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    La historia reciente y su enseñanza en Secundaria

    Sr. Director:

    Dos hechos se han suscitado en los últimos días en relación con la llamada “historia reciente” y su enseñanza en Secundaria. Una historia que abarca el período 1963-1985, por lo que de reciente tiene muy poco. Por un lado, la inclusión de un libro del expresidente Julio María Sanguinetti La agonía de una democracia: proceso de la caída de las instituciones en el Uruguay, 1963-1973 (2008) dentro de una bibliografía (de 30 textos) de apoyo a los docentes en Historia de 3er año (futuro 9º, en la actual transformación educativa) y la exclusión de un texto del historiador Carlos Demasi sobre la misma temática. Esta decisión de las autoridades educativas despertó la inmediata crítica de un grupo de historiadores y docentes que consideraron la medida como inapropiada y en sentido contrario al deber ser de la disciplina.

    Esta actitud corporativa deja en evidencia que el tema de marras sigue despertando una alta sensibilidad, impregnada de connotaciones ideológicas, y que, por tanto, causa una reacción desproporcionada ante la incorporación de una mirada distinta dentro del relato dominante establecido en las últimas décadas. En principio, esa bibliografía de apoyo no es obligatoria sino solo una guía para los docentes de ese programa. Además, se incluyen libros con distintas interpretaciones y enfoques incluyendo un texto del propio profesor Demasi con otros autores. En los hechos cada docente leerá los libros que entienda más apropiados a cada tema sin importar la inclusión o no en dicha lista. En lo personal y como docente de Enseñanza Media que aborda estos temas comparto la idea de incluir todas las miradas posibles (en ese sentido el libro de Sanguinetti es un valioso aporte) en una temática donde siempre se aprende algo dada la complejidad del período analizado y los múltiples factores intervinientes en la caída de la democracia uruguaya. La mayoría de los textos referidos a esa época son escritos por protagonistas de esta, ya sea como ministro de Estado, legislador o periodista (caso de Sanguinetti), como dirigentes o militantes políticos, sindicales o gremiales, integrantes de las Fuerzas Armadas, del MLN Tupamaros o de cualquier otra actividad. Todos aportan su visión y la calidad del texto —y su aporte al conocimiento histórico— estará en función de su fundamentación, la coherencia de sus argumentos y análisis, los documentos o testimonios expuestos, la honestidad intelectual del escritor, y un largo etcétera. Poco importa la aproximación ideológica del autor si lo que el texto busca es esclarecer los hechos basado en los documentos disponibles y fuentes confiables. Que sea historiador, político, periodista o simple escritor no debería establecer una jerarquía sobre quién se acerca más a la verdad histórica, por suerte un objetivo deseable pero inalcanzable que nos pone a resguardo de cualquier tentación totalitaria en la educación y en la cultura.

    El segundo hecho que irrumpió sobre este tema fue la declaración del Sr. ministro de Educación y Cultura, doctor en Filosofía, Pablo da Silveira, manifestando su desacuerdo con dar estos temas en Secundaria dada la cercanía temporal de este proceso histórico y su alta sensibilidad.

    Esta “historia reciente” se inscribe en una historia universal que recibió la denominación de Guerra Fría (1945-1991). Tema incluido desde hace años en los programas de Historia de 3º en ciclo básico (9º a partir del próximo año), en 1º y 3º de bachillerato (reformulación 2006), y cuyas derivaciones ideológicas, políticas, sociales, económicas y culturales constituyen la columna vertebral para entender el siglo XX. Amputarse dar las derivaciones de la Guerra Fría en Uruguay sería exponer a la disciplina a una irrelevancia tal que llevaría a los estudiantes a cuestionarse qué utilidad puede tener una materia que no se atreve a desentrañar (a explicar) el proceso político más traumático del Uruguay contemporáneo (siglo XX), donde sus padres y abuelos fueron protagonistas obligados. Si algo marcó al Uruguay en esos “años calientes” (1963-1985) fue que pese a toda la crisis que el conflicto deparó terminó triunfando la libertad y la democracia, valores que el sistema educativo hace suyos y que definen a toda la sociedad desde 1985. El caso uruguayo y de gran parte de la región anticipó lo que a escala mundial (principalmente en el mundo Occidental) aconteció pocos años después: la caída del oprobioso Muro de Berlín (1989), símbolo del fanatismo ideológico que caracterizó a todo el conflicto, el fin del “socialismo real” y la afirmación de la libertad como principio irrenunciable.

    Pongamos todas las miradas a disposición del estudiante, sin miedo y sin pretensiones de relatos hegemónicos que quieran cuidar como coto de caza verdades absolutas, propias de dogmatismos, reñidos con la característica que más define a la disciplina: su permanente revisión. No subestimemos a nuestros estudiantes, cada vez con más acceso a las fuentes del conocimiento. En sus celulares portan bibliotecas enteras y un sinnúmero de medios audiovisuales de todos los temas tratados en el aula (además del implacable “profesor Google”). Está en el docente despertar el interés del educando en cada asunto tratado. Trasmitamos la importancia de analizar todas las fuentes (aun aquellas cuya interpretación no compartamos), de valorar un libro de contenido histórico sin importar la afinidad ideológica, partidaria o la trayectoria del autor, de saber que cada texto, cada video, cada testimonio, cada docente aportan una parte de conocimiento, una parte de verdad, que solo el esfuerzo persistente de analizar todos los aspectos posibles nos podrá acercar a la comprensión de un proceso histórico, objetivo de la disciplina. Busquemos que nuestras clases de Historia despierten el espíritu crítico, una herramienta fundamental para un ciudadano comprometido con la sociedad y en búsqueda de aportar soluciones a los problemas más acuciantes. Por último, que la educación uruguaya genere en cada estudiante el mayor respeto por la libertad de expresión y de pensamiento.

    Mauro Manini

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