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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa imagen de las mochilas, instalada en ámbitos militares por un profesor de Historia, nos hace pensar en la función que cumplen estos accesorios de la vestimenta. Se trata de bolsos con asas adecuadas para ser cargados sobre los hombros y apoyados en la espalda. Se trata de una solución ingeniosa para cargar con aquellos elementos necesarios, de una manera cómoda y en esencia práctica. Regreso a la imagen y al trasladarla hacia la dimensión donde la vida se manifiesta, reconozco que todos portamos una mochila y entonces pienso: lo que nos diferencia a los hombres es esa capacidad de asumir la carga. Más allá de la anécdota, la audacia del profesor Gerardo Caetano, alimentada por el general Gerardo Fregossi, comandante en jefe del Ejército y el poder político representado en el ministro de Defensa, Javier García, alarma en la medida que enseña que el relato de la historia ha hecho carne en ellos, convirtiéndolos en actores de reparto para una narración que quiebra al espíritu de la nación.
El relato no refiere a la narración de la historia, sino a una interpretación de ella. De allí el peligro que trae consigo. No es casualidad que los colegas serios del profesor Caetano establezcan la necesidad del tiempo para el análisis de los hechos históricos, establecen el eje en 50 años, solo el paso del tiempo nos salva de las influencias ideológicas que definen, inevitablemente, todo relato. Llama la atención que la consolidación del relato sesgado que promueven los partidarios de la ultraizquierda despunte en momentos en que la sociedad uruguaya optó por otro camino, luego de 15 años de gobierno pleno del Frente Amplio. Parece que se trata de otro desajuste de ese conglomerado conformado por opciones ideológicas que insisten en mantener encendida esa llama que en el mundo ya lleva décadas apagada. Sospecho que los protagonistas de nuestra historia reciente, tupamaros y militares, ya habían zanjado sus diferencias y asumido la necesidad de dar vuelta la página y no todos estaban de acuerdo con eso.
En los últimos años el peso de esa profunda y larga noche que vivió nuestra sociedad con el proceso cívico y militar significó una suerte de depreciación de la actividad militar y un consecuente desprecio por quienes la integran. Y esa situación llama la atención, por injusta, sesgada y de manera muy particular, por afectar premeditadamente la paz social y la reconciliación nacional que todos sin excepción vocean como un deseo tan supremo como inalcanzable. La peripecia familiar me involucra con el proceso que actualmente viven viejos soldados que en los años setenta integraban una generación de jóvenes que iniciaban sus carreras en la fuerza al mismo tiempo que se desataba la lucha contra el terrorismo que asolaba al gobierno democrático de nuestro país. Aquellos jóvenes que entonces eran alférez o tenientes, sin responsabilidades vinculantes, hoy son procesados y detenidos en relación con casos que la Fiscalía especializada abre y no puede cerrar, los responsables de los casos investigados fallecieron. Fueron debidamente identificados, las pruebas de su responsabilidad en los hechos son claras, pero sucede que no pueden ser detenidos. Por esa razón se ha desplegado una suerte de estrategia que consiste en perseguir una lista que siempre encuentra oficiales sobrevivientes que o bien prestaban funciones en el lugar donde se registraron los hechos o estaban en la vuelta. Poco importa si tuvieron algo que ver, son militares, se presume entonces que son responsables. No se trata de hallar verdades y hacer justicia, sino de cerrar expedientes y presentar procesamientos.
Afectado familiarmente por un procesamiento en línea con esa descripción termino por enterarme de al menos treinta situaciones iguales. Viejos soldados que, con orgullo, lejos de disimular su condición de militares la exhiben con honra fuera de lo común. Han aceptado con resignación esa suerte de empecinamiento con el cual son procesados, imputados de delitos inexistentes al momento en que se determinan se cometieron, que además no cometieron y agravados por la categorización de lesa humanidad, algo realmente espantoso. En su digna actitud se percibe un dejo de tristeza en sus miradas, se saben solos. Ese espíritu superior que siempre los amparó, alentándolos a cumplir con su deber hoy no está. Las Fuerzas Armadas que los prepararon, motivaron e instalaron en medio de una realidad histórica de consecuencias insospechadas, hoy mira hacia otro lado y los descarta. No se quejan, pero en su mirada cargan con ese abandono inexplicable. La hora es dura, pero no más que cuando debían salir de patrulla arriesgando la vida, pero entonces no estaban solos.
Aquel relato parcial, alimentado por años de silencio desde las Fuerzas Armadas y por la incierta actitud del sistema político que en su accionar se descansó en el imperio de las normas consagradas en la Constitución que establecen el respeto por las decisiones del soberano, nos exhibe a una sociedad que no se alejó lo suficiente de los hechos, con lo cual estos aún son incómodos. La falta de visión de militares y políticos hizo posible que el desenfreno de un sector pasara por arriba de dos consultas populares claras y contundentes, la última de las cuales se concretó veinte años después que la primera. Entender que el empecinamiento de la izquierda por torcer voluntades obedece a un plan, cada día se hace más necesario para comprender los tiempos que vivimos. Ignorarlo nos instala a la deriva y significa que continuaremos viviendo en una nación resquebrajada. Como hasta ahora.
La dinámica social y cultural que anima a los promotores del relato es clara. Se trata de revisar el sistema representativo de gobierno, esencia de nuestro sistema republicano. El recurso de la consulta popular es extremo y así está establecido en nuestra Constitución. Se reserva como instancia para determinados asuntos que por su gravedad ameritan el pronunciamiento directo del soberano. En el caso de lo sucedido en los años sesenta y setenta, nuestra sociedad se manifestó primero a través de sus representantes. Así nacieron la Ley de Amnistía primero y la de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado después. No se trataba de olvidar, sino de construir una sociedad mejor desde el inmenso dolor vivido. Los legisladores de la recuperada democracia votaron por el perdón como una solución posible para zanjar, definitivamente, un pasaje luctuoso en la vida de nuestra nación. La delicadeza del tema y la posición de una minoría ameritaron una consulta popular que claramente ratificó el rumbo. Pero no fue suficiente, aquella minoría aún sostenía su oposición ante lo resuelto por la mayoría. Veinte años después fue necesaria otra consulta que, con el paso del tiempo, como ingrediente adicional, subrayó la decisión tomada. Y ¿cuál fue la respuesta de los pocos que no estaban de acuerdo? La negación. Una minoría absoluta aprovechó circunstancias políticas efímeras para apelar al sistema negado al convocar los referéndums ya mencionados y sancionó una ley interpretativa que, como corresponde, el resto aceptó como se acepta lo políticamente inevitable en la vida de una república. Pasado el tiempo, aquella mayoría relativa en el Parlamento, a la que apeló la izquierda para torcer la voluntad popular, se desintegró para ser sustituida por otra conformada por cinco partidos políticos alineados en torno a un proyecto de país definido, básicamente, por oposición a lo vivido en los últimos quince años de imperio frenteamplista. Y muchos nos quedamos esperando que, en este tema, intervinieran. Entender el silencio de la coalición multicolor en este tema, también es necesario para comprender los tiempos que vivimos. El relato paraliza y nuestros líderes se pierden en la especulación entre lo que corresponde y lo que genera votos. Y en el medio, se pierden valores, se hipoteca futuro y se convalidan antecedentes delicados, como el avasallamiento del Debido Proceso en los procedimientos judiciales, con lo que todos los ciudadanos quedamos expuestos al capricho de la ideología dominante en los ámbitos judiciales.
Los procesamientos con régimen de prisión preventiva para los viejos soldados, sobrevivientes de los años crueles, se vienen produciendo a partir de la convicción de fiscales y la anuencia de los jueces. Esto es, sin pruebas. Muchos de estos protagonistas están públicamente asociados a partidos políticos cuya ideología sostiene al relato, ninguno ha rechazado causas por su compromiso ideológico y las denuncias públicas de estos vínculos no movilizó a la estructura judicial. El caso de la Dra. Guianze resulta paradigmático al respecto.
Leer los fallos conmueve, se determinan procesamientos sin pruebas, el rumor, los trascendidos periodísticos y la adhesión a distintos convenios internacionales reemplazan las pruebas de los hechos imputados. En buen romance, la mayoría es procesada a partir de la convicción de los jueces y fiscales y esto, que parece la justificación de un trámite administrativo, es grave. Refiere al honor y la libertad y queda en manos del humor o la ideología de quienes imparten justicia. Y todo, irónicamente, en nombre de la verdad.
El empecinamiento del relato resulta contundente, tanto como para llevarse puesto también a los recursos que invoca y sobre los cuales se para. En el caso de los tratados internacionales, se sirve de ellos para cambiar carátulas y establecer nuevas configuraciones, pero ignora la claridad con la cual se establece su condición no retroactiva. Nuestros relatores viajan en el tiempo con la misma impunidad que pretenden castigar. Y por alguna razón que confieso se me escapa, no existe recurso alguno que pueda revertir este tema, salvo una decisión política. Todos los argumentos se caen ante un muro de necedad que impone un imperio de terror en tiempos de paz. La corporación judicial se alineó en torno al relato, la coalición de gobierno, como corresponde, respeta la separación de poderes y la izquierda radical, que supone una minoría absoluta en el ámbito de la oposición, se regodea ejerciendo hoy más poder que cuando integraban el gobierno. El dato curioso surge de la respuesta de los cinco partidos que hoy conforman el gobierno, que exhibe sutiles niveles de fragilidad.
Regreso a las mochilas del profesor Caetano, del comandante en jefe del Ejército y del ministro García para advertir que en realidad se trata de otra cosa. Al promover el olvido están negando el pasado y eso nunca es bueno. Me preocupa lo que pueda existir detrás de ese gesto, un sistema social y político no republicano, por ejemplo. En este contexto la actitud del presidente de la República, capitán de una coalición de gobierno comprometida con las ideas republicanas, corre el riesgo de operar como cómplice para un crimen institucional que solo la historia podrá aquilatar en su real dimensión.
En los hechos, nuestra sociedad hoy opera formalmente como una democracia plena, pero mantiene presos políticos, rehenes de un relato caprichoso y sesgado que solo puede entenderse como peaje hacia una realidad no deseada sobre la cual, expresamente, la ciudadanía se ha manifestado claramente. Entonces, ¿cuál es el plan?
Diego Flores