N° 1975 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn un torneo que se ha transformado, día tras día, en una alienante “caja de sorpresas”, la prematura y sosegada clasificación de Uruguay para los octavos de final se enmarca dentro de la lógica más absoluta. Claro que ni en los cálculos más optimistas, podía esperarse que todo saliera tan a pedir de boca, como para que nuestra selección fuera la primera en lograr su pasaje a la siguiente ronda, ganando todos los partidos que jugó, y sin recibir ningún gol en contra.
Es que si hay algo que ha caracterizado la participación de Uruguay en las últimas ediciones de la Copa del Mundo es el padecimiento de jugadores (y aficionados) por ciertas circunstancias de juego o por resultados adversos, que comprometieron seriamente o aun impidieron su clasificación ya en la primera ronda de dichos torneos. De allí, lo llamativo y gratificante que, esta vez, todo haya sido plácido, sin angustias ni sobresaltos; pura y simplemente porque nuestro equipo pudo plasmar su superioridad frente a rivales potencialmente más débiles, tal como ya se había avizorado al conocerse la conformación de los distintos grupos clasificatorios.
Ello no obstante, en la columna anterior, tras la merecida segunda victoria celeste ante Arabia Saudita, se dijo que los cambios que el maestro Tabárez había introducido en el equipo, respecto al partido inicial, intentando mejorar el rendimiento de la zona central del terreno, no habían arrojado el resultado esperado y que, otra vez, faltó quien pudiera habilitar debidamente a Suárez y a Cavani.
En sus declaraciones después de ese cotejo, pese a su satisfacción por la victoria lograda —que dejaba a su equipo al borde de la clasificación— el técnico dio a entender que no le había conformado el rendimiento del mediocampo, no obstante las variantes que había ensayado entre el primer y segundo partido (llamativamente, ya a esa altura, había utilizado a ocho de los jugadores que se mueven, habitualmente, en ese sector de la cancha).
No extrañó, en consecuencia, que en el último partido ante el dueño de casa (previo al torneo, el más débil de los rivales, pero que llegaba a esta cita con el mismo puntaje que nuestra selección), Tabárez volviera a meter mano en la estructura de esa zona neurálgica, dándoles cabida a dos hombres de marca, como Nández y Torreira (a lo que se sumó la salida de Varela, el pasaje de Cáceres al sector derecho de la línea de zagueros, y el ingreso de Laxalt en el lateral que este ocupaba; además del cambio obligado de Coates por el lesionado Giménez, en la zaga central).
¿Qué nos dejó, en definitiva, este último partido de la serie clasificatoria? Antes que nada —y como ya se dijo— la satisfacción y la tranquilidad de haber obtenido, en calidad de invictos y sin goles en contra, el ansiado pasaje a la siguiente ronda. Y de un modo claro y contundente, ante un equipo que estuvo muy lejos de repetir lo hecho en los dos partidos anteriores. El prematuro gol de Suárez ya inclinó la balanza en nuestro favor, y el segundo, tras un remate fortuito y sin mayores pretensiones de Laxalt, junto a la casi inmediata expulsión de un futbolista local, le dieron a Uruguay, ya en la primera etapa, la absoluta seguridad de la victoria. Y, con el pitazo final del juez del partido, la inédita tranquilidad de que ya estábamos, antes que nadie, en la fase de octavos de final del torneo, en tanto muchos de los otros candidatos al título aún estaban penando por clasificarse a esta instancia.
No obstante —y discrepando con muchas opiniones— debemos convenir que, una vez más, aun en un marco tan favorable, nuestro equipo, si bien tuvo con Torreira una dosis de marca y recuperación de la pelota, en la zona media, que hasta entonces le faltara, volvió a mostrar las mismas carencias de partidos anteriores, en cuanto a la necesaria gestación del fútbol ofensivo. Incluso, con los cambios que Tabárez volvió a realizar en la etapa final de un partido ya liquidado. Tanto es así, que no les llegó, ni a Suárez ni a Cavani, ninguna pelota bien jugada, como para sacar el debido provecho a la reconocida capacidad goleadora de ambos (el gol de Suárez fue de tiro libre y el de Cavani, aprovechando un rebote del golero adversario, casi en la raya del gol).
¿Qué hará entonces Tabárez de cara a esta próxima fase? Esta recurrente e insatisfactoria rotación de jugadores, demuestra claramente que su propuesta originaria (insistentemente reclamada por buena parte de los aficionados y del periodismo especializado), pretendiendo dar un giro radical a la conformación y funcionamiento de la zona de gestación del fútbol ofensivo, no ha dado hasta el momento los resultados esperados (ni aun en esta cómoda victoria ante Rusia). Por lo que hasta cabría preguntarse si esa elogiable intención del técnico no podrá verse finalmente postergada en los decisivos cotejos que se avecinan.
Después de las dramáticas y cambiantes alternativas de la jornada del pasado martes (incluida la milagrosa resurrección del equipo argentino), nuestro rival en la próxima fase será el Portugal de Cristiano Ronaldo (quien debería estar radiado de esa cita, si el polémico VAR se hubiera interpretado correctamente, en el último partido ante Irán). Por unos pocos minutos, también pudo haberlo sido España, lo que no nos hubiera favorecido. Es que resulta más propicio a nuestro tradicional padrón de juego, el fútbol vertical lusitano que la habitual circulación de pelota de los españoles; que, además, tienen en sus filas a varios futbolistas de muy buen y parejo nivel. Portugal, en cambio, depende en grado sumo de Cristiano, y este es un viejo conocido de nuestros dos zagueros centrales (si es que puede reaparecer Giménez), que ya lo han enfrentado varias veces en la Liga de ese país.
Ya se señaló la necesidad —y la esperanza— de que, al fin, pueda lograrse el mejor funcionamiento en la media cancha, que procura tan afanosamente el maestro (¿por qué no con Urretaviscaya, quien aún no ha pisado la cancha?). Porque atrás estamos fuertes como siempre, y adelante, tanto Suárez como Cavani ya encontraron, aunque por las suyas, el camino del gol.
Mientras otras selecciones (como la irreconocible Alemania, actual defensora del título en disputa) ya están armando las valijas para marcharse a su casa, la nuestra sigue airosa su camino, en busca de llegar a una meta que no aparece tan lejana como al principio.
El ánimo está retemplado. Las ganas sobran, y la confianza también. Estamos bien, pero aún podemos estar mejor. Los rivales nos respetan y nos temen. No somos menos que nadie. Ahora viene la etapa de ganar o pegar la vuelta. Y sigo pensando lo mismo que antes de que empezara el Mundial: que ¡esta vez sí se puede!