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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando la realidad supera la ficción. La realidad.Desde 2013 Venezuela padece una creciente escasez que afecta hasta los productos básicos —carne, leche, azúcar, harina, papel higiénico, pañales (la lista sigue)— que toda familia necesita para sobrevivir.
Con una inflación que supera el 60%, una economía destruida y los precios del petróleo en caída libre, para la Venezuela Socialista Bolivariana del Siglo XXI, el 2015 huele feo.
Nicolás Maduro, el presidente impuesto por Chávez antes de morir dos meses antes de lo admitido, asegura que el país es víctima de una “guerra económica” generada por oposición y empresarios para desgastar su popularidad, desestabilizarlo y derrocarlo “con un golpe cruento”. En respuesta, en lo que va de 2015 ha encarcelado a más de veinte empresarios y gerentes que considera opositores, además de cientos de estudiantes y civiles. Pero economistas, empresarios y opositores sostienen que no hay guerra sino crisis porque el modelo chavista de control de cambio y precios vigente desde 2003 simplemente fracasó.
Las colas, tumultos y peleas por la comida le han servido de excusa al chavismo para ocupar los supermercados estatales y privados y prohibir las colas nocturnas —una suerte de toque de queda parcial— temiendo incidentes y protestas.
Días pasados, el propio Maduro declaró en TV: “Le he dado órdenes precisas al vicepresidente de seguridad y soberanía alimentaria que en fiel cumplimiento de la Constitución y de la ley de seguridad alimentaria estas tiendas sean ocupadas en la madrugada de hoy, sea regularizado el servicio al pueblo de Venezuela y sean detenidos los directivos y dueños de esta empresa”, y quiso justificar la medida argumentando: “Una cadena de tienda famosa, conspirando, irritando al pueblo, llegamos, regularizamos la venta, convocamos a los dueños y les pusimos los ganchos y están presos por provocar al pueblo, por hacer guerra económica”.
Luego acusó a los dueños de “cobardes” y “parásitos”, y se ufanó: “Tengo varios conspiradores dueños de una cadena de tiendas presos en el Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional) y le he pedido a la Fiscalía que acelere todos los cargos para que vayan bien presos por estar saboteando con esa cadena de tiendas al pueblo venezolano”, en clara demostración de una inexistente separación de poderes en la “República” venezolana.
Empresarios y economistas sostienen que tres lustros de control de precios y cambio, así como de intervenciones y expropiaciones, han cercenado la producción local y vuelto imposible la importación de bienes terminados y materias primas clave; y que es sencillamente imposible acaparar productos porque el Estado controla la distribución y ventas a través de unas “guías de movilización” que el gobierno emite a los privados previo a movilizar cualquier producción.
Ante la escasez de alimentos, Maduro rebajó por decreto el precio al público de la harina de maíz a 19 bolívares (unos 3 dólares), pero este precio es tan inferior al costo de fabricación —especialmente luego del incremento del 218% que el propio gobierno impuso al maíz blanco— que los empresarios no pueden solventar sus costos de producción de arepa, el alimento más popular entre los venezolanos, y varias empresas han debido cerrar en poco tiempo.
Algo parecido, aunque mucho menos pronunciado, viene sucediendo en la Argentina con la persecución vía AFIP o piquetera de todo empresario “No K”; y en toda la región la presión de las corporaciones sindicales lleva sus reclamos a límites tales que las empresas —nacionales o extranjeras— terminan por decidir que ya no es negocio instalarse, permanecer o seguir funcionando, y simplemente bajan las cortinas y se van.
La “¿ficción?”.En sus primeros apuntes para la que sería su más emblemática y difundida obra, notas fechadas el 1º de enero de 1945, la escritora de origen ruso nacida como Alisa Zinovievna Rosembaum pero nacionalizada norteamericana y conocida por el mundo entero como Ayn Rand escribía: “Tema del libro: lo que le sucede al mundo cuando sus principales impulsores entran en huelga”, y ampliaba el concepto con los siguientes comentarios: “Una ilustración del mundo con su motor detenido. Mostrar qué, cómo y por qué. Los pasos específicos y los incidentes acerca del espíritu, motivos, psicología y acciones de las personas. Mostrar quiénes son los principales impulsores y por qué. Cómo funcionan. Quiénes son sus enemigos y por qué. Cuáles son los motivos de su odio hacia los impulsores y cómo logran esclavizarles. La naturaleza y la función de los creadores versus la de los parásitos mentales…y cómo los parásitos mentales viven de los creadores, tanto en términos espirituales como en hechos físicos concretos”.
La novela —que no es otra que “La Rebelión de Atlas”—, un texto de 1.250 páginas de hondo contenido filosófico que se convertiría en una de las obras más revulsivas y motivantes del siglo XX (por lo menos para quienes creen en el valor vital de la razón), relata con acertada precisión lo que sucedería en un utópico país —Rand propone en su novela a los Estados Unidos post “Década Roja”— al quedar progresivamente sometido al arbitrio y mal juicio de un gobierno totalitario de corte “populista”; un gobierno que se arroga el derecho de intervenir progresivamente todas y cada una de las instancias de la vida, la economía y la propiedad privada hasta llegar a la interdicción y expropiación de facto de ésta, de las empresas, de sus bienes y hasta del conocimiento desarrollado por sus creadores, apropiándoselo para provecho de sus detentores sin más argumento que “el interés público” que no es otro que el suyo propio.
