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    La crisis en Paraguay (III)

    Si es posible que los huesos se retuerzan en las tumbas, como se escucha a veces, en este junio, algunos, como los de Oribe, Herrera, Leandro Gómez y Wilson, entre tantísimos otros, pocas veces han tenido mejor oportunidad para tal surrealista manifestación.

    Dejando de lado acontecimientos en los cuales los líderes blancos nada pudieron hacer frente a ciertos sucesos por estar fuera de su posible control, no recuerdo ausencias por causa más amarga y carente de respeto a esos invocados a cada rato que el haber permanecido sentados mirando a la nada, acurrucados en las cómodas poltronas de la impavidez, ante los hechos paraguayos. Indisimulable por ellos, incomprensible por nosotros.

    El no estar, el no actuar, el no hacer algo por parte de los dirigentes del partido de los 175 años, me causa el más profundo rechazo y desnuda, en reiteración, la cruda realidad.

    Mientras que de un lado reaccionaron impulsados por los poderosos resortes de uniones ideológicas y de conveniencias, del lado blanco, nada; se quedaron en blanco.

    Precisamente Paysandú, la nobilísima imagen de la gesta con la que nos llenamos la boca, ha quedado vacía de contenido en un tema que tiene similitudes de asociaciones y circunstancias.

    Si bien la no intervención en los asuntos de otros pueblos es una de las bases fuertes y constitutivas del Partido Nacional —tiene fuerza de dogma plasmado en la letra, precepto que enorgullece y distingue—, entre no intervenir y observar con pasividad que otros intervengan es lo mismo que intervenir pero en la peor forma: permitiendo, omitiendo, dejando pasar.

    En esta circunstancia que vive el pueblo de Paraguay, hermano de verdad, hogar final de Artigas, sí soportó una delegación que se hizo presente antes inclusive de que la censura hubiese sido ejecutada; una delegación de autoridades blancas debía haber fletado un avión para que, lo antes posible, aquel pueblo paraguayo todo, sin distingos de tipo alguno, sintiera que hay uruguayos que, sin intervenir ni en lo más mínimo, les desean el retorno en breve plazo a la paz interna, y sin emitir ni la mínima opinión sobre lo que debería haberse hecho o lo que debería hacerse, la obligación moral era tramsmitir el calor de una gran parte del pueblo uruguayo que no se suma, ni es solidaria, con esas voces crispadas que censuran, que se han levantado por el lado siniestro de los seudo hermanos. Habría que haber ido simplemente a hacerse presente, a mirar, a escuchar a los parlamentarios que actuaron de uno y otro lado de las votaciones de la Cámara que acusó y de la Cámara que juzgó. También, haber visitado y escuchado al presidente depuesto, haber caminado para encontrar opiniones de la gente común. Visitar constitucionalistas de ese país para escuchar sobre si la aplicación de la Constitución (Sección VI) referente al juicio político, se aplicó de acuerdo a las normas vigentes o fue un golpe de Estado o un golpe parlamentario, como se argumenta a los efectos de aplicar penas.

    Y al final, dejando un respetuoso y silencioso abrazo fraterno, fraterno de verdad, sin ni solo atisbo de intervención, haber confirmado a ese único socio de verdad, en este fárrago llamado Mercosur, que aquí hay una colectividad, parte grande de Uruguay, que piensa distinto a nuestro propio gobierno, asegurándoles que muchos estamos dispuestos a hacer lo necesario para que todo esto no sea usado para armar una versión actual de aquella “triple alianza” cuyo recuerdo nos sigue avergonzando.

    Al regresar, informarnos a todos de primera mano y objetivamente.

    Creo que es lo que debía haberse hecho y, en una de esas, todavía queda tiempo. La causa es sana.

    Edgardo Viola Bouyssounade

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