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    La decadencia

    Sr. Director:

    El Viejo Vizcacha y la agonía de la República. Montevideo, 16 de abril. “Tenemos derechos, queremos votar”, gritaba el medio centenar de personas —en su mayoría jóvenes— frente a la Oficina de la Corte Electoral molesto por no poder concretar el trámite necesario para la obtención de la credencial cívica justo el día en el que vencía el plazo para hacerlo. “Es incomprensible, todos los días está vacío; hoy vino todo el mundo”, señaló con cierta cuota de ingenuidad uno de los ministros de la Corte, presumiblemente de origen suizo o finlandés.

    Al caer la noche, una joven del montón se acercó al móvil de uno de los noticieros que cubría el tumulto en vivo y en directo, para declarar a voz en cuello y sin el menor empacho: “Ya sé que teníamos cuatro años para hacer el trámite, pero tá, somos uruguayos, queremos soluciones, tá…”. Repuestos del golpe inicial, no cabe más que valorar esa escena tragicómica y en especial el contenido de las declaraciones de esta compatriota sin pelos en la lengua como una síntesis perfecta del pensamiento débil —sin sustancia ni profundidad— que domina a buena parte de los uruguayos y que —duele admitirlo— se expande entre nosotros como una mancha de aceite. No se trata, pues, de una postal del Uruguay del futuro, sino de una triste y palpable realidad, en la que, como podemos observar a diario —en la calle, en el estadio, en las oficinas públicas, en el estacionamiento del supermercado, etc.— prima la desidia y la apatía por las cuestiones de la “polis”. Avanza, así, una suerte de estado de anomia generalizado, fruto ya no del desprecio a la ley y a las instituciones, como en los tiempos en los que estaban de moda las ideologías “duras” y las utopías colectivas, sino de la pereza del uruguayo medio a condicionar su conducta a cualquier tipo de regla o norma que le imponga obligaciones o responsabilidades colectivas, sean estas de tránsito, cortesía u ortografía.

    Hace casi un siglo y medio, José Pedro Varela, padre espiritual del Uruguay moderno, señaló con lucidez una verdad que sigue siendo tan actual como en aquel entonces: “Para establecer una república, lo primero es formar republicanos; para crear el gobierno del pueblo, lo primero es despertar, llamar a la vida activa, al pueblo mismo; para hacer que la opinión pública sea soberana, lo primero es formar la opinión pública; todas las grandes exigencias de la democracia, todas las exigencias de la república, solo tienen un medio posible de realización: educar, educar, siempre educar”. Batlle y Ordóñez, poco tiempo después, en la misma línea de su tocayo, sintetizó con precisión: “Un pueblo no puede ser libre y feliz si no es instruido”. Ambos tenían claro el objetivo y dedicaron sus mejores esfuerzos a hacerlo realidad. A la labor que ambos realizaron, nuestro país le debe sus mejores épocas y los pocos rastros de civilización que aún nos distinguen como sociedad.

    Por desgracia, en los últimos tiempos, hemos perdido de vista que, como bien decía Varela, no solo educa e instruye la escuela sino también “la familia, la sociedad, la ley, todo”. Es claro, desde esta perspectiva, si prestamos un mínimo de atención, que el descaecimiento de nuestra cultura cívica guarda relación con la debacle de nuestro sistema educativo, pero también con el deterioro de la familia como espacio de contención y formación en valores, y el de la denominada clase política, que ya no forma ni educa ni mucho menos da el ejemplo. Todo esto, pero en especial las pésimas señales que un día sí y otro también recibimos desde las alturas del poder, explican nuestra pérdida de reflejos democráticos y la agonía de nuestra república.

    Nadie se imagina a Herrera, por ejemplo, repartiendo remeras en un acto político con la imagen de su mascota o la de su cachila, o a Frugoni permitiendo que un “lobista” de dudosa calaña le llevara “gente” a su despacho o le armara una lista de “amigos” en su apoyo, o al Pepe Batlle queriendo imponer a su esposa como candidata a la Vicepresidencia. Por supuesto que no, y la razón es muy sencilla: porque todos ellos, con sus luces y sus sombras, tenían claro que el deber de un líder que se precie de tal es el de ser un buen docente (decodificar, explicar, orientar, dirigir) y, siempre, siempre, obrar con el ejemplo.

    Otro Pepe, egresado de la “academia de la vida” —al decir de su compañera— y otrora amante de los fierros, proclamó no hace mucho, el mismo día en el que se calzó la banda presidencial, que su prioridad iba a ser la educación. “Los gobernantes deberíamos ser obligados todas las mañanas a llenar planas, como en la escuela, escribiendo 100 veces ‘debo ocuparme de la educación’”, dijo en aquella ocasión.

    Cuatro años después, con mayorías propias en ambas cámaras, sindicatos afines e ingentes recursos económicos a su disposición, los hechos hablan por sí mismos. No solo no se ocupó de la educación sino que no ejerció su función docente del modo en el que muchos esperábamos que lo hiciera. Lejos de brindar un buen ejemplo, de servir de referente moral a las nuevas generaciones y educar en el respeto a la ley y a los usos y costumbres que otrora nos hicieron sentir orgullosos de ser un país serio y ordenado, cultivó la máxima de “como te digo una cosa, te digo la otra” y el letal principio de que “lo político está por encima de lo jurídico”.

    Ni él ni los suyos van a dejar ninguna siembra positiva para adelante. Por el contrario, van a dejar un país irreconocible, cuyos espejos ya no son las democracias más prósperas y avanzadas, en las que los individuos viven en libertad y se respetan las normas, sino los regímenes populistas del vecindario en los que la voz del caudillo se eleva por encima de todas las demás, el individuo no existe como tal y solo el amasijo de aplaudidores y beneficiarios de las dádivas estatales son tenidos en cuenta como excusa y decorado.

    Triste legado el de un presidente que renunció a ser el Mandela uruguayo para seguir los pasos del Viejo Vizcacha.

    Gustavo Toledo

    CI 3.680.356-9

    Balneario Solís (Maldonado)