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Desde un tiempo atrás se viene reiterando el planteo de que el Partido Colorado (PC) y el Partido Nacional (PN) tienen que conformar una coalición electoral a nivel nacional. Por si acaso aún puede haber quien no lo tenga claro o se confunda con el balotaje, la coalición electoral implicaría que ambos partidos voten como mínimo a un mismo candidato presidencial bajo un mismo lema, renunciando a los propios. Al respecto señalamos:
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1) La propuesta se realiza como que es sumamente natural, algo obvio eximido de mayores demostraciones de pertinencia. Asistimos a un intento de convertir la propuesta en “sentido común”, es decir, un tema que por asentarse en las conciencias muy pronto ni siquiera merezca debatirse. Los uruguayos —y especialmente los colorados, que con la historia reciente y la aprobación de nuestro patrimonio ideológico tenemos dos buenos ejemplos— sabemos muy bien cómo se hace y qué trae aparejada la construcción de una pretendida realidad, como para que no surja en alguno de nosotros la necesidad de resistirse. Necesidad que crece cuando advertimos que con aire inocente se sostiene que la propuesta no tendría consecuencias de ninguna especie sobre la identidad y perfil de, para el caso que no interesa, el PC. Serán más o menos relevantes esas consecuencias según cada quien, pero no se puede negar que las habría.
2) La propuesta no tiene nada de novedosa. Se inscribe en una línea de larga duración de la historia nacional (y la “política de fusión” es apenas un mojón en ella) que sostiene que entre el PC y el PN no existen diferencias sustantivas y que, como consecuencia, de una u otra manera, es necesario “superar” la división ficticia entre ellos. Doctrina que, digámoslo con claridad, en todos sus intentos de concretarse fracasó siempre. Fracasó porque, además de su capacidad de supervivencia y arraigo social, se subestimaron las diferencias de mentalidades, sensibilidades y sustrato ideológico entre colorados y blancos. Por otra parte, resulta curioso que algunos colorados y blancos terminen sosteniendo algo parecido a lo que el Frente Amplio (FA) predica desde su fundación: los partidos tradicionales son una misma cosa, en esencia no son diferentes. El frenteamplismo se refriega las manos esperando que el tiempo le haya dado la razón. Mientras tanto, nosotros no parecemos reparar demasiado en los riesgos que entraña esta paradoja.
3) La propuesta se fundamenta en que no existirían entre el PC y PN discrepancias esenciales de principios, ideas y propuestas programáticas, por lo que las diferencias entre ellos solo sería posible remitirlas a cuestiones del pasado. Si las diferencias son solo cuestiones del pasado habría que verlo (como si el pasado fuera solamente ésta o aquella batalla) pero, en cualquier caso, de lo que se trata es determinar el sentido de ese pasado, lo que deliberadamente se desprecia. Es cierto que la aparición del FA significó para ambos partidos tradicionales encontrar en esa fuerza política un nuevo referente opuesto, que antes radicaba exclusivamente en el otro. Aún entendiendo que “la” referencia opuesta para colorados y blancos pueda ser el FA y no tanto el otro partido tradicional, especialmente en materia de prácticas republicanas, de ningún modo las diferencias entre colorados y blancos se esfumaron al punto de tornarse inocuas. Con el FA en la lid electoral, acercándose al gobierno o ejerciéndolo, las campañas electorales pos dictadura del PC se realizaron marcando las diferencias tanto con el FA como con el PN. De mil maneras distintas afirmamos que una cosa era que gobernaran los colorados y otra los blancos y que los primeros nos encontrábamos (como siempre) en el centro político, entre los populistas y los conservadores.
En todo caso, las reales o supuestas similitudes con el PN, aunque haya quienes lo consideren como un dato positivo, por el contrario para los colorados son justamente el problema. Los blancos no piensan ni sienten igual que los colorados y los primeros lo recuerdan cada vez que pueden (actualmente, no en el pasado) cuando continúan denostando al batllismo. Las afinidades con los blancos, por lo menos al grado que algunos se lo dan a entender a la ciudadanía, contribuyeron a desdibujar nuestro perfil ideológico, lo que se encuentra directamente vinculado a nuestra pérdida de votos respecto al caudal electoral de otrora. Esta es una perspectiva que los colorados no nos hemos detenido a considerar seriamente.
4) La propuesta se entiende como un sinceramiento del sistema dado que un sector de la ciudadanía se muda del PC al PN o viceversa, entre elecciones nacionales o entre una nacional y la municipal subsiguiente. Si bien nadie niega la relevancia de este trasiego, el análisis es parcial ya que no contempla debidamente la fuga de votos en beneficio del FA. Estudiado el crecimiento electoral del FA desde su fundación hasta que alcanzó el gobierno, quedó en evidencia que el clivaje etario y la renovación demográfica del electorado (a mayor edad, más voto tradicional; a menor edad, más voto frenteamplista) explica solo el 50% de ese crecimiento. El otro 50% se explica porque el elector cambió el voto, es decir, votaba colorado y pasó a votar FA. Por lo tanto, si hablamos de “corrimiento” electoral, la cuestión es a qué trasiego de votos deberíamos prestarle más atención.
La teoría de los bloques, tal como se plantea, supone petrificar el sistema de partidos. Lo que, sin duda, le conviene al FA, pero también al PN que tiene muy claro que está topeado por razones históricas, sociales y culturales. Al que no le conviene bajo ningún concepto es justamente al PC que, por las mismas razones, es el único que tiene la capacidad de desplazar al FA en las preferencias mayoritarias de la ciudadanía.
Para finalizar. Para aquellos que la hacen, la propuesta tiene un presupuesto básico: que la actual correlación de fuerzas para los próximos períodos electorales se mantendría. No hay nada en la teoría ni en la evidencia empírica que lleve a pensar que las preferencias de la ciudadanía son inmutables, En los últimos años los colorados demostramos que con pujanza y personalidad —abandonando la apariencia de furgón de cola— es posible recuperar protagonismo y capacidad de convocatoria. La propuesta de coalición electoral entre los partidos tradicionales es una forma de renunciamiento. Y no hay peor derrota que la mental.