Resultado: una progresiva escalada de hostigamiento —político, social y económico— hacia los individuos creativos y productivos de la sociedad (especialmente los profesionales, empresarios, intelectuales y artistas “no populares”), que desencadena una creciente oleada de deserciones de estos actores (inventores, ingenieros, industriales, empresarios, artistas y pensadores “universales”), cuyas superiores aspiraciones terminan por no ser suficientes para luchar contra la decadencia que se impone, forzándolos a tomar la decisión de abandonar sus espacios y sus logros para no ser rehenes de quienes Ayn Rand denomina “los saqueadores”.
La novela, cuyo nombre originalmente iba a ser “La Huelga” pero a sugerencia del marido de Rand —Frank O’Connor— fue cambiado a “La Rebelión de Atlas” para hacer referencia al mitológico coloso que sostiene al mundo, en evidente analogía con el peso que recae sobre los hombros de los emprendedores, relata lo que sucedería a este mundo si en algún momento los genuinos generadores de valor (los que imaginan y ven más allá, los que piensan, los que arriesgan su tiempo y su dinero en nuevos proyectos y desafíos, los que hacen que las cosas sucedan, los que generan trabajo para el resto), se declararan en huelga.
No es necesario decir que la ineptitud, la grosera soberbia y la atropellada ambición e imprevisión de los burócratas que detentan el poder y pretenden manejar hilos y resortes sin estar capacitados para ello, desencadena una espiral de decadencia y caos que conduce a la implosión de toda la estructura productiva, social, cultural y política dejando paso a la mediocridad, el caos, la delincuencia, la violencia y la miseria.
“La Rebelión de Atlas” no es un cuento de ficción. Al decir de Ayn Rand, “el arte es una recreación de la realidad según el criterio metafísico del artista”. Y a la luz de los setenta años transcurridos desde que Rand escribió estas primeras notas, es también un anticipo de una realidad no solo posible, sino concreta, tangible, comprobable y —peor aún— terriblemente cercana.
Para saber lo que pasa cuando el motor del mundo —los impulsores, los creadores, los emprendedores, los realizadores hostigados y acorralados por una “moral inmoral”— deciden que su esfuerzo ya no sirve porque no beneficia más que a los parásitos, hay dos caminos, los dos con un relato bastante parecido:
Uno: leer y disfrutar de los razonamientos y relatos de “La Rebelión de Atlas”, sorprenderse con los enunciados de Francisco D’Anconia y razonar el discurso objetivista de John Galt; o
Dos: seguir atentamente los críticos sucesos, el hostigamiento a los sectores productivos, las intervenciones, ocupaciones y expropiaciones que —inaugurados por Chávez— vienen dándose en Venezuela desde hace quince años, agravados por la inflación más alta del continente, la destrucción del aparato productivo del país y la escasez crónica de productos básicos, la creciente crispación y violencia de una sociedad fracturada y dividida —vaya coincidencia— entre creadores y parásitos, en la que los valores se han subvertido de tal modo que el presidente caribeño se atreva a invertir los términos y llamar “parásitos” y “meter presos” a quienes trabajan, generan valor y contribuyen a sostener lo que queda de esa decadente economía y de una sociedad fracturada, colocándose a sí mismo y sus adláteres en el rol de paladines de la justicia social.
Lo que pasa en Venezuela no es novedad. Viene pasando en Cuba desde hace sesenta años, está en fase avanzada en Venezuela y se ha impuesto en nuestra vecina Argentina, incluso con muertes, como podemos ver un día sí y otro también en cualquier informativo no oficial de estos países.
Y los únicos beneficiarios de estos seudo-populismos han sido —como en “La Rebelión de Atlas”— quienes, encaramados al poder, tergiversan la realidad para manipular a un pueblo que —por haber perdido la posibilidad de educarse (*)— no tiene la libertad de elegir entre ideales.
Cuando las barbas de tu vecino veas arder, dice el refrán, pon las tuyas en remojo. La educación, la generación de conciencia y la toma de responsabilidad por la propia vida y el propio destino son deberes ineludibles y una lucha de uno a uno. A falta de líderes sociales y políticos instruidos, conscientes, responsables, insertos en esta nueva realidad y comprometidos con otra cosa que no sea su sillón o su ridícula cuotita de poder, esta es una tarea denodada y de uno a uno que nos toca a todos, cuya única alternativa es, como relata “La Rebelión de Atlas” y ha quedado demostrado en Venezuela —ojalá no llegue a suceder en Argentina y menos todavía en nuestro país— bajar los brazos y abandonar toda esperanza.
(*) “Mientras la instrucción se limita a extender las nociones que la experiencia acumulada actual considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios a la perfección”. José Ingenieros
Eduardo Portela