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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando en 2001 estábamos construyendo la terminal logística de Mbopicuá, se formó un equipo internacional en la orilla del río Uruguay. Hablábamos mucho, y entre los franceses, argentinos, españoles y uruguayos había mucho tiempo para hablar mientras las tablestacas bajaban en el agua hasta hincarse en el fondo duro hasta la cota de proyecto.
Descollaba el gerente francés de Soletanche Argentina, una luz que se distinguió después desarrollando Soletanche América, por su inteligencia y la gracia de sus anécdotas.
Hablando de cómo las burocracias, como antes los Imperios, arman un monstruo, un aparato asombroso para impresionar a los incautos, aunque desde atrás lo manejen hormiguitas.
Estábamos haciendo una obra de consolidación de una represa, para el estado mexicano; perforando e inyectando desde un túnel que se inundaba, tarea complicada y donde tenía que estar 24 horas para ir solucionando minuto a minuto los problemas y que todo no se fuera al diablo. En eso me llegó un aviso, que la factura del último mes era muy cara y no la iban a pagar. En el acto agarré un auto y manejé a Ciudad de México, fui al ministerio y pedí ver al ministro en persona. En el camino, me iba enfureciendo solo: cómo, qué se creen, después de todo los que estamos haciendo por ellos, no puede ser. Voy a decirles todo lo que se merecen, si no, ¡van a ver!
Cuando llegué, aunque no tenía audiencia, una secretaria me atendió enseguida: “Cómo no, monsieur, pase por aquí y el ministro lo recibirá”. Un portero me escoltó a una sala señorial estilo Luis XV, me ofrecieron café y esperé. Esperé, y esperé. Seguí esperando. A las dos horas, ya los humos de la ira se iban disipando. A las dos horas y media, solo, me preguntaba si resistiría a irme sin dar un portazo. A las tres horas, una puerta se abrió y un portero me escoltó hasta el despacho del ministro.
Dos enormes puertas de cristal se abrieron a una sala enorme y altísima, y delante una larguísima alfombra llevaba la vista hasta el inmenso escritorio de roble, detrás del cual estaba el ministro. Parecía el tiempo detenerse cuando caminaba, y a cada paso me sentía más pequeño. Cuando llegué, me sentía un enanito.
–Buenas tardes, Monsieur, qué gusto verlo –dijo y extendió la mano el ministro, rodeando el escritorio–. Siéntese, ¿qué lo trae por aquí?
–Nada, señor ministro, es que como estaba cerca, pensé pasar a saludarlo….
Comienzo con esta presentación de Monsieur porque, conociendo él desde años a la Argentina y a otros países, quedó impresionado por la inteligencia, el buen nivel y los buenos modales de los uruguayos.
Y esto lo veía en el trato no solamente con nosotros (muchos ingenieros uruguayos discutimos al más alto nivel con cualquier especialista del mundo y muchas veces les ganamos), lo veía en la gente que contrataba y con la gente que trataba en el camino. Somos diferentes.
La inteligencia uruguaya tiene raíces antiguas, y bien se vio representada en la inteligencia estratégica.
Ya Ansina era un agente de confianza de Artigas; así se enteró de las maquinaciones porteñas. Y también de manejos entre sus propios; por algo no quiso volver de Paraguay.
Yo conocí al número dos de Inteligencia y Enlace en la Segunda Guerra Mundial, amigo de mi padre. Ellos tenían identificados y seguían los movimientos y los entrenamientos de los simpatizantes del Eje, desde la colectividad alemana, la embajada, la confitería, al observatorio de El Águila. Luego, de la espía rusa que seguía los movimientos de buques desde el mirador del Palacio García. Y, por las dudas, tenían bajo control a los agentes ingleses, franceses, italianos, brasileños, argentinos…
Mucho más cerca, ya en los 70, en lo que fue el triunfo de Inteligencia, dirigidos por el Comisario Otero, Inteligencia y Enlace, desentrañó y destruyó la Orga, la red subversiva urbana inextricable creada por los Tupamaros.
Como en una película de Costa Grava, sin hablar, coordinando datos con la Inteligencia Naval y otras agencias, sin confiar en nadie, fue dibujando en una pared la trama de grupo por grupo, muchos de los cuales no se conocían entre sí, hasta tener la red casi completa, con todos los directivos del comando identificados.
Entonces los descabezó, cortó de un golpe todas las cabezas de la hidra, para después seguir con las partes, con las subredes, ahora desconectadas y sin cabeza.
Cuando el golpe de estado del 1973, los tupamaros ya estaban derrotados. No por el ejército, sino por agentes sin nombre guiados por un jefe con honor y con valores.
En momentos que se plantea reorganizar la Inteligencia estratégica, un recuerdo para el Comisario Alejandro Otero, que con inteligencia logró sanear la guerrilla desde el país más chiquito, evitando que se derramara más sangre inútilmente.
Ojalá que la misión encomendada a los nuevos agentes sea cultivar la inteligencia para desarrollar el arma secreta más poderosa que un pueblo puede tener: ser inteligentes y serios.
Ing. José Martín Zorrilla
CI 1.1.79.445-4