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Me inclino a pensar que don Gabo no se ofendería si le hacemos un guiño al título de una de sus célebres obras literarias para ajustar la temática a uno de los puntos más calientes de la campaña preelectoral en la que estamos inmersos: el sentido, la esencia, la definición y los alcances de la democracia.
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El avispero en torno a este tema siempre zumba a variados volúmenes, pero se alborotó en estas semanas cuando don Nicolás Maduro trancó fuerte, y dijo que tenía que ganar él, o él, y nada de Corinas ni demás cucarachas imperialistas para hacerle sombra a su aplastante y determinada candidatura.
Y no solo les trancó a las Corinas la inscripción en el registro, sino que, por las dudas, metió presos a todos los asesores y consejeros, a sus familias, a sus hijos, a sus nietos, a sus empleadas domésticas y a los perritos de la familia.
Desde este humilde rincón periodístico, y con la tenue esperanza de que pueda llegar a leerlo, le propongo a don Nicolás Maduro un sistema (que ya ha sido utilizado en otros países, pero que se ve que no se les ocurrió a sus asesores en esta oportunidad aplicarlo a Venezuela) con el cual podría zafar tanto de las tajantes críticas de dictador autoritario provenientes de los portavoces de la Coalición Republicana, como la de inventos de “trampitas”, como se le ocurrió al presidenciable frentista Yamandú Orsi bautizar a la aplanadora electoral chavista. Y le permitiría a su colega doña Carolina decir que en Venezuela hay competencia electoral, así que no sabe por qué los neoliberales andan diciendo que en Venezuela no hay democracia.
Y la solución es sencilla, y se resume en tan solo tres nombres propios: los de Nicolai Jaritonov, Leonid Slutski, y Vladislav Davankov.
Estos tres caballeros, respetables ciudadanos de Rusia, con credencial cívica al día y una impecable foja de servicios, un prontuario en blanco y unos antecedentes irreprochables, fueron los que compitieron con don Vladímir Putin en las recientes elecciones llevadas a cabo en Rusia hace menos de un mes: del 15 al 17 de marzo.
Don Nicolás Maduro —que exhibe entre sus no muy numerosas pero sí rimbombantes amistades internacionales una cálida relación con Putin— tan solo tiene que pedirle a Vladímir que se los preste a estos célebres competidores, sacarles credencial cívica venezolana, invitarlos a pasar unas vacaciones en la isla Margarita, con todos los gastos pagos y unos suculentos honorarios profesionales, y finalmente inscribirlos como competidores con él para las elecciones de julio.
Le pide al siempre listo Diosdado Cabello que les escriba unos discursos “opositores”, y que les enseñe a pronunciarlos en un español lo más parecido al que se habla en el gobierno venezolano, y estos tres muchachos le darían a Maduro el telón de fondo que precisa para ganar las elecciones con el 88% de los votos, igual que su colega ruso.
Lo bueno e interesante de esta solución, que sin duda le encantaría a Lula, devolviéndole la confianza que le tiene a Nicolás, ampliamente demostrada en la reunión cumbre del año pasado en Brasil, en la que lo presentó como el hijo pródigo, y que casi le había perdido cuando Macron y él lo criticaron a Maduro por las proscripciones (y después de firmar el contrato de adquisición por Brasil de cuatro submarinos nucleares franceses… ¿usted no sospecharía que había que criticar a Maduro si el francés lo hacía?).
Otras ventajas de esta democratización “estilo ruso” está por el lado de otros procesos democráticos que vienen medio demorados en esta región del mundo.
Los tres rusitos podrían ser luego contratados por Daniel Ortega, que hace años que se reelige solito, y las críticas del mundo libre y democrático le llueven sin piedad.
Arma unas elecciones con tres nuevos ciudadanos nicaragüenses recién llegados de Rusia (con una escala en Venezuela, donde fueron designados “ciudadanos venezolanos ilustres”), les da unas credenciales cívicas a Nicolai, a Leonid y a Vladislav, y se someten los cuatro a la libre expresión y voluntad popular, y resulta que Ortega gana con el 88% de los votos. Un impecable blanqueo y la devolución de la confianza del mundo. En fija que nuestro compatriota don Luis Almagro lo felicitaría, y le propondría un pronto regreso de Nicaragua al seno de la OEA, de la cual salió por la puerta de atrás hace ya unos años.
Y con la intimidad que caracteriza las relaciones entre Cuba y Rusia —fíjense que en estos días está llegando a La Habana un petrolero con 90.000 toneladas de petróleo ruso para aliviar la dura situación cubana que provocan los apagones en los que vive su población, una donación del amigo Putin—, bien que Díaz Canel y Raúl Castro podrían pedir que les prestaran también a los tres rusos portátiles para organizar una elección democrática, en la que la reelección de Díaz Canel proviniera de una contienda electoral.
Seguramente los EE.UU. levantarían los bloqueos, los embargos y todas esas medidas arbitrarias crueles y despiadadas que hacen que no haya en Cuba leche para los niños menores de siete años, y todo volvería a ser color de rosa en la nueva democracia cubana, en la que todos tienen derecho a votar a cualquiera de los cuatro candidatos, con la tranquilidad de que Díaz Canel ganaría con el 88% de los votos.
Capaz que hasta el pelado Abdala los pide prestados a los tres rusos después, para la próxima democrática elección en el PIT-CNT, con tal de seguir al mando, al menos hasta que consigan las firmas para el plebiscito…