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    La estrategia de Luis A. Lacalle, los ministros judíos de José Mujica y las diferencias por los desaparecidos

    Cuando se preparaba como candidato a presidente, Luis Alberto Lacalle se propuso “invadir dos troncos” que el Partido Colorado “creía que tenía como propios: el campo militar y el campo judío”. “En los dos me metí”, contó Lacalle al diputado y politólogo Fernando Amado para su libro “Mandato de sangre”, una investigación sobre la comunidad judía en Uruguay.

    En uno de los capítulos del libro, Amado analiza la relación de los judíos con la política uruguaya. Señala que tradicionalmente la comunidad judía estaba vinculada en su gran mayoría al Partido Colorado, al batllismo en particular y, en menor medida, al Partido Comunista.

    Pero esto cambió con la llegada de Lacalle. El ex presidente recuerda en el libro su primer encuentro con el Comité Central Israelita (CCI). En esa reunión lo primero que planteó fue “aclarar el malentendido” que había entre su “familia” y la colectividad judía. Lacalle se refería a las acusaciones de que su abuelo, Luis Alberto de Herrera, era pro nazi.

    “Yo me propuse que ese malentendido entre mi familia, el Herrerismo y la colectividad judía terminara, porque me había propuesto invadir dos troncos que el Partido Colorado creía que tenía como propios: el campo militar y el campo judío. En los dos me metí. Recuerdo, pobre Nahum Bergstein —querido amigo, coloradazo y batllista—, que una vez le preguntaron a quién votan los judíos en Uruguay, y dijo: ‘Antes de Lacalle a los colorados’. Pero no lo hice con esa intención, es que me pareció una lástima que nos estuvieran vedados los cuarteles, la opinión militar, y la opinión de la colectividad judía”, justifica Lacalle en el libro.

    Según Amado, Lacalle asegura que tiene sangre judía, que reza y que va a la sinagoga.

    El autor también señala que es el gobierno de José Mujica donde se da una mayor presencia de judíos en el gobierno. En tal sentido da cuenta de una charla entre el mandatario y Bernardo Olesker, presidente de honor de la Organización Sionista del Uruguay. “¿En qué gobierno tuviste tres ministros judíos?”, le preguntó Mujica a Olesker en referencia a Roberto Kreimerman (Industria), Ricardo Ehrlich (Educación) y el hijo de Bernardo, Daniel Olesker (Desarrollo Social). “¡Pero también me diste a (el canciller) Almagro, que todos los días me saca algo contra Israel!”, le respondió Olesker.

    “En estos dos últimos gobiernos, nunca hubo tantos jerarcas de gobierno de origen judío, ¡jamás!”, remarca por su parte Caros Kierszenbaum, director de la B’nai B’rith.

    Dictadura.

    En el libro, Amado también analiza cómo se movió la comunidad judía durante la dictadura (1973-1985). Saúl Gilvich, ex presidente del CCI, reconoció que pudo haber judíos que de forma individual hayan “colaborado con la dictadura”, pero no las instituciones judías.

    En tanto, el contador Moisés Cohen fue un “judío íntimamente ligado al gobierno de facto por afinidad ideológica”, sostiene Amado en el libro. “Yo, para bien o para mal, soy anticomunista. Pero además creo que en este país se ha cometido una injusticia muy grande con el Ejército: yo lo conocí mucho, estuve ocho años en el gobierno”, asegura Cohen.

    La comunidad judía se vio dividida luego por el tema derechos humanos. El hecho principal ocurrió en 1997, cuando Pedro Sclofsky, presidente del CCI, leyó un discurso durante el tradicional acto de agasajo a la prensa en el que se pronunció a favor de conocer el lugar donde fueron sepultados los desaparecidos en dictadura.

    Eso dividió a la interna del Comité Central, al tiempo que le generó un duro enfrentamiento a Sclofsky con el gobierno de Julio María Sanguinetti. “Renuncié porque no me sentí apoyado”, argumenta Sclofsky en el libro. Por su parte, el ex secretario de la Presidencia durante el segundo gobierno de Sanguinetti (1995-2000), Elías Bluth, comenta en el libro que sintió la referencia al tema que realizó Sclofsky como un “agravio” personal y al gobierno, que tuvo “consecuencias”: el alejamiento de Sclofsky de la presidencia del comité.

    Un referente de la colectividad que pidió que se mantuviera su nombre en el anonimato recuerda en el libro que en ese momento hubo “llamados de Presidencia a gente de la comunidad, Bluth…, inadmisible”.

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