncia de agresión. Lo que había ocurrido fue sencillo: había tumbado a un ajedrecista de una trompada. “¿Qué pasó?”, le pregunté. “Bueno”, me respondió Lincoln con una sonrisa clara en el rostro, “el tipo me trató de homosexual en un artículo. Yo le contesté y me hizo calentar aún más, porque en otro artículo me replicó que en la historia de la humanidad había casos de grandes homosexuales como Sócrates, Proust, Oscar Wilde y un largo etcétera, y por lo tanto no entendía mi ira. Hay que reconocer que tenía humor, el muy cretino. Pero cuando me lo encontré en un campeonato de ajedrez, no lo dudé: lo encaré y le pegué”.

    La última vez que hablé con él fue telefónicamente, debido a la muerte de Jaime Costa, hace poco más de un año. Estaba visiblemente molesto. Es duro que los de tu generación se vayan. La fila se mueve lentamente, pero se mueve al fin y te encontrás cada vez más cerca de la ventanilla.

    Lincoln Maiztegui Casas murió el viernes 11, a los 73 años, de complicaciones respiratorias. Ese mismo día, en el sitio web Cultmoviez, colgaron El arpa birmana (1956), de Kon Ichikawa, una estupenda película ambientada en los estertores de la II Guerra Mundial, sobre un soldado japonés que adopta los hábitos de un sacerdote budista, hace votos de silencio y se comunica con sus compañeros de batallón por intermedio de un arpa. Era una de sus obras preferidas, poética, espiritual, pacifista. Al final, un texto remata la historia con las palabras “Rojas como la sangre son las tierras y las montañas de Birmania”. No creo en las casualidades: cuando vos le das amor y pasión al cine, el cine te lo devuelve de alguna manera. El último libro que Lincoln publicó fue, precisamente, Lo que el cine se llevó. La película de Ichikawa está allí para disfrutarla, para reflexionar y también para recordar, desde nuestras tierras purpúreas, a Lincoln Maiztegui, el periodista, el profesor de Historia, el entrañable compañero, la araña tricolor.

    // Leer el objeto desde localStorage