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    La luz del Norte sobre el Sur

    Entre 1846 y 1848, Estados Unidos libró una guerra con México en la cual el país azteca perdió más de dos millones de kilómetros cuadrados, que representaban más de la mitad (el 55%) de su territorio. Sin embargo, el hecho pasó casi inadvertido para la opinión pública y las élites de América Latina. Este dato nos sirve para comprobar que el hispanoamericanismo y el sentimiento antiestadounidista aún no existían.

    Durante la guerra con México, Domingo Faustino Sarmiento se encontraba en Norteamérica. El gobierno chileno le había encargado un viaje por el mundo para estudiar los sistemas educativos y en el norte del continente el sanjuanino descubrió algo que según su parecer quedaba muy cerca del paraíso. Por eso escribió: “Mi viaje por Estados Unidos (…) fue uno de Marco Polo: descubrí un mundo y me adherí a él”.

    Al alcanzar la Presidencia argentina, en 1868, Sarmiento intentó plasmar algo de lo que había visto y admirado en el Norte, especialmente en dos campos de la actividad humana que consideraba cruciales: la educación y las comunicaciones. Su admiración por Estados Unidos era profunda. Llegará un día, escribió, en que “la luz se irradiará hasta nosotros cuando el Sud refleje al Norte”.

    Todas las descripciones que hizo Sarmiento sobre la potencia norteña transmiten fuerza, impulso y movimiento. No había nada allí que no fuera superlativo: desde el tamaño de los ríos y los lagos hasta la cantidad de barcos que los navegaban; desde las líneas del telégrafo —corriendo paralelas a una red de ferrocarriles que, incansable, perseguía a la frontera en su constante avance hacia el oeste— hasta el servicio de diligencias y todas las formas de transporte a disposición; desde el tamaño de los hoteles y la pulcritud de las casas privadas hasta la capacidad de trabajo y sacrificio de sus pobladores.

    Viajero en diligencia, en tren y en barco, el sanjuanino repitió hasta el cansancio la calidad de los medios de transporte, el bajo precio del pasaje y la gran concurrencia de gente que poblaban los vagones de ferrocarril y los barcos de los lagos del norte o las enormes naves de los ríos Ohio y Missouri, verdaderos “palacios flotantes de tres pisos con galerías y azoteas para pasearse”. Lo mismo escribió sobre los trenes: “Ciento veinte leguas de camino de hierro se hacen en veinticuatro horas; (…) la concurrencia de pasajeros permite la baratura del pasaje y la baratura del pasaje tienta a viajar a los que no tienen objeto preciso para ello (paseo)”.

    La marabunta de personas yendo de un lado al otro por el mero deseo de viajar y conocer obsesionó a Sarmiento, quien, agudo, señaló: “Una sola casa en Nueva York ha vendido en diez años (un) millón y medio de atlas y mapas para el uso popular. Es seguro que en París no hay ninguna que haya hecho emisión igual para proveer al mundo entero”.

    Causa y consecuencia de ese inmenso trasiego de gentes era la oferta hotelera. Impensable era la más recóndita aldea que no ofreciese una posada al forastero. También en ese aspecto, Estados Unidos se diferenciaba del mundo hispanoamericano: “Los hoteles hacen hoy un papel primordial en la vida doméstica de las naciones. Los pueblos estacionarios, como la España y sus derivados, no necesitan hotel, les basta el hogar doméstico: en los pueblos activos, con vida actual, con porvenir, el hotel estará más arriba que otra construcción pública”. Era, Estados Unidos, un país pujante y una sociedad moderna con ansias de progresar. Hace 165 años, en los comedores de sus hoteles habían cartelitos muy prolijos que rezaban: “Se suplica al público que no fume”. Tardarían siglo y medio antes de aparecer por estos lares.

    Luego de haber visto a las españolas escondidas bajo enormes mantones y a las italianas ir vestidas de negro de pies a cabeza, Sarmiento gozaba ante la vista de la mujer norteamericana, viajando sola o en compañía de amigas, “libre como las mariposas”.

    Pero la modernidad tenía muchas caras. Otra de ellas era el gusto por la innovación. ¿Alguien había descubierto una mejor manera de construir el arado? La noticia se difundía inmediatamente por la prensa a todos los rincones del país y en menos de un año la novedad ya era aplicada por millones de campesinos. En Francia o en España, sociedades conservadoras por excelencia, estos cambios tardaban muchas décadas en ser aceptados.

    De los inmensos hoteles de Nueva York y Baltimore a las aldeas del lejano oeste, de los gigantescos barcos del Ohio a las diligencias de Montana, de lo visible a todas luces a lo tan pequeño que pasaba inadvertido: Sarmiento captaba todos los detalles. Un ejemplo: ¿cuántas personas hubieran detectado en el reloj de pulsera un termómetro del nivel cultural de un pueblo? El sanjuanino lo hizo: “Los americanos en masa llevan reloj; en Francia no lo usan un décimo de la nación”. Así de simple, así de contundente. Pero un día, sí, un día, la luz del Norte reflejaría al Sur.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor

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