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    La mano sensible de la oscuridad

    Ursula K. Le Guin, revolucionaria de la ciencia ficción
    Columnista de Búsqueda

    La primera sensación que se tiene al comenzar a leer La mano izquierda de la oscuridad es la de entrar de verdad en un mundo extraño. No uno definido a través de la tecnología que lo sostiene, santo y seña de buena parte de la ciencia ficción, sino a uno definido en torno a la condición sexual de sus habitantes y la idea de mundo que se desprende de esa condición. La segunda sensación es que en su intento de explicar las sensibilidades resultantes de ese universo, el libro profundiza en una mirada que es a la vez abstracta, sugerente y profundamente reflexiva.

    Lo interesante del universo creado por Ursula K. Le Guin en su novela insignia, es que narrando esas sensibilidades extraterrestres, interpela de manera inteligente y compleja nuestras propias sensibilidades. Suena extraño para una novela de ciencia ficción. Quizá por su novedad y por su altísima calidad, La mano izquierda de la oscuridad, publicada en 1969, ganó los dos máximos premios del género: el Nébula de ese mismo año y el Hugo del siguiente.

    Ursula K. Le Guin, que murió el lunes 22 de enero a los 88 años, había nacido en Berkeley, California, en 1929. Hija del antropólogo Alfred Kroeber y la escritora Theodora Kroeber, creció en un ambiente en donde la inquietud intelectual era la norma, por lo que muy pronto comenzó con sus intentos en las letras. Envió su primer cuento a la revista Astounding a los 11 años, pero no sería hasta 1961 que publicaría por primera vez. Hasta entonces, Le Guin había enviado cinco novelas, escritas entre 1951 y 1961, todas ellas rechazadas por las editoriales.

    La suerte cambió cuando a partir de 1961 sus cuentos comenzaron a ser publicados por revistas como The Western Humanities Review, Fantastic Stories of Imagination y Amazing Stories, la más conocida. La palabra que libera sería el primer cuento de lo que luego se conocería como el Ciclo de Terramar, un conjunto de novelas y textos cortos que, vinculados de forma más o menos laxa, se desarrollan en el mundo de Terramar, un planeta cubierto de agua en donde la única tierra es un archipiélago de islas (en algunos textos se habla de la existencia de otra tierra en el planeta). La propia Le Guin dijo en varias ocasiones que el conjunto de textos que suelen ser considerados parte del ciclo, en realidad no constituyen un todo coherente y que nunca fue su intención crear un ciclo con ellos. Dentro de esta serie se suelen incluir las novelas Un mago de Terramar (1968), Las tumbas de Atuán (1971), La costa más lejana (1972), Tehanu (1990), Cuentos de Terramar (2000) y En el otro viento (2001). Todos los libros relacionados con el mundo de Terramar son historias más cercanas a la fantasía que a la ciencia ficción. Dragones y magos son habituales en sus páginas y no hay en ellas la clase de reflexión sobre la ciencia y la sociedad que es habitual en este último género.

    Distinto es el material que integra el llamado Ciclo Hainish. Inaugurado en 1966 con El mundo de Rocannon, Le Guin comienza dotando su historia con tintes de fantasía épica para luego ir abundando en detalles cada vez más ricos de la personalidad y la psicología de sus personajes. Tal como ocurre con los cuentos y novelas de Terramar, más que un ciclo imaginado como tal, se trata de textos que se desarrollan en un futuro alternativo, en donde los humanos provienen de Hain, el planeta desde donde han comenzado el ciclo de expansión hacia otros mundos. En este universo alternativo, la Tierra aparece mencionada pero sus habitantes no son originarios de allí sino resultado de estos viajes de colonización por distintos planetas. De mundos que a lo largo de los textos se van organizando bajo la forma de una federación interplanetaria liderada por los Hain.

    Las siguientes novelas “hainish” serían Planeta de exilio (también publicada en 1966) y Ciudad de ilusiones (1967), en donde además de los hainish aparecen los sighs, una raza ajena que solo es presentada en forma explícita en esta última novela. Sin embargo, sería con la mencionada La mano izquierda de la oscuridad, cuando todo el potencial propuesto por el ciclo alcanzaría su máxima expresión.

    A principios de los 60 había comenzado a extenderse en la ciencia ficción la convicción de que la única forma de evitar la repetición de recursos y el anquilosamiento del género, era escapar a las temáticas más tradicionales y explorar las dinámicas internas de esos mundos imaginados. En vez de preocuparse por realizar la prolija descripción de una batalla galáctica o desarrollar los fundamentos de un imaginado “motor positrónico”, los autores fueron desplazándose hacia el desarrollo de las personalidades que eran sugeridas por esos mundos. Mundos que muchas veces eran concebidos como postecnológicos.

    Inglaterra con Brian Aldiss y J. G. Ballard fue quien tomó la delantera en el asunto, si bien creadores estadounidenses como Ray Bradbury y Theodore Sturgeon habían atravesado la llamada Edad Dorada de la ciencia ficción (los 40 y 50) desde parámetros similares, privilegiando la descripción de las personalidades antes que la tecnología de esos universos. No muy lejos de ellos andaba Clifford D. Simak con su novela Ciudad(1952), que perfectamente puede ser vista como el missing link entre el estilo clásico, más épico y tecnológico, y la nueva ola, centrada en la psicología y el mundo interior de los protagonistas.

    De la mano del delirio psicodélico de Aldiss y de los mundos posapocalípticos de Ballard, en donde muchas veces el exilio interior del protagonista se ve reforzado por el desolador panorama de vacío y destrucción que lo rodea, la ciencia ficción fue, dicho pronto y mal, alejándose de a poco del modelo clásico, que de una forma u otra cree siempre en el progreso, y acercándose a la reflexión posindustrial. Las sequías, las inundaciones, el uso de drogas, las nuevas formas de sexualidad, la violencia de los integrados frente a la incertidumbre de los desahuciados, fueron ocupando el núcleo renovador del género.

    En La mano izquierda de la oscuridad Le Guin construye, de forma delicada y a la vez ajustada, un mundo de pacíficos hermafroditas que son de manera alterna y aleatoria, hembras y machos. Al tiempo, se esfuerza en exponer su concepción de ese mundo para así colocar al lector dentro de los valores y comportamientos de ese universo. Es justo ahí donde Le Guin demuestra tener un ojo clínico y cálido que acierta al presentar de manera transparente los afectos. Si bien Sturgeon ya había hablado de hermafroditas en su novela Venus más X (1960) y de la extrañeza de ciertas nociones humanas en su mundo imaginado (la violencia por ejemplo), es con Le Guin que la fineza en el trazo y el tratamiento de esas sensibilidades alcanza su mejor expresión.

    Le Guin repetiría el éxito de La mano izquierda de la oscuridad con Los desposeídos, la quinta novela de su ciclo hainish. Con ella ganaría los premios Nebula de 1974 y el Hugo y Locus de 1975. A la vez, es la novela que, según la más o menos vaga cronología interna de la serie, resulta ser la primera del ciclo. El libro describe la construcción de un “ansible”, un medio de transporte que será clave para el viaje entre planetas a lo largo del ciclo. Es considerada por muchos una suerte de utopía anarquista, que al mismo tiempo señala los peligros de las utopías realizadas. Sobre ella ha dicho Le Guin: “Los desposeídos comenzó siendo un cuento muy malo, que no intenté terminar pero que tampoco podía dejar. Sabía que había un libro allí, pero el libro tenía que esperar que yo aprendiera de qué estaba escribiendo y cómo hacerlo”.

    La sexta novela del ciclo hainish sería El nombre del mundo es bosque, de 1976. En ella, los humanos originarios de Terra (Tierra) han colonizado el planeta Athshe y han sometido por completo a sus pacíficos habitantes. Mientras los habitantes de Athshe sí reconocen a los terrestres como humanos, estos no hacen lo propio con los moradores del planeta. El maltrato hacia ellos es habitual, tanto que la paciencia de los athsheanos se colma y tras el brutal asesinato de una de sus mujeres, estalla una rebelión que termina con el control de los terrestres sobre Nueva Tahiti, que es como los colonizadores llaman al planeta.

    La novela es considerada popularmente un alegato contra la Guerra de Vietnam, a la que Le Guin fue firme opositora. De hecho, su texto contrasta con el de un buen número de novelas escritas en EE.UU. durante la guerra, que hacían apología de la misma. Al tiempo que cuestiona también el colonialismo, El nombre del mundo es bosque adelanta un montón de conceptos ecológicos que luego serían incorporados habitualmente por la ficción: la idea de que el planeta es una entidad colectiva, en donde cada ser vivo forma parte de un conjunto mayor y equilibrado; la idea de que la salud mental del individuo se puede medir en la calidad de su vínculo con el entorno.

    No es difícil detectar una fuerte influencia de la novela de Le Guin en productos culturales posteriores, en particular la película Avatar, de James Cameron. Tanto en la novela como en el filme, los humanos han agotado los recursos de su propio planeta y los extraen de manera depredadora del mundo colonizado. La mentalidad militarista de los humanos es muy similar en ambas obras, como también lo es la idea del planeta como un todo en equilibro, que es destruido por el invasor.

    Considerada una de las mejores escritoras de su generación, Le Guin siguió produciendo y publicando hasta bien entrada la década del 2000. Y todavía le quedó tiempo para renunciar en 2009 al Authors Guild (Sindicato de Autores) de su país por haber “decidido negociar con el diablo”, luego de que este suscribiera un acuerdo con Google. En su carta de renuncia escribió: “Hay principios involucrados. Por encima de todo, el concepto del derecho de autor. Y ustedes han elegido entregarlo a una corporación, en sus términos y sin presentar batalla”.

    Activista política, feminista sin proponérselo, ecologista adelantada, su literatura revolucionó por completo el universo de la ciencia ficción y logró narrar mundos que escapan a los conceptos más rígidos del género. Del género literario y del género humano. Así de poderosa fue.