La brújula interior

La brújula interior

escribe Fernando Santullo

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Nº 2269 - 21 de Marzo al 3 de Abril de 2024

Si hay suerte, cuando se alcanza cierta edad se empiezan a percibir procesos que cuando se es joven uno no logra ver con nitidez. Por ejemplo, la facilidad con que cambian las etiquetas que se usan para intentar explicar los fenómenos sociales. Es bastante asombrosa la velocidad con que muchos de nosotros pasamos de creer en alguna explicación absoluta a otra no menos absoluta. Y cuanto más radical era la explicación primera, más veloz es el cambio a la segunda, que por lo general no es menos radical. Pareciera que necesitamos una base, un ancla que dé sentido a nuestra trayectoria y que cuanto más abarque esa explicación, más dura sea, más nos permitirá aferrarnos a ella. Hasta que, claro, aparezca una nueva explicación y entonces el proceso comience de nuevo, a veces incluso con mayor radicalidad.

En realidad lo asombroso no es tanto la velocidad del cambio (a veces el uso de categorías explicativas se extiende por años o incluso toda una vida) sino la total desaparición de las categorías previas una vez instaladas las nuevas. Es como si, cuanto más extrema fue nuestra adhesión a la explicación primera, menos queremos saber de ella una vez que la abandonamos. Como suele ocurrir con las cuestiones ideológicas y sociales, todo este proceso no pasa exclusivamente de manera individual ni tampoco en el aire. Ocurre casi siempre en el marco de los debates que se producen en el sistema político, en la academia, en las organizaciones sociales y, por qué no, en la mesa de un bar, frente a una cerveza fría.

Parte de ese salto de una explicación a otra, sin demasiada meditación, puede entenderse por el hecho de que mucha gente no pierde el tiempo en estos asuntos: tengo que llevar a los gurises a la escuela, laburar, pagar las cuentas y, si no estoy molido después de cenar, mirar algo en la pantalla. Así que no tengo tiempo para andar pensando si las explicaciones de fondo en los asuntos sociales se deben a tal o cual causa. Para eso les pago el sueldo a los políticos, que son quienes me ofrecen el menú del cual elijo las categorías que después uso y que me resultan más convincentes para explicar lo que ocurre alrededor mío.

Bajo ese mecanismo es que construimos la idea de representación en nuestras democracias: en sociedades muy especializadas como las nuestras, son los representantes quienes llevan la voz cantante a la hora de proponer respuestas a los conflictos comunes. Sin embargo (ya tardaba en aparecer el sin embargo), esto no debería implicar el abandono de estas cuestiones por parte de la ciudadanía. Y algo de eso es lo que ocurre cuando saltamos de una explicación de “lo social” a otra sin solución de continuidad.

¿Cómo nos explicamos a nosotros mismos el haber abandonado de manera absoluta y radical la “contradicción fundamental” que nos servía para entender los conflictos sociales, de manera igual de absoluta y radical? No debería alcanzar con decir “porque así lo leí en la prensa” o “porque eso fue lo que dijo mi candidato”. Es obvio pero siempre conviene insistir en ello: no debería alcanzar con plegarse de manera acrítica porque tanto la prensa como los candidatos, cualquier candidato, tienen una agenda propia que puede estimular el sesgo. Un sesgo que no necesariamente coincide con lo que ocurre en la realidad o que se pliega a las necesidades del medio o del candidato. Por eso es bueno recordar también que tanto unos como otros son productos que desean ser comprados.

Lo interesante es que el cambio de hábito suele implicar todo un pack de ideas que abarca no solo las cuestiones partidarias o estrictamente políticas. Se asume, como se decía hace un tiempo, toda una cosmovisión: si estoy a favor de la nueva agenda de derechos, defiendo de manera automática cualquier cosa que se haga en cualquier parte del mundo con esa etiqueta. No importa si hasta hace dos días ninguno de esos derechos o su defensa aparecían en mi visión de las cosas. O si, en un segundo ejemplo, ahora creo que cualquier intervención estatal es nefasta, ilegítima y liberticida, entonces defenderé con uñas y dientes todo aquello que se haga en detrimento de la presencia del Estado, en cualquier parte del orbe, sin que importe el contexto o el hecho de que tal asunto jamás haya estado en mi horizonte de ideas.

Pareciera que, como apuntaba Carlos Vaz Ferreira, operamos por “sistemas de ideas” antes que por ideas a secas. “Cuando se piensa (…) por ideas para tener en cuenta, no por sistemas, aparecen, en la inmensa mayoría de los casos, las cuestiones de grados. Mientras se piensa por sistemas, no: se tiene un sistema hecho, y se lo aplica en todos los casos, porque solo se tiene en cuenta una idea y se piensa con esa idea sola; pero cuando se piensa con muchas ideas, cuando se piensa con todas las ideas posibles, entonces surgen inmediatamente las cuestiones de grados”, decía el filósofo en su libro Lógica viva, y concluía algo relevante en particular: “No puede eximirse nadie de la tarea de pensar; no se puede dar un sistema hecho donde hay cuestión de grado”.

Según escribe en su texto ¿Idiotas o ciudadanos?, el español Félix Ovejero, también filósofo, “el ‘problema’ de la falta de cultura cívica tiene que ver menos con los ciudadanos que con las reglas de juego en las que se manejan. Sencillamente, forma parte del diseño. Está en el origen de los supuestos liberales que inspiran las instituciones democráticas, o, desde otro punto de vista, en el modo en el que el liberalismo trata de resolver su conflictiva relación con la democracia: ‘protegiendo’ a los ciudadanos de la política”. Y concluye: “Que a las gentes la política les traiga al pairo, como tal, no es un motivo para cortarnos las venas. Hay otras muchas formas de llevar una vida dichosa, otras sendas en las que transitar. Lo malo es que el desinterés por la actividad pública parece traducirse en un empeoramiento de casi todas las sendas, de las condiciones en las que llevar a cabo cualquier plan de vida”.

En efecto y como decía un viejo comercial, “lo barato puede salir caro”. Sea por la deserción ciudadana frente la tarea de pensar por cuenta propia los asuntos públicos, sea por el problema del diseño institucional que vuelve natural ese desapego, ese abandono no sale gratis. Una ciudadanía irreflexiva y manijeada con lo que sea que el statu quo le proponga es incluso un poco peor que una ciudadanía meramente apática. En cualquier caso, no parece especialmente inteligente saltar de un pack de ideas a otro sin la menor introspección y reflexión al respecto. La brújula que nos ayuda a definir cuál es el mejor camino para intentar mejorar nuestra trayectoria y la de quienes nos rodean está sin duda influenciada por el universo social, los partidos, las pertenencias y los afectos. Pero el camino que nos permite acceder al grado, al matiz y, eventualmente, a la opinión propia, se trazará siguiendo siempre nuestra brújula interior.