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    La erudición no manda ni obedece

    Columnista de Búsqueda

    N° 1748 - 16 al 22 de Enero de 2014

    Normalmente se pensaría que el solo contacto con las materias del espíritu o la razón garantizaría su absorción; a partir del estrecho contacto con el conocimiento y el especial ahínco con que se busca la verdad en los laboratorios suele inferirse en los científicos una moral más elevada. Pero el desacierto no tarda en hacerse evidente, sobre todo si se contrasta con las tiendas del arte, donde nadie sería capaz de sostener que la belleza que los artistas persiguen y crean en mil aspectos posibles inunda sus vidas, que suelen estar llenas de amarguras y fealdades, mayormente imaginarios o inventados a tales efectos.

    William Hazlitt (1778-1830) no escribió directamente sobre este asunto, pero sí sobre uno vinculado: “Podría decirse [del docto] que lleva su entendimiento en el bolsillo, o lo dejó en casa, en los estantes de su biblioteca. Teme aventurarse en un razonamiento cualquiera, sea del orden que sea, o arriesgar una observación que no le fue sugerida mecánicamente al pasar sus ojos por un texto impreso. (...) Las facultades del espíritu, cuando no se ejercitan, o cuando entumecidas por la costumbre y la autoridad, se tornan indiferentes, tórpidas e inadecuadas para los fines del pensamiento o de la acción”. En “De la ignorancia de los doctos” (en Ensayistas ingleses, Océano), Hazlitt se despacha con un ofuscamiento del todo comprensible, porque semejante perplejidad es casi inevitable al descubrir personas que no pueden integrar sus muchas y muy valiosas lecturas a sus vidas privadas, aunque en este punto es de orden recogerse en las palabras de Voltaire: “¿Qué es la tolerancia? Es una consecuencia de la humanidad. Estamos hechos a partir de fragilidad y error; perdonemos recíprocamente nuestras tonterías —esa es la primera ley de la naturaleza”. Más que una necedad, no absorber el conocimiento de los libros y ponerlo a provecho de la vida misma, es muestra de una mutilación del espíritu, de una pobreza.

    A diferencia de los ignorantes, que tienen cierta vocación propagandística, los doctos de Hazlitt se caracterizan por su espíritu pacífico e inofensivo, y por ser moradores de las escalas tenues de la paleta de colores, pecado horrendo que el autor no cesa de impugnarles. Pero la vida de estos predicadores del sentido común y la moderación no está del todo exenta de poesía: también la tibia rutina de tardes silenciosas y suspendidas es capaz de productos fantásticos; no es sino de allí que surge todo Virgilio, la perfección formal de la “Divina Comedia” y más de una espaciosa metáfora de Jorge Luis Borges. Un mundo pletórico de paroxismos y revelaciones, una proverbial isla en que solo pudieran leerse los mejores versos de Hugo, todas las tragedias griegas, las novelas de Dostoievski y la filosofía de Hegel sería un lugar ciertamente hermoso aunque, sospecho, no el mejor de los mundos posibles, porque ya es sabido que necesitamos contrastes y desniveles —y una muy generosa dosis de tedio— para dejarnos anegar por la belleza, que es la mejor versión de nosotros mismos.

    Lo que antiguos y modernos coinciden en llamar psicagogia, o conducción de las almas (“la transmisión de una verdad que no tiene por función dotar a un sujeto de actitudes, de capacidades y de saberes, sino más bien de modificar el modo de ser de ese sujeto”, explica Foucault) efectivamente sigue ocurriendo, pero de modos misteriosos: aunque sería en todo punto preferible que los lectores pudieran apropiarse de las riquezas de los libros para enriquecer sus vidas sin mucha mediación ni error, por ahora solo es posible a escala universal en el plano de las metas educativas, y en este punto es prudente avenirse a las ideas en boga: el objetivo de toda buena educación infantil o adulta debe ser aumentar la permeabilidad de los campos de la experiencia y el saber, de modo que el sujeto pueda utilizar su vida para entender el arte, y recurrir a algunas emociones de origen netamente cultural y simbólico para elevar, decodificar o acompañar la vida.

    La clave para que arte y vida no estén disociados —para que el saber no quede en el estante y el literato perdido sin sus libros— es que el vínculo de aplicabilidad no sea explícito, esto es: el para qué de un saber no debiera ser directa o unívocamente aprehensible, y sí debiera apuntarse a la inmersión imperfecta del individuo en un cúmulo de lecturas, por aquello que los versos mal recordados, los personajes de novelas hace tiempo olvidadas, las cabezas sin cuerpos, los fragmentos perdidos de la memoria son el abono de la imaginación y del deseo, y resultan tan útiles y necesarios como los poetas de estrofas beige, la perecedera literatura policial, el tedio, las arvejas o la prescindible prosa de William Hazlitt.