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    La cruda sinceridad de Alberdi

    Juan Bautista Alberdi, el influyente autor de las Bases para la Constitución argentina, acuñó una frase por la cual ha sido aclamado y criticado por igual: “gobernar es poblar”. Unos 30 años después, el propio tucumano se vio obligado a aclarar el verdadero significado de su consigna.

    “Gobernar es poblar”, escribió en 1879, “en el sentido que poblar es educar, mejorar, civilizar, enriquecer y engrandecer espontánea y rápidamente, como ha sucedido en los Estados Unidos. Mas para civilizar por medio de la población es preciso hacerlo con poblaciones civilizadas; para educar a nuestra América en la libertad y en la industria es preciso poblarla con poblaciones de la Europa más adelantada en libertad y en industria, como sucede en los Estados Unidos”.

    Siendo la República del Norte una prolongación de los reinos anglosajones y nordeuropeos, el ciudadano estadounidense era para Alberdi “la transformación del súbdito libre de la libre Inglaterra, de la libre Suiza, de la libre Bélgica, de la libre Holanda, de la juiciosa y laboriosa Alemania” en el Nuevo Mundo. La base del progreso estadounidense residía, pues, en las cualidades de su población. Por eso, señaló, “gobernar es poblar, pero sin echar en olvido que poblar puede ser apestar, embrutecer, esclavizar, según que la población trasplantada o inmigrada, en vez de ser civilizada, sea atrasada, pobre, corrompida”.

    El progreso dependía pues no de la inmigración en sí sino que del tipo de inmigración que se recibía.

    Un grave error consistía en creer que Europa era sinónimo de progreso. Alberdi hizo hincapié en que no era así: “hay en Europa, y en el corazón de sus brillantes capitales mismas, más millones de salvajes que en toda la América del Sud. Todo lo que es civilizado es europeo, al menos de origen, pero no todo lo europeo es civilizado; y se concibe perfectamente la hipótesis de un país nuevo poblado con europeos más ignorantes en industria y libertad que las hordas de la Pampa o del Chaco”.

    Por eso, para que la inmigración buena viniese a América hispana era necesario que América hispana obrase como un polo de atracción. Era fácil de comprender “que la población inglesa emigre espontáneamente a la América inglesa que habla su lengua, practica su libertad y tiene sus costumbres de respeto del hombre al hombre”. Era fácil de comprender “que la Alemania protestante, laboriosa, amiga del reposo, de la vida doméstica y de la libertad social y religiosa, emigre espontáneamente a la América protestante, trabajadora quieta por educación, y, por corolario, libre y segura”. Pero no era fácil de comprender “que esas poblaciones emigren espontáneamente a la América del Sud, sin incentivos especiales y excepcionales”.

    Por eso, concluía Alberdi, “la Europa del Norte irá espontáneamente a la América del Norte; y como el norte en los dos mundos parece ser el mundo de la libertad y de la industria, la América del Sud debe renunciar a la ilusión de tener inmigraciones capaces de educarla en la libertad, en la paz y en la industria, si no las atrae artificialmente. La única inmigración espontánea de que es capaz Sud América es la de las poblaciones que no necesita: ésas vienen por sí mismas, como la mala hierba”.

    Teniendo en cuenta estas cosas, la clásica máxima alberdiana debía ser aclarada. “Poblar es enriquecer cuando se puebla con gente inteligente en la industria y habituada al trabajo que produce y enriquece (pero) poblar es apestar, corromper, degenerar, envenenar un país, cuando en vez de poblarlo con la flor de la población trabajadora de Europa, se le puebla con la basura de la Europa atrasada o menos culta”.

    En esta aclaración residía la clave fundamental de la profunda diferencia entre Estados Unidos e Hispanoamérica. EEUU se poblaba con gentes trabajadoras y amantes de la libertad; Hispanoamérica con lo que llegase a sus puertos.

    Otro concepto clave de Alberdi era el de la raíz de la riqueza. La riqueza no nace del suelo, sostuvo, sino que es producto del trabajo humano. Decir que un país es rico porque tiene vastas riquezas naturales es no haber entendido el verdadero concepto de riqueza. Y no sólo eso: “El suelo pobre produce al hombre rico, porque la pobreza del suelo estimula el trabajo del hombre al que más tarde debe éste su riqueza”.

    Aquí radicaba el mayor peligro de América hispana y eso en grado tal que al día de hoy se siguen repitiendo los mismos errores: “El suelo que produce sin trabajo sólo fomenta hombres que no saben trabajar”. Y si bien esos hombres no se mueren de hambre, por la riqueza del suelo que habitan, jamás serán ricos, pues viven como las plantas.

    La gran riqueza natural del continente hispanoamericano, que aún hoy lleva a miles de intelectuales y políticos confundidos a definirla como una garantía de progreso, era para Alberdi el mayor escollo para el desarrollo de la sociedad: “Todo pueblo que come de la limosna del suelo, será un pueblo de mendigos”. Eso mismo escribió el uruguayo Andrés Lamas en su Manifiesto de 1855: ¿de qué le había servido al mexicano indolente el oro de sus minas californianas si no las explotaba? La riqueza de ese oro sólo se concretó con la llegada del estadounidense.

    Trabajar es, pues, fecundar. Trabajar es vivir. Trabajar es “crear, producir, multiplicarse”.

    Las conclusiones de Alberdi fueron contundentes: la sociedad hispanoamericana, que en el trabajo veía un castigo y que en la riqueza natural del suelo veía la garantía de su brillante futuro, estaba condenada de antemano a mendigar. La sociedad estadounidense iba en el sentido contrario.

    Al día de hoy, el grueso del pueblo latinoamericano no lo ha podido comprender.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor

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