N° 1727 - 22 al 28 de Agosto de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos arrebatos demagógicos y el siempre enojado despotismo de Hipólito Yrigoyen fueron premiados con el descrédito y el hartazgo de vastos sectores de la sociedad argentina. El primero que acusó esas diferencias fue Marcelo Torcuato de Alvear, el otro hombre fuerte de la Unión Cívica Radical, quien pese a una antigua amistad, rápidamente tomó distancia de la pronunciada curva de errores que definieron los últimos años de una gestión errática. En diversas provincias dirigentes de su propio partido resistieron –y pagaron muy caro por ello, aun con la vida— los avances de una política condenada al fracaso y la división de las energías nacionales.
En este proceso se produce una alianza de hecho entre dos temperamentos diferentes: por un lado un militar de buena estirpe y fuerte influencia en la política, José Félix Uriburu, sobrino del presidente del mismo apellido, y por otro lado, el más importante intelectual de la Argentina en esa generación, Leopoldo Lugones, poeta invencible, narrador, ensayista, animador como pocos de la vida y de la conciencia cultural, fundador junto a Horacio Quiroga de la Sociedad Argentina de Escritores. Uriburu, como innúmeros oficiales, como la mayoría de la población, ve con pesadumbre la pendiente por la que se desliza el país desde ese fatídico año de 1928 en que Yrigoyen inexplicablemente volvió al gobierno. Lugones fue evolucionando con mayor impaciencia hacia una formulación nacionalista y autoritaria de la política; sus antiguas devociones masónicas y liberales poco a poco se fueron defraudando por imperio, precisamente, de los sucesivos reveses que observó en la política dominante.
A diferencia de lo que expresa Marx, no es la violencia la partera de la historia, sino la cultura, el campo del espíritu, el prestigio del pensamiento. Para que la violencia triunfe y pueda cambiar la historia, ha de haber antes una identificación de objetivos y un ambiente intelectual que favorezca la posibilidad de una revolución. La ocasión se le presentó a Lugones en 1926, al cumplirse el centenario de la Batalla de Ayacucho, cuando el presidente Alvear le encomendó con todos los honores ir a Perú para dar una conferencia en nombre del gobierno. Era la consagración definitiva al escritor y a todo cuanto personificaba su obra de recuperación y forja de la identidad nacional.
Pero en la oportunidad Lugones elige no expresar el mensaje del gobierno —aunque habla en su representación— sino sus ideas. Frente a un público dispuesto a escuchar artificios de la retórica diplomática en uso, ramilletes de historiografía oficial servidos por la voz más prestigiosa de la América hispana, Lugones desplaza el foco y habla directamente de la necesidad de irrumpir por las armas en la vida institucional para frenar los abusos y los crímenes que suscita, en su opinión, la política envilecida y de corrupción que se da en los parlamentos.
“Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Así como ésta hizo lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la independencia, hará el orden necesario, implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque esa es su consecuencia natural, hacia la demagogia o el socialismo. Pero sabemos demasiado lo que hicieron el colectivismo y la paz, del Perú de los Incas y la China de los mandarines. Pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe predestinado, es decir al hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin la ley, porque ésta, como expresión de potencia, confúndese con su voluntad.
El pacifismo no es más que el culto del miedo, o una añagaza de la conquista roja, que a su vez lo define como un prejuicio burgués. La gloria y la dignidad son hijas gemelas del riesgo; y en el propio descanso del verdadero varón yergue su oreja el león dormido. La vida completa se define por cuatro verbos de acción: amar, combatir, mandar, enseñar. Pero observad que los tres primeros son otras tantas expresiones de conquista y de fuerza. La vida misma es un estado de fuerza. Y desde 1914 debemos otra vez a la espada la viril confrontación con la realidad. En el conflicto de la autoridad con la ley, cada vez más frecuente, porque es un desenlace, el hombre de espada tiene que estar con aquella. En esto consisten su deber y sacrificio: el sistema constitucional del siglo XIX está caduco”.
Cuatro años más tarde, en 1930, el general Uriburu recogerá explícitamente ese llamado, convocará a Lugones a que lo acompañe e iniciará un proceso de profundas transformaciones en la política argentina, que en parte alcanzará sus objetivos y en parte quedará trunco.
El libro de Cristina Mucci Leopoldo Lugones. Los escritores y el poder (Ediciones B) es modesto y tal vez prejuiciado a la hora de interpretar los acontecimientos, pero maneja bien la documentación y es útil para conocer este episodio.