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    La ficción social

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2080 - 16 al 22 de Julio de 2020

    Uno de los rasgos más interesantes del segundo capítulo de La acción humana, la obra central de Van Mises, estriba en su caracterización de los tomadores genéricos de decisiones en la realidad, esto es, de las personas comunes y corrientes, no de los economistas, no de los científicos sociales, no de los planificadores empresariales o estatales, no de los intelectuales al uso, sino del hombre que diariamente debe lidiar con sus decisiones domésticas, con sus pequeños dilemas, con sus expectativas, con sus temores, con sus límites, con su profundo y acaso fatal sentido de la inmediatez. Este individuo, dice el autor, dista mucho de ser una abstracción aislada, sino que es “hijo de una familia, de una raza, de un pueblo, de una época; miembro de cierta profesión; seguidor de determinadas ideas religiosas, metafísicas, filosóficas y políticas; beligerante en luchas y controversias. Ni sus ideas, ni sus módulos valorativos constituyen propia obra personal; adopta, por el contrario, ajenos idearios y el ambiente le hace pensar de uno u otro modo.”

    La cuestión es si esa pertenencia absorbe totalmente la capacidad de decisión individual, si devora la libertad del individuo o si solo es un aspecto que incide sin por ello enajenar la esfera de acción que discierne el tal sujeto. Observa Van Mises que ese hombre común prefiere ampararse en la opinión general y procede como la gente corriente. “Esa intelectual inercia —explica— es precisamente lo que le concede investidura de hombre común. Pero no por ello deja ese hombre común de elegir y preferir. Acógese a los usos tradicionales o a los de terceros únicamente por entender que dicho proceder le beneficia”. Sin embargo, hay un punto en el que su pasividad, su no pensada resignación, cede ante la necesidad de tomar decisiones; si bien es cierto que acompaña y hasta obedece por empuje, tradición y molicie intelectual, también es cierto que llega a un punto en el que se ve obligado a tomar decisiones propias. Dicho de otro modo: el hombre común practica determinados actos sin prestarles atención especial. Muchas cosas las realiza porque así fue educado, porque del mismo modo otros proceden o porque tales actuaciones resultan normales en su ambiente. Adquiere hábitos y reflejos automáticos. Pero, dice Van Mises, “cuando sigue tales conductas es porque las correspondientes consecuencias resúltanle gratas, pues tan pronto como sospecha que el insistir en las prácticas habituales le impide alcanzar ciertos sobrevalorados fines, rápidamente cambia de proceder. Quien se crio donde el agua generalmente es potable se acostumbra a utilizarla para la bebida o la limpieza, sin preocuparse de más. Pero, si ese mismo individuo se traslada a un lugar donde lo normal sea la insalubridad del líquido elemento, pronto comenzará a preocuparse de detalles que antes en absoluto le interesaban. Cuidará de no perjudicar su salud insistiendo despreocupadamente en la anterior conducta irreflexiva y rutinaria.”

    El paisaje que define este pensador implica casi literalmente que la sociedad no es más que la combinación de individuos para el esfuerzo cooperativo y este se funda exclusivamente en las acciones de hombres individuales, siendo vano o ilusorio buscarlo en las abstracciones universalistas; invocar la existencia autónoma e independiente de una sociedad como una sustancia que es un algo determinado es, en su opinión, una metáfora que fácilmente puede conducir a errores groseros como desdichadamente ha ocurrido. Sin embargo, hay una doble condición que sí puede reputarse como común, como forzosamente previa y por lo tanto como postulado de toda la apertura que formula el filósofo, a saber: el principio de causalidad y el principio de teleología; esto quiere decir que Van Mises asume que cada agente del universo llamado mercado está dotado a priori de las mismas capacidades de razonamiento. Estas son capacidades “comunes a todos los hombres”.

    Para establecerlo de manera más directa y quizá superficial: el análisis de la sociedad es el análisis de los modos de decisión de las personas; la economía no es un área de elementos materiales objetivos, sino de decisiones de individuos que compran, venden, esperan o se apresuran, compiten y a su modo, torpe o sofisticado, calculan posibilidades y ganancias. Extraer verdades que excedan este encuadre es incurrir en los dominios de la imaginación.