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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEstamos llegando a los nueve meses de pandemia y se nos escapa el orgullo que todos teníamos. El mundo entero hablaba de nosotros, querían saber cómo un país, desconocido para muchos, lograba llevar airoso la batalla contra el Covid-19. La “libertad responsable” era nuestra bandera. Fuimos de los primeros en suspender la educación presencial, cerramos todas las actividades que no fueran imprescindibles, pese a que el parate económico nos iba a marcar y mucho. El presidente, junto con su equipo, tomó la decisión de apoyarse en un grupo asesor científico honorario (GACH) encabezado por tres prestigiosos especialistas, reconocidos mundialmente, y además desarrollamos nuestros propios kits de testeo para no depender de importaciones que nunca llegarían debido a la alta demanda mundial. Hubo noches de aplausos, canciones solidarias y hasta jornadas enteras con cero casos positivos. Los centros de salud, en especial los CTI, permanecían casi vacíos de infectados. De a poquito, gracias a los logros de todo el pueblo, se fueron abriendo las canillas económicas y comenzó el lento pero seguro goteo. Mientras el mundo científico corría detrás de una vacuna se nos dijo que “la primera” ya la teníamos y constaba de tres dosis simultaneas: usar tapabocas, mantener distanciamiento físico y realizar higiene con alcohol en gel. Excelente vacuna, es indolora y de fácil aplicación. Se crearon cientos de protocolos y los números seguían de nuestro lado, todo era respeto y solidaridad. Un crucero enterito de virus se logró contener y repatriar junto con miles de uruguayos que andaban deambulando por aeropuertos. Era todo casi perfecto, ni semana de turismo tuvimos, pero éramos solidarios y gozábamos de nuestra libertad.
Pero, siempre hay un pero, nos empalagamos y en dos meses empezamos a hacer agua. Primero florecieron las protestas sindicales, las marchas y las fiestas clandestinas. Por las noches las plazas y parques recibían la visita, sin ninguna protección, de cientos de jóvenes que pululaban entre música y alcohol. Con rapidez los estigmatizamos y fueron declarados culpables de todo nuevo contagio. Los infectados jóvenes no sufrían mayores problemas, pasaron a ser los “asintomáticos irresponsables”. Como el virus no sabe de centralizaciones se dispersó por el interior y afectó con brotes en Rivera, Treinta y Tres y Cerro Largo. Quienes parecían inmunes, menores de doce años, también se infectaron y varios colegios y escuelas debieron cerrar sus puertas. La semana pasada se divulgaron números de inspecciones del Ministerio de Trabajo y con sorpresa vimos que el 60% de las mismas muestra irregularidades. Los comentarios más recurrentes son que “la cosa se desmadró, estamos en el horno, cuarentena ya”.
Castigamos duramente a la juventud, pero resulta que no están solos, muchos grupos de diferentes edades están incumpliendo con las medidas elementales, se han dejado de lado los protocolos y los más serio es que se ha perdido el miedo. Los contagios han aumentado exponencialmente y apuntan a no detenerse, en un par de semanas pasamos de querer permanecer en la zona verde a no perder la amarilla, vamos camino al descontrol y eso fue lo que detectaron desde el gobierno junto con el grupo de científicos del GACH.
Durante el fin de semana pasado comenzó a rumorearse que se tomarían nuevas medidas, ajuste de perillas dando marcha atrás lo necesario. De inmediato saltaron los pregoneros del desastre pidiendo un paquete que incluyera cuarentena obligatoria con cierre de centros educativos, actividad comercial, fronteras y hasta toque de queda nocturno. Quienes reclaman estas acciones son, en su mayoría, los que después reparten acusaciones por la afectación en la economía y piden acceder a más préstamos internacionales, renta básica, seguros de paro, prohibición de despidos y otras medidas demagógicas que pueden ser pan para hoy y hambre para mañana. El gobierno busca un equilibrio y debe trabajar con la mente fría, asesorado en todo momento por la ciencia, para tomar medidas que en realidad darían sus frutos recién en 15 días. Para lograr esto balancea algunas obligatorias, de imposición, y exhortaciones. Entre las primeras se ha decido que en el ámbito público se vuelve al teletrabajo, suspender toda actividad deportiva en lugares cerrados (los vestuarios son un caldo de cultivo), cierre de bares y restaurantes a las cero horas, control estricto al servicio de transporte para que cumpla el protocolo (uso de tapabocas y cantidad de usuarios). También se suspenden los actos de fin de curso y habrá un mayor control en las fiestas autorizadas para que no sobrepasen el aforo y se cumplan los protocolos. Habrá una férrea persecución a las fiestas clandestinas. Entre los exhortos el principal es evitar las aglomeraciones, que son un riesgo muy alto frente a un simple paseo familiar por la rambla. Debemos seguir utilizando tapabocas que cubra la nariz también distanciamiento físico e higiene.
Ahora hay que ponerse las pilas y cumplir. Cumplir nosotros y hacerle cumplir a los demás, ya sea dialogando o denunciando lo que esté fuera de lugar. La oposición también debería tomar cartas en el asunto y no solo dedicarse a reclamos y quejas. No vendría mal que algunos referentes, si los hay, manden mensajes a los militantes y votantes de su fuerza política desestimulando actos, concentraciones, manifestaciones sindicales y demás actividades que puedan afectar la salud de todos. Los controles que llevará a cabo la IM en las ferias por las fiestas van en esa línea, el dejar a la mano de Dios las comparsas barriales no va en la misma línea.
Si las fiestas de fin de año nos encuentran solos, si en el verano se suspenden las vacaciones o no podemos ir a la playa los fines de semana, si no podemos hacer la zafra, todo será por nuestra culpa. Si tenemos que volver al “quédate en casa” y otra vez alejarnos de nuestros seres queridos, amigos y actividades laborales, será por nuestra culpa. No busquemos un chivo expiatorio, no le echemos la culpa a los jóvenes, ni a los cuarentones o cincuentones, no le echemos la culpa a nadie porque ella es nuestra. Está exclusivamente en cada uno de nosotros sobreponernos y volver a estar orgullosos de nuestras acciones con números envidiables para el mundo.
Una envión más es lo que nos separa del faro iluminado que espera en abril con la llegada de la vacuna. De nada sirve festejar los 15 años, un casamiento, un asado con amigos, emborracharse en una plaza si para todo esto debo lamentar la pérdida de vidas humanas entre las que pueden estar nuestros seres más queridos. Recapacitemos y no cerremos los puños, abramos las manos y juntos, con distanciamiento, caminemos con salud.
Sergio Barrenechea Grimaldi
Egresado de la Escuela de Periodismo
de Búsqueda, primera generación (2018)