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Cuando el año pasado apareció en Netflix la miniserie Poco ortodoxa, muchos entramos por primera vez en contacto con el universo de reglas de los judíos ultraortodoxos: casamientos arreglados, mujeres de cabeza rapada confinadas al ámbito del hogar, hombres consagrados a los negocios y el estudio de los textos sagrados, comunidades cerradas que, pese a vivir en el medio de Nueva York, apenas tienen contacto con el mundo no religioso. Dado que la serie se trataba de la fuga fuera de la comunidad de una de esas mujeres y del conflicto que eso generaba, se podía decir que la mirada sobre esos religiosos era más bien crítica.
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No ocurre lo mismo con Shtisel, la serie israelí que revolucionó la televisión de ese país cuando comenzó a emitirse en 2014. En ella nadie tiene la menor intención de romper con el nexo religioso ni con la cultura que este irradia. Tampoco con las tradiciones ni con lo que para nuestro más bien laico entender parece un rígido corsé de rituales que marca cada instante de la existencia de esas personas. Ahora, lejos de ser una apología de la religión, en Shtisel esas creencias y normas son el omnipresente telón de fondo en el que transcurre la vida de unos personajes. Tan omnipresente es el contexto que llamarlo telón de fondo es quedarse corto. Sería más bien una especie de medio acuoso que impregna todo hasta el punto de no ser percibido en absoluto.
¿Quiénes son los personajes que se mueven en ese medio densamente poblado de rígidas normas religiosas? Son los Shtisel, una familia ultraortodoxa haredi que vive en el barrio de Geula, en Jerusalén. Los haredi son conocidos por su apego estricto a las leyes judías, en oposición a las leyes seculares modernas. De hecho, se consideran a sí mismos como los judíos más auténticamente religiosos de todos. Contrariamente a lo que se podría creer, el origen de los haredi y otros judíos ortodoxos es bastante reciente, de finales del siglo XIX.
La serie gravita alrededor de Shulem Shtisel, el patriarca de la familia. Recientemente enviudado, Shulem es profesor de una escuela cheder, donde se enseñan los elementos básicos del judaísmo en lengua hebrea. En su faceta pública, como profesor y como patriarca familiar, Shulem se presenta como un hombre profunda y rígidamente religioso. En la familia es quien dictamina lo que se hace y lo que no y quien recuerda las reglas del judaísmo a cada paso. Sin embargo, al mismo tiempo Shulem disfruta y mucho de placeres terrenales como la comida, el cigarrillo o el alcohol. Le encanta sentirse adulado y es el primero en volver flexibles las reglas cuando se trata de sí mismo. Por ejemplo, no tiene problemas en coquetear con su compañera de trabajo en el cheder para que esta lo invite a comer.
Lo interesante de Shulem, interpretado de manera formidable por el comediante Dov Glikman, es que es capaz de “acomodar” su religiosidad para que no choque con sus deseos. Puede ser rígido como la religión demanda, pero al mismo tiempo encontrarle la vuelta para poder hacer cada una de las cosas que hace, sin caer en un conflicto religioso. Es verdad que en ese sentido suele ser mucho más exigente con los demás que consigo mismo. En Shulem la búsqueda de los placeres (hasídicos, no lo olvidemos) siempre encuentra su camino. De hecho, los distintos aspectos de su personalidad aparecen claros en sus tres hijos, Svi Arye, Giti y Akiva, el menor. Son precisamente los vaivenes del más chico a la hora de buscar y encontrar esposa, el disparador de la primera temporada y una suerte de hilo conductor secundario en las otras dos.
Akiva Shtisel (bien Michael Aloni) es una suerte de judío reluctante: vive de acuerdo con todas las reglas religiosas sin cuestionarlas pero, como allá en el fondo le ocurre a su padre, no se muere de ganas de seguirlas. Para su comunidad, ser un buen judío es dedicarse en exclusiva a perfeccionarse en las lecturas sagradas y proponer algún negocio lucrativo cada tanto. Pero Akiva es un artista, un dibujante que muy rápido y entre un cúmulo de reticencias familiares y religiosas, descubre que su pasión más profunda es pintar. En el relacionamiento con sus eventuales futuras esposas (las parejas son decididas por un casamentero del barrio) es torpe e ingenuo. Sin embargo, a lo largo de la serie, Akiva irá trazando un camino afectivo en el que logrará hacer convivir ambos universos, el de las cosas que le demanda su religión y el de las cosas que desea más que nada en el mundo. Su hermano mayor, Svi Arye, de menor peso en la historia, es otro que se debate entre su vocación artística (cantante) y sus obligaciones religiosas y de manera más bien cómica (la serie tiene buena dosis de humor) se pasa las tres temporadas flotando entre ambas fuerzas centrífugas. La ambigüedad del patriarca se traslada no solo a Svi Arye, también a su esposa Tovi, quien irá ganando un interesante protagonismo.
Es en la hija de Shulem, Giti Weiss (maravillosamente interpretada por Neta Riskin), en quien se resumen los aspectos más dogmáticos y controladores del padre. Si en la primera temporada Giti fue abandonada por su marido Lipe Weiss (quien a la postre resultará ser lo más parecido a un judío secular), en la segunda y la tercera demostrará ser la autoridad en la pareja, con todos los conflictos que esto tiene. Choca con sus amigas, de quienes no quiere compasión, choca con Lippe, a quien acepta de vuelta en el hogar pero con la condición implícita de acatar lo que ella diga, y tropieza con las decisiones afectivas de sus hijos adolescentes. Por cierto muy bien también Shira Haas, la protagonista de Poco ortodoxa, como Ruchami Weiss, hija de Lippe y Giti en la ficción.
Además de los Shtisel a pleno, hay una galería de personajes y subtramas que enriquecen la serie. Amigos más bien borrachines, abuelas que descubren la televisión, novias y novios eventuales, tíos ricos que regresan de Europa (notable Sasson Gabai como Nukhem, hermano de Shulem), primos y primas que se enamoran, el constante roce con el mundo secular. El universo Shtisel es rico, repleto de dualidades enmarcadas en una rígida religiosidad que a la postre resultará ser más o menos adaptable a los muy humanos y terrenales deseos de sus protagonistas. Por supuesto, a ojos de un ateo como quien escribe, resulta un punto incomprensible que gente tan rica emocionalmente pueda dedicar su vida entera a cantar letanías sagradas. Pero ese es un problema que tenemos los ateos, no los personajes de Shtisel, quienes a la larga logran atravesar la maraña dual de vivir una religión como si fuera 1910, en el marco de una sociedad como la israelí actual, moderna y más bien secularizada.
La primera temporada de Shtisel se estrenó en 2013, la segunda en 2014 y la tercera, que es la que pretexta esta nota, apareció en Netflix hace un par de meses. Las tres son estupendas en su descripción de las vueltas de esa familia que puede parecer completamente ajena a nuestra realidad de país que separó religión de Estado hace más de 100 años pero que, llegado cierto punto, resulta humanamente cercana en sus vaivenes entre lo religioso y lo afectivo, entre lo colectivo y lo personal.