En agosto del año pasado comencé un nuevo trabajo, dando clases de Historia Contemporánea y Literatura Sueca a alumnos de 18 años. Son grupos pequeños, de entre 6 y 17 alumnos, y eso permite un mejor diálogo y un mayor acercamiento.
En agosto del año pasado comencé un nuevo trabajo, dando clases de Historia Contemporánea y Literatura Sueca a alumnos de 18 años. Son grupos pequeños, de entre 6 y 17 alumnos, y eso permite un mejor diálogo y un mayor acercamiento.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMis clases preferidas son las de historia. Arrancamos con el auge del nacionalismo y el imperialismo en la segunda mitad del XIX, estudiamos el impacto de la Revolución industrial en estos procesos y seguimos con la I Guerra Mundial, el período de entreguerras y el surgimiento del fascismo y el nazismo. Sigue la II Guerra Mundial, los intentos de crear “organismos de paz” (la Liga de las Naciones primero y las NNUU después) y la Guerra Fría.
Como estudioso de la historia europea del 900, con treinta años de trabajo de investigación en archivos, y como testigo directo de buena parte de la Guerra Fría, suelo desarrollar reflexiones que no pueblan el limitado mundo de los libros de texto. Parto de la base de que mis alumnos son analfabetos y ya no me asombro cuando me preguntan quién era Mussolini.
Estoy frente a personas que, si bien curiosas, no tienen la más mínima idea de cómo era la vida (y me refiero a la vida en el mundo más cercano, es decir Suecia y Europa del norte) hace apenas 15 o 20 años. ¿Qué pueden saber, por lo tanto, de la Guerra Fría? ¿Qué pueden saber de cómo se vivía el día a día en la Alemania comunista? ¿Cómo pueden saber si una magistral película como Good Bye Lenin o la maravillosa serie alemana Weissensee son un retrato fiel de la realidad o un mero producto de ciencia ficción?
Este proceso de aprendizaje doble (ellos aprenden de mí, yo aprendo de ellos) me ha hecho comprender varias cosas, algunas anecdóticas y otras no. Entre las anecdóticas se encuentran el haber caído en la cuenta del fin silencioso de las largas columnas de camiones militares británicos cargados de tropas que yo debía pasar con el auto cada vez que atravesaba el norte de Alemania durante los 70 y los 80.
Otra imagen que había desaparecido de mi memoria sin que me hubiese dado cuenta es la de los ómnibus llenos de jubilados lisiados, con los cuales me topaba al hacer pausa en alguna cafetería a la vera de las autopistas alemanas. Al que no le faltaba una pierna le faltaba un brazo, el que no era ciego estaba en silla de ruedas. Eran un testimonio vivo de la guerra mundial. De pronto, y sin que yo cayese en la cuenta, ya no están.
Pero más allá de estas anécdotas, que sirven para ilustrar una época, están los descubrimientos de peso, los que verdaderamente importan. En primer lugar, el triunfo del pensamiento estúpido propio de lo políticamente correcto. La mentalidad del todos y todas. El fin de la libertad de expresión. La nueva forma de totalitarismo.
Se acabaron los negros, los indios y los homosexuales, por decirlo en pocas palabras. Quien quiera ser aceptado, y evitar posibles causas judiciales y severas condenas en el mundo fascista de las redes sociales, debe cuidarse de lo que dice, debe evitar expresar lo que hasta hace unos pocos años era cosa cotidiana.
El falso progresismo, una de las peores consecuencias de la Guerra Fría, nos impuso esta dictadura del pensamiento estúpido. Lo veo en la cara de mis alumnos cuando en mis clases llamo al pan pan y al vino vino.
Al comienzo, los alumnos se retorcían inquietos sobre sus asientos y no sabían cómo reaccionar. Hasta que aprendieron la lección y comienzan a expresarse, también ellos, liberados de los límites impuestos por la censura bienpensante. Ese falso buenismo.
No sé qué opina la rectora de mi línea pedagógica. Evidentemente nadie se la ha transmitido, pues de conocerla me hubiese citado a su escritorio para pedirme que “por el bien del colegio” modere mi retórica y me exprese de otra forma. A los alumnos, sin embargo, parece gustarles. He descubierto, con placer, que mis lecciones no se limitan al campo de la historia europea del 900 sino que a muchas otras cosas más. Me jubilaré en junio próximo, cuando el año escolar haya finalizado. Pero antes de ello intentaré ayudar a algunas docenas de jóvenes a liberarse de las garras de la imbecilidad que nos ha impuesto el falso progresismo